Dulce Willet

Capítulo 4 Filosofando conflictos

Receta de Salim para realizar trufas de avena en una tarde:

Ingredientes

50 gr manteca pomada

3 cucharadas cacao dulce

2 cucharadas soperas dulce de leche

1 taza avena

Esencia de vainilla

Coco rallado para decorar

Salim

«—Llevamos saliendo dos meses —comencé, recostando mí espalda banco y mire el cielo despejado—, tu te confesaste primero, en las gradas del patio del instituto. Fue algo cursi y tonto, algo que harías —me encogí de hombros y lo oí reírse recostado en el suelo—. Decidimos mantenerlo en secreto hasta que estuviéramos seguros. Y…

No recordaba cómo seguía la historia que habíamos planeado. Me mordí el labio pensando, lo estábamos repasando para que ambos tuviéramos los puntos fuertes con los cuales defendernos.

—Nuestro aniversario cae el dos de cada mes. No tenemos apodos curia y creo que ya está. Nos conocemos lo suficiente para defendernos en caso de preguntas entrometidas.

La idea de fingir era algo incómoda. Al menos me quedaba tranquilo el saber que le daría algo a cambio por la farsa. Escuché a lo lejos a Will hablar sobre algo pero mí cabeza estaba tratando de recordar una receta, solo presté total atención a mí mejor amigo cuando éste se levantó quedando a la altura de mí rostro lo giré a ver.

Le estaba agradecido, por todo. No había forma en la que pudiera darle palabras a lo que sentía. Sonreí.

—Vamos por otro helado —susurro con sus ojos del color chocolate muy fijos en los míos.

—Vamos —accedí pero me costó un segundo más de lo necesario, un poco más de esfuerzo el poder despejarme de su mirada.

Cuando lo hice, me reprendí internamente, sin perder la compostura.

Controlate, Salim».

Dos semanas después

—Prestar atención a clases no te vendría mal —susurre en voz baja, mientras seguí escribiendo.

Mi compañero de banco, Will, que todo el salón también consideraba mí novio, no dejaba de dibujar en el dorso de mí mano derecha. Se veía tan concentrado que me generaba ternura, con la punta de su lengua hacia afuera, ligeramente de costado. Realmente se veía muy metido en su labor.

—Luego tu me vas a explicar el tema —apenas levantó la vista, cambiando el fibrón rojo por uno azul—. No tengo de qué preocuparme.

—¿Y si no quiero explicártelo? —levanté una ceja, fingiendo desinterés.

Will soltó una risa nasal y dibujó una pequeña estrella en mi dedo índice.

—Entonces tendré que sobornarte. ¿El chocolate servirá?

Me reí por lo bajo, con la vista pegada en la pizarra leyendo la consigna que el profesor terminó de escribir.

Consigna de Clase: La Mentira en la Filosofía

Tema: La mentira y su valoración ética a lo largo de la historia de la filosofía.

Consigna: A lo largo del tiempo, distintos filósofos han reflexionado sobre la mentira y su impacto en la moral, la sociedad y el individuo. Desde la condena absoluta de Kant hasta la visión utilitaria de Bentham, existen diversas posturas sobre cuándo, si es que alguna vez, mentir puede estar justificado…

Deje de leer cuando la punta fría de otro fibron comenzó a aventurarse en el interior de mi mano, contuve la sonrisa y me gire a ver a Will. Con calma le hablé, aunque sabía que no me haría caso.

—Si sigues distrayéndome, terminaremos los dos en problemas.

—No es distracción, es arte —respondió, haciendo un garabato más.

—Es mi mano.

—Tu mano, mi lienzo. Trato justo.

—Will, en serio. Mañana hay evaluación.

—Lo sé, lo sé —dijo, soplando suavemente sobre la tinta para secarla—. Pero cuando la pases con diez, será gracias a mi técnica de relajación.

—¿Dibujar en mi mano?

—Exacto. Funciona, confía en el proceso.

Resople, rindiéndome, solté la lapicera, dejándola prolijamente al lado de la hoja, luego apoye el codo en la mesa para usar mi otra mano para descansar la barbilla. Admire el nuevo color azul, mucho más intenso, que tenía su cabello. Will disfrutaba probar distintos colores en su cabello, distintas combinaciones aunque después se lo quemara. Al final, siempre volvía al azul. Su color favorito.

—Willet Rye Hughes —dije su nombre completo— ¿Qué estás dibujando? —pregunté, observando las líneas que trazaba en mi piel.

—Nuestra marca de pareja —respondió con una sonrisa ladina—. Para que no me cambies por alguien que sí preste atención en clase.

Mis mejillas se enrojecieron enseguida, aun sin acostumbrarme a sus intentos de coqueteo. Se había calzado muy bien en su papel de novio que aun, después de dos semanas, no podía acostumbrarme a tenerlo más cerca de lo normal.




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