Capítulo 2 — Día 7 de Lunor, año 1330 del Linaje — Lunareth
El sol comenzaba a despuntar sobre Lunareth cuando Nair salió del taller de sus padres. El aire fresco de la mañana la recibió con un olor a piedra recién cortada y polvo limpio, mezclado con el perfume ligero de las flores que adornaban los balcones de la calle principal. Su falda larga de minera se balanceaba con cada paso mientras caminaba por el empedrado, y el delantal oscuro que protegía su vestido mostraba los restos de amatista pulida.
A lo lejos, frente a la entrada de la Academia de Lunareth, Nair vio una figura conocida. Alana Evane, su amiga de dieciocho años, la esperaba con impaciencia. Su cabello largo, trenzado en un elegante peinado café, brillaba con la luz de la mañana, y sus ojos oscuros la observaban con intensidad. Su uniforme de delantal estaba perfectamente marcado con símbolos amatistas, reflejando la disciplina de la academia.
—¡Nair! —exclamó Alana mientras corría hacia ella, apenas conteniendo su enojo—. ¡Es tarde para que llegues así!
Nair alzó una ceja y hizo un gesto de aburrimiento, sus labios curvándose apenas en una sonrisa sarcástica.
—No te pongas enojada… te saldrán arrugas —dijo, con voz tranquila y cargada de ironía.
Alana, sin dejar de sonreír, la agarró del brazo y la llevó al interior de la academia. Las escaleras de madera crujían bajo sus pasos mientras subían, y Nair apenas se esforzaba en seguir el ritmo de su amiga. Sus ojos recorrían los pasillos amplios, con estanterías llenas de libros, mapas y pergaminos. La luz del sol entraba por los ventanales, iluminando motas de polvo flotando en el aire, y las paredes estaban decoradas con símbolos de conocimiento y antiguos linajes artesanos.
Al llegar al aula, la maestra las vio entrar y frunció el ceño con seriedad y entusiasmo a la vez.
—¡Nair Eldryn! ¿Otra vez vienes a clase sin cambiarte? —su voz resonó entre los pupitres—. ¡Y tú, Alana, trata de llegar a tiempo!
Nair hizo una reverencia rápida, apenas inclinando el torso, y murmuró:
—Mis disculpas, maestra.
—Siéntense —ordenó la maestra, señalando los bancos—. No hay más que decir.
Los estudiantes retomaron sus libros mientras la maestra comenzaba la lección, levantando la voz para hacerse escuchar:
—Hoy hablaremos nuevamente del calendario del Linaje. Cada día, cada semana, tiene un significado y un propósito. Arel es inicio y trabajo, Voren es fuerza, Selyn orden, Nareth pensamiento, Ildor comunidad y Vael descanso. Aprender esto es entender nuestra responsabilidad y la duración de los linajes.
Alana, con curiosidad, levantó la mano:
—Maestra, ¿por qué el rey actual aún no ha sido coronado?
—Pronto será —respondió la maestra—. Solo cuando el consejo y el linaje determinen que el orden del reino estará completo y estable. Un rey sin coronación no es más que un joven con responsabilidades pesadas.
Mientras la maestra continuaba explicando la historia de los Primeros Reyes, la longevidad de los monarcas y las teorías del pasado sobre su capacidad de vivir sin envejecer, Nair miraba su libro y anotaba con una mezcla de aburrimiento y concentración. Su mente, sin embargo, viajaba a su taller, a la sensación del cincel sobre la piedra, al brillo de la amatista atrapando la luz.
Las horas pasaron con la cadencia del reloj de sol en la ventana y el murmullo del aula. Finalmente, llegó el atardecer y la maestra dio por terminada la clase. Nair y Alana salieron juntas, la luz dorada bañando las calles de Lunareth, creando reflejos en el empedrado húmedo.
En la salida, un joven de veinte años se plantó frente a ellas con las manos en la cintura: Leo de Veth. Su cabello oscuro se movía con la brisa, y su postura confiada irradiaba carisma.
—Esta noche habrá un festejo de boda —anunció—. ¿Vendrán?
Alana frunció el ceño:
—¿Por qué iríamos si no sabemos quién se casó?
—La señora del mercado de flores y el minero del este, que cava esmeraldas —respondió Leo, extendiendo un pequeño papelito hacia Nair. Ella lo tomó discretamente, sin que Alana se diera cuenta, mientras él se alejaba con una sonrisa segura.
La noche cayó sobre Lunareth y, en casa de Nair, la familia estaba sentada a la mesa cenando legumbres y pan. De repente, tocaron a la puerta. Su padre se levantó y abrió. Alana estaba allí, saludando con entusiasmo.
—¡Nair! —dijo—. ¡Vengo a buscarte!
El padre de Nair asintió:
—Viene a invitarte a un festejo de boda.
Nair pidió permiso para ir, y ambos padres le recordaron que tuviera cuidado y no confiara en nadie. Ella se puso un chal, se despidió y salió con Alana, quien ya estaba apoyada en la puerta, impaciente.
Al llegar, el ambiente era un torbellino de aromas: vino, miel, canela. Las risas y la música de instrumentos llenaban el aire. Nair se sentó mientras veía a los músicos tocar arpas y flautas. Leo se acercó y la invitó a bailar, pero ella negó con delicadeza. Alana, entonces, se levantó y aceptó la invitación, bailando con entusiasmo.
Mientras observaba, un hombre de granja se acercó a Nair y le preguntó por qué estaba sola. Ella explicó que esperaba a su amiga y, al notar la oportunidad, aceptó la invitación a bailar. La música, un vals suave de arpa, los movió al compás; el hombre la acercó y trató de besarla en el cuello, pero Nair se apartó rápidamente, sorprendida.
Mientras caminaba hacia la salida, con la música aún resonando en sus oídos, Nair se sentó un momento, respirando el aire nocturno y pensando:
"No debí haber venido…"
El festejo continuaba detrás de ella, alegre y bullicioso, pero su mente ya viajaba de regreso a las piedras de su taller, al brillo de la amatista y al ritmo constante del cincel que la despertaba cada mañana.