Dulce Willet

Capítulo 7 Desorden y caos

Libro de textos de Will

Odiaba las clases de matemáticas, los números se movían solos en la pizarra. Parecían bailar y a mi me encantaba hacerlo.

Willet

No me sentía bien. No podía controlar el repiqueteo de mí pierna. Un nudo se formaba en mi estómago, apretado, incómodo. Rasqué detrás de mi oreja con una fuerza innecesaria. Mi piel hormigueaba. Mierda, tenía que calmarme. No era para tanto. Era estúpido. Yo lo era.

—¿Vas a contarme que sucedió? —Wendy, mí otra hermana mayor, me preguntó, sin mirarme. Su vista estaba fija en el camino.

Me encogí en el asiento del copiloto, con mí mochila en mis pies.

—Una estupidez.

—Soy tu hermana mayor, puedes contar conmigo para lo que sea —cuando se detuvo en un semáforo se giró a verme—, ¿Te han dicho algo?

Me mordí el interior de la mejilla. La voz de Wendy flotaba en el aire, esperando una respuesta, pero yo solo podía mirar mis manos. Mis uñas se clavaban contra la tela de mi pantalón, como si con suficiente presión pudiera borrar el malestar que se aferraba a mi pecho.

—Garret dijo una tontería, ya está lo supere —mentiroso. No podía dejar ir sus palabras porque en el fondo sabía que tenían razón.

Cuando nuestra relación termine, cuando Salim ya no me necesite yo seguiría ahí, corriendo tras él para estar a su lado.

«Pero eso no te va a molestar porque seguirás detrás suyo, como un cachorrito».

Apreté más fuerte mí mano contra mí rodilla para detenerla. No podía dejar de pensar. En tener pánico por idioteces, por el futuro.

Por el día que esta farsa terminara, yo seguiría ahí, esperando. Salim volvería a su vida normal, con sus amigos, con alguien real.

Y yo me quedaría en el mismo lugar. Mirándolo desde lejos.

No, no. Estaba exagerando. Era estúpido pensar en eso.

Pero entonces, ¿por qué sentía que me faltaba el aire?

—Si tu lo dices… —masculló volviendo a arrancar.

Me rendí. No podía contra la insistencia de Wendy. No podía contra mi propia necesidad de dejarlo salir.

—En realidad no… —las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera tragármelas de nuevo. Tragué saliva con dificultad—. No sé qué pasó. Solo sé que Garret dijo algo que me hizo sentir… —me quedé en blanco. Ni siquiera yo sabía cómo describirlo.

Wendy no dijo nada. Solo esperó

—Invisible —murmuré finalmente.

Wendy se detuvo en el siguiente semáforo y se giró hacia mí, su mirada llena de compasión.

—¿Invisible? —repitió, su voz suave—. ¿Qué quieres decir con eso?

Me encogí de hombros, sintiendo una lágrima rodar por mi mejilla.

—No sé —susurré—. Solo sé que me hizo sentir como si no importara, como si no fuera nada. Alguien desechable.

No iba a admitir en voz alta que lo que temía en realidad era perder a Salim. Era mí único amigo de verdad. Él único que me veía tal cual era. Aborrecía la idea de que quizás, algún día, viera todos mis defectos, mis grietas y que se marcharse.

Gracias a él pude conocer luego a mis amigos, a su apoyo, si perdía su presencia, ¿Que me aseguraba que no me cayera? Nunca le importó los susurros que se decían de mí, cuando aceptó mi mano esa mañana no la soltó más, fue el salvavidas que necesitaba.

Wendy asintió con la cabeza y puso una mano en mi hombro.

—Eso no es cierto —dijo—. Eres alguien importante, alguien que merece ser visto y escuchado.

—No parece serlo —susurré y vi como maniobra para estacionar. Limpie rápidamente una lágrima con el dorso de mí mano.

—Tus compañeros son ciegos al no ver más allá de la superficie, Will, eres un gran chico —dijo poniendo el freno de mano—. Dios sabe que con Wanda hicimos lo mejor para ti. Lo que creímos mejor —sentí su mirada en mí perfil—, y déjame decirte, no porque sea tu hermana mayor y porque te ame, pero eres un gran chico. No dejes que idiotas que no conoces te derrumben. Los errores de nuestros padres no te definen.

—¿Me das un abrazo? —susurre con voz ahogada.

Fue entonces cuando me rompí.

Mi respiración se cortó y me aferré a ella como si pudiera sostenerme en pedazos. Sentí su mano recorriendo mi espalda en círculos lentos, calmandome sin decir nada.

—Lo siento… —dije entre sollozos.

—No seas bobo —murmuró contra mi cabello, besándolo suavemente—. Estoy aquí.

Jessica

Querido diario, Salim siempre tenía la respuesta correcta. Siempre sabía qué decir. Estar con él era como tener un escudo contra el caos de mi casa.

«La casa estaba en silencio, tan silenciosa como él. Parecía concentrado en amasar la masa, en que quedará perfecta. Su cabello se encontraba más largo de lo usual, lo suficiente para dejarme enredar mis dedos en él.




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