Día Nareth del mes Eryon, año 1330 del Linaje
El sonido del cincel contra la piedra despertaba a Lunareth antes que el sol.
Nair abrió los ojos con esa cadencia conocida, constante, que atravesaba las paredes de su casa todas las mañanas. No necesitaba ver la luz para saber que el día había comenzado: en Lunareth, el trabajo nunca esperaba al amanecer.
Se incorporó despacio, recogiendo su cabello oscuro en una sencilla cinta. Su falda larga rozaba el suelo polvoriento mientras se levantaba, y el aire fresco de la mañana traía el aroma de piedra recién cortada mezclado con el perfume de hierbas secas colgadas en la ventana.
Desde niña, había escuchado el mismo ritmo: el golpeteo regular del cincel que mantenía vivas las casas de Lunareth, construidas sobre roca antigua. Sus habitantes decían que la ciudad “respiraba” con el paso del tiempo, y Nair sentía cada latido bajo sus pies descalzos sobre los escalones de piedra.
Al salir a la calle, el murmullo bajo de los vecinos llenaba el camino estrecho. Nadie corría; nadie se apresuraba. Las faldas largas de las mujeres se mecían con sus pasos y los pantalones de los hombres levantaban polvo dorado. Cada saludo era una inclinación de cabeza, un gesto discreto de respeto. Nair respondía igual, con silencio y una leve sonrisa que apenas llegaba a sus labios.
En la plaza central, un anciano apoyaba sus manos sobre un bastón de madera clara, rodeado de niños atentos.
—Recuerden —decía con voz áspera y pausada—, el Primer Rey no murió. Vivió un eón, y sus hijos llenaron el mundo con su sangre.
Los niños escuchaban, inmóviles.
—Pero no fue la muerte lo que acabó con ellos —continuó—. Fue no hallar paz en tanto tiempo.
Nair pasó sin detenerse, pero cada palabra caló en su memoria. Esa historia la conocía desde antes de aprender a escribir su nombre. En Eryndor, la edad era autoridad. La longevidad, responsabilidad. Y vivir demasiado sin propósito… corrompía el alma.
Caminó por el sendero de piedra hacia el taller de su familia, donde las herramientas de metal y madera esperaban ordenadas. Su blusa de lino marrón y el delantal de cuero mostraban restos de polvo violeta de la amatista que había pulido el día anterior. Sus manos, fuertes pero delicadas, se posaron sobre la piedra mientras levantaba la vista hacia el horizonte: las torres del palacio no se veían desde Lunareth, pero todos sabían la dirección exacta. Lejos. Muy lejos. Lo suficiente para creer que la vida del reino y la de Lunareth jamás se tocarían. Nair también lo creía.
—Vas tarde otra vez —la voz grave y burlona de su tío cortó el aire.
Ella no levantó la vista de la piedra que trabajaba.
—No voy tarde. El sol apenas toca el techo del taller.
—Para alguien que duerme como si viviera mil años, eso ya es tarde —respondió él, cruzando los brazos.
Nair sopló el polvo violáceo, dejando al descubierto el brillo limpio de la amatista. La giró entre sus dedos, atrapando la luz de la mañana, concentrándose en el resplandor interno de la gema.
—No soy perezosa —dijo con calma, sin molestia.
—Eso dicen todos los perezosos —repitió su tío con una risa corta.
Sus padres aparecieron en la puerta. Su madre tomó la piedra entre manos con cuidado, observándola con orgullo silencioso. Su padre asintió, satisfecho.
—Ya es suficiente por hoy, Nair. Ve a descansar.
—Aún puedo trabajar —respondió ella, frunciendo apenas el ceño.
—Lo sé —intervino su madre—, pero el estatuto es claro. Las mujeres jóvenes no deben pasar tantas horas en el taller. No hasta que el consejo diga lo contrario.
Nair dejó el cincel y el delantal de lado con un gesto de resignación.
—Estoy lo bastante fuerte como para no descansar tanto.
—Eso también lo dicen todos los perezosos —repitió su tío, provocando una risa suave en su madre.
Su madre acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja.
—Ve. Camina un poco. El aire también forma parte del trabajo.
Nair asintió y salió, sintiendo cómo la falda se ceñía a sus piernas mientras sus pasos levantaban polvo del camino. En Lunareth, incluso las normas se aceptaban sin pelea; formaban parte del orden natural de la vida.
Muy lejos, en el palacio Alfa Palatium, la luz golpeaba el acero y la piedra mientras Arvek Vaelor entrenaba en el patio del ala principal. La espada trazaba movimientos precisos y violentos, el sudor le resbalaba por el cuello, empapando la camisa ajustada de cuero.
No había oponente. Solo él y el sonido del acero cortando el aire, resonando contra el poste de madera que marcaba el final de cada golpe. Alan Sevrin, su sirviente, lo observaba desde el borde del patio.
—Mi señor —dijo con calma—. Si continúa así… otros reinos comenzarán a moverse.
Arvek bajó la espada apenas un poco, respirando con fuerza.
—No hay rey —continuó Alan—. Y todos lo saben.
El recuerdo del sacrificio de su padre aún lo golpeaba: la luz desbordada, los ríos subiendo, el santuario… todo había sido demasiado rápido para que alguien lo entendiera.
Arvek cerró los ojos un instante, apretando la empuñadura de su espada.
—Alan —dijo sin mirarlo—.
—Puede someter el reino a su voluntad, mi señor. Nadie se atrevería a oponerse. Así nadie volverá a sacrificar a un rey.
El silencio llenó el patio.
Arvek dejó caer la espada a su lado y se sentó en el suelo de piedra, mirando el filo sin parpadear. Pensativo. Quieto. Por primera vez, no sabía hacia dónde dirigir la fuerza que llevaba dentro.