Dulce Willet

Capítulo 9 Una torta para mi

Willet

No había esperado la visita de Salim. Me había sorprendido e inconscientemente no sabía cuánto había necesitado de él. De su apoyo. Aunque sea pésimo dándolo.

Bajé la vista a la bolsa sobre la mesa. Harina, azúcar, manteca, chocolate. Reconocí cada uno de los ingredientes. Mi pecho se presionó un poco. ¿Desde cuándo alguien se tomaba tantas molestias por mí?

No quería pensar en cómo me había quebrado frente a él. En cómo me había sostenido como si pudiera cargar con todo mi peso sin esfuerzo. Me aterraba lo fácil que era aferrarme a Salim y lo mucho que lo necesitaba.

Creo que necesito volver con mi psicóloga. Otra cosa que llevaba pensando todo el día. Me aterraba la simple idea de mandarle un mensaje, de decirle: ¡Hola! Volví, me rompí otra vez, necesito ayuda para arreglarme. Una parte de mi sentía que todo lo que había avanzado lo estaba retrocediendo y la otra gritaba que era necesario.

«—Vamos a hacer tu torta favorita juntos. Te necesito para que salga bien.»

Eso me había dicho después de un largo rato en silencio. Con una sonrisa dulce y amable. Me tomó de la mano con cuidado, ayudándome a levantarme. Mis rodillas dolían por estar en el suelo aferrado a él. Fue, creo, en ese momento que considere una verdad. ¿Realmente lo veía solo como un amigo?

Aún llevaba el uniforme de la escuela pero se había puesto un delantal para evitar ensuciarse. Lo vi tomar los huevos y golpearlo con delicadeza contra el borde de la mesa. Tenía un aire tranquilo, a pesar de que su cabello estaba hecho un desastre.

Me acomodé en la silla, viéndolo trabajar. Mis ojos pesaban un poco pero me gustaba lo que veía.

—Alguna vez te pusiste a pensar que tu apodo es Sal —pienso en voz alta, logrando llamar su atención—, es como la sal, que es un ingrediente y a ti te encanta la cocina. Así que son la combinación perfecta.

—¿No lo habías pensado? —pregunto, sonriendo—. Creí que era obvio.

—Es como si hubieras nacido para esto, Sal. Tal vez en otra vida fuiste un grano de sal en una cocina francesa.

—Eso es lo más ridículo que has dicho en toda tu vida —respondió, cruzándose de brazos.

—Nah, seguro he dicho cosas peores.

Salim se encogió de hombros, sin dejar de acomodar los utensilios sobre la mesa.

—Podrías ayudarme —sugirió dándome un batidor y deslizando el bowl. Lo mire con una mueca. Todo lo que tocaba lo arruinaba.

—Paso.

—Voluntad —masculló con un poco de ánimo.

No hacía falta que dijera más. Era ese tono. El que usaba cuando no me daba opción. Suspiré, pasándome una mano por el cabello.

—No tengo ganas.

—Lo sé —dijo, cruzándose de brazos—. Pero tal vez si haces algo con las manos en lugar de darle vueltas a tu cabeza, te sentirás mejor.

Lo odié un poco por tener razón.

—¿Alguna vez cocinaste algo? —preguntó Salim, mientras me pasaba un vaso medidor con harina.

—Claro, sé calentar agua —respondí con una sonrisa ladeada.

Salim resopló.

—Bien, genio, entonces mezcla esto con el azúcar y la manteca.

Tomé la cuchara y empecé a revólver. No tardé en notar que la manteca estaba más dura de lo que esperaba.

—¿Cómo se supone que haga esto?

—Con paciencia.

—Prefiero la opción de calentar agua.

Salim se río. Y aunque intenté no mostrarlo, una parte de mí se sintió mejor al escucharlo.

«Respire hondo, cruzando mis brazos sobre el pecho, a la defensiva. No quería estar ahí, quería irme. Era la primera vez que me encontraba en este consultorio y no deseaba regresar.

La psicóloga, una mujer de unos cuarenta años con lentes delgados y una sonrisa tranquila, ojeó un cuaderno antes de mirarlo.

—Will, ¿sabes por qué estás aquí?

Claro que lo sabía. Wendy prácticamente me había arrastrado hasta la consulta, diciendo que esto me haría bien.

—Porque mi hermana cree que estoy roto —respondí con voz seca.

La mujer no se inmutó. Simplemente tomó un bolígrafo y escribió algo en su cuaderno.

—¿Y tú qué crees?

—Creo que no me sirve de nada hablar con usted.

—Eso está bien. No tienes que hablar si no quieres. Podemos solo sentarnos aquí.

Arrugue la frente y la mire por primera vez. No esperaba esa respuesta. La psicóloga sonrió con suavidad.

—Escuché que te gusta la música.

—¿Y qué?

—Solo me preguntaba qué canciones escuchas cuando estás triste.

No respondí al instante. Apreté los puños sobre las rodillas y bajé la mirada.

—No lo sé —murmuré—. Supongo que cualquier cosa que suene lo suficientemente fuerte como para no escucharme pensar.




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