Dulce Willet

Capítulo 3 Arreglos previos

Willet

Esperaba con paciencia en la entrada del instituto. En el sector que separaba el secundario con la primaria. Antes de venir había pasado primero por casa, cambiado el uniforme, preparé una pequeña bolsa con unas bases del tono de Salim y un helado de agua.

Aún estaba molesto cada vez que recordaba lo sucedido hacía apenas unas horas. Cuando lo vi marcharse con los hombros caídos y los ánimos por el piso tuve que contener mis ganas de correr hacia él. Los chicos me habían arrastrado con ellos a tomar algo a la esquina.

Me bombardearon de preguntas, ¿Hace cuanto tiempo? ¿Quien dio el primer paso? ¿Dónde nos habíamos declarado? No sabía si debía preocuparme por el hecho de que se tomaran la farsa con tanta naturalidad, como si fuese algo que tarde o temprano pasaría. Eso me hizo pensar en muchas cosas, distrayendo por completo mi cabeza mientras esperaba.

Pasamos mucho tiempo juntos, eso sí. No vivía hablando de Salim, como Ethan había dicho. ¿O si? Todo esto iba a terminar conmigo y un fuerte dolor de cabeza.

—¡Will! —sentí un pequeño empujón, tomándome por sorpresa. No la vi aparecer pero si sentí como la pequeña Sol se aferraba a mis piernas con alegría, soltando risitas.

Me giré a verla y agachándome a su altura. Le devolví el abrazo con cariño. Adoraba a esta niña, le encantaba jugar a que nos maquillamos cuando iba a su casa a ver a Salim pero ella solía robame.

—Solcito —dije y la solté, ella reía mirándome con esos ojos idénticos a los de su hermano.

—Mira como me peino Sal —me dio la espalda y tuve que aguantar la risa por lo torcida que estaba la trenza.

—¡Ay, caramba! —exclamé, viendo cómo es que los dos hermanos restantes aún estaban un poco lejos— Eso es... un estilo único.

La niña se rió y se giró hacia mí, con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Verdad? —dijo y luego dio una vuelta sobre sus pies, haciendo que la trenza me pegara en el brazo con la misma fuerza que una soga. Disimuladamente, me acaricie el golpe y rei, agachandome de nuevo para arreglarle la trenza.

—Bueno, creo que Salim necesita tener algunas clases de repaso —dije, sonriendo—. ¿Quieres que te ayude a hacer una trenza de verdad?

La niña asintió con entusiasmo y se sentó en el suelo, con la espalda recta y los hombros hacia atrás, lista para que yo comenzara a peinarla.

—¿Sabes? —dije, mientras comenzaba a trenzar su cabello—. Creo que eres la única persona que puede hacer que Salim sonría de verdad.

La niña se rió y me miró con curiosidad.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque sí —dijo mientras terminaba de hacer el peinado.

—¿Qué cosa? —la suave voz de Salim nos interrumpió, levanté la vista a la vez que Sol pegaba un salto y le mostraba la trenza a su hermano—, definitivamente eres mejor que yo en eso.

Quise sonreír, realmente quise regalarle una sonrisa y alegrarme por su buen humor. Tuve que forzarme a hacerlo en lo que me ponía de pie.

Nuestros ojos se encontraron y vi el cansancio que hacía meses no lo abandonan. ¿Dónde estaba el Salim que conocí? Parecía haber sido absorbido por la agonía. El que se reía en todo momento, el que me salvaba de mis metidas de pata, mi mejor amigo que me había defendido cuando apenas ingrese en la escuela.

Seguía ahí, a pedazos, sus movimientos se sentían más lentos y sin ganas, los dolores de cabeza vivían azotándolo sin descanso y sus responsabilidades habían aumentado.

Muchas veces aparecía en mitad de la noche, golpeando mi ventana y preguntándome si podía entrar. Mi familia lo sabía, sin duda, no decían nada. Así que pasamos noches en silencio, uno junto al otro, hasta que lo oía susurrar sus problemas. Me volteaba y lo consolaba, tratando de ser el refugio que necesitaba, de la misma forma que él lo fue en su momento.

—Me crié con dos hermanas mayores y muchas primas —me encogí de hombros acercándome, saludando a Sylvain que parecía molesto—, se lo que hago.

—¿Y eso te hace experto en peinar a las niñas? —preguntó Sylvain, levantando una ceja con escepticismo.

Me reí y me encogí de hombros de nuevo.

—Bueno, no soy experto, pero he tenido práctica —dije, sonriendo—. Además, es fácil equivocarse con una trenza, ¿no?

Este hizo una mueca y su hermano lo regañó con la mirada. Siendo una pequeña escena cómica.

—No le prestes atención —dijo Salim y tomó la mano de Sol—, está de mal humor. Se le pasara cuando vea a esa niña.

Las mejillas del menor se colorearon y aproveché la oportunidad para tomarle el pelo. Sal me hizo un pequeño gesto, de que ya volvía y centró su atención en Sol.

—¿Qué niña? —me burlé— ¿Hay una niña que te guste?

Él se cruzó de brazos y miró detrás mío, viendo cómo Salim se alejaba para dejar a Sol.

—Se llama Leilani y tiene los ojos más bonitos del mundo —dijo rápidamente cuando su hermano se alejó. Me sentí bien al saber que el chico confiaba lo suficiente en mi.

—¿Vas a hacer algo?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.