William Shakespeare
Hamlet
“Morir…, dormir; no más! ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne! ¡He aquí un término devotamente apetecible! ¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida! ¡He aquí la reflexión que da existencia tan larga al infortunio!”
Willet
Estaba inquieto. Podía ver qué algo había cambiado. Ladee la cabeza, concentrado en el perfil de Salim. Desde esta mañana se veía algo ensimismado, aunque su sonrisa nunca se había borrado. Quería estirar mis dedos y pasarlo por los cabellos que caían por su frente.
Toda la noche, e incluso antes de su partida, no había podido dejar de pensar en él. Se había adueñado de mis pensamientos, logrando evitar que los otros atormentaban mí cabeza. La imagen de su sonrisa, de sus mejillas estiradas y llenas de harina fue lo último que vi antes de dormir.
—Puedo sentir tu mirada —susurro pasando la página del libro que estábamos leyendo en clase.
Mis mejillas ardieron al ser descubierto. Resople, y volví la vista al libro que tenía abierto. Ni siquiera estaba en la página correcta.
—¿Dónde están? —susurré de regreso, inclinándome más cerca suyo. Pude oler su perfume dulce, como caramelo.
Levanté un poco mí rostro, en el mismo instante que Sal se giró a verme. Nuestras narices estaban cerca, sus ojos me miraron, se abrieron apenas sorprendido por la cercanía. Tragué saliva, un cosquilleo recorrió mi columna. Su respiración acarició mis labios y pude ver cómo su piel se teñía de un carmín.
—Página… —su voz tembló, nervioso y volvió a ver su libro, alejándose—. Página 245, último párrafo.
—Gracias… —pero no aparté mi vista de él, al menos no de inmediato, lentamente regresé al libro. Las letras se amontonaban en la página, tanto como mis pensamientos.
Mi pierna comenzó a rebotar, trate de controlar el temblor mientras dejaba caer mi mejilla en mi mano, observando el reloj que se encontraba en la pared, marcando los minutos que faltaban para salir.
Salir de aquí, almorzar rápido y volver a ver a Jackie. Anoche mientras cenábamos Wendy me avisó que había logrado contactar con mi antigua psicóloga. Tenía sesión esta tarde.
Ella conocía cada rincón de mi mente, sabía que me ayudaría, al menos me permitiría desahogarme, sacar ese peso en la base de mi garganta que me asfixiaba.
Estaba ansioso. Sin darme cuenta lleve mi uña a mis labios, comenzando a mordisquear la piel alrededor. Traté de concentrarme en el texto pero me encontré con que otra vez me quedé atrás. Sentí que una mano contenía el rebote de mi pierna.
—Tranquilo —fue tan bajo que casi no lo percibo pero Salim seguía concentrado en el libro. Sentí como mi pecho latía con rudeza—. Solo faltan dos minutos.
Un cosquilleo que venía persiguiendo desde hacía tiempo inundó mis extremidades. El bullicio silencioso de mis compañeros guardando algunas de sus cosas, la voz alta y clara de Gracie que leía las últimas palabras. Todo eso parecía en segundo plano. Mi cabeza solo podía concentrarse en algo y era el tacto de Salim.
Quizás esto no era algo reciente. Algo que me había negado a ver y sentir hasta ahora, cuando la posibilidad y la farsa se entrelazan en una verdad.
El timbre rompió mis pensamientos, todos se levantaron y el profesor dio las instrucciones de la siguiente clase. Mis oídos estaban ensordecidos. La mano de Sal se alejó y me miró con curiosidad. Las ojeras oscuras debajo de sus ojos no me pasaron desapercibidas cuando su rostro interrumpió mi visión.
—Tierra llamando a Will —sus dedos chasquean y me concentré en él, deslice una sonrisa ligera en mis labios, evitando que el temblor nervioso en la esquina de estos se note.
—Lo siento —dije levantándome y cerrando el libro. Sal me imitó, terminando de guardar sus cosas en su mochila, cerrarla y colocarla sobre su hombro.
—Tranquilo —repitió también con una sonrisa. Siempre con su bonita sonrisa.
Maldito aleteo. Estaba comenzando a detestar ser consciente. Devuélvanme a la ignorancia, por favor.
—¿Te adelantas? —le dije viendo como el salón se vaciaba y él asintió.
—Debo llegar antes, ya sabes —se encogió de hombros—, cocinar y prepararlos. Lleva un rato.
—Lo se —hice un gesto con la barbilla mientras trataba de meter la cartuchera en la mochila que no cerraba. La cartuchera parecía burlarse de mí. Lo oí reír débilmente—. Ve, creo que tengo problemas aquí.
Sal dudo pero me dio una palmada rápida, algo ansiosa en el hombro mientras se despedía.
—Me avisas cuando llegues —hizo una pausa antes de cruzar el umbral—. Y suerte está tarde.
—Gracias —dije aunque no llegó a oírlo porque ya se había marchado. Su espalda en el uniforme, se alejó y me quedé ahí, un segundo más. Solo en el aula.
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Editado: 26.02.2026