Would You Fall in Love with Me Again de Jorge Rivera-Herrans
I am not the man you fell in love with
I am not the man you once adored
I am not your kind and gentle husband
And I am not the love you knew before
Willet
Las palabras me taladraban el cráneo, repitiéndose en bucle, como si quisieran sembrar la duda. Y lo peor era que quizás lo estaban logrando.
Entré sin decir nada. Arrastraba los pies, como si cada paso pesara más que el anterior. La mochila colgaba de un solo hombro y el pelo me caía sobre la cara, despeinado, molesto. Me dejé caer en el sillón de siempre, sin mirarla. Me quedé jugando con el anillo que llevaba en el dedo, girando una y otra vez. Ese anillo que ya ni sabía por qué usaba, pero que en ese momento era lo único que podía sostener. Podía sentir el temblor nervioso en mis labios, un cosquilleo molesto que no se iba.
—Hola, Will —dijo ella, con esa voz suavecita que a veces me ponía más nervioso que tranquilo. Jackie me sonrió apenas y traté de controlar mi mal humor. Ni siquiera había almorzado todavía.
—Hola —contesté, apenas.
El silencio se instaló como una sábana pesada. El tic del reloj sonaba demasiado alto.
—¿Querés contarme qué te trajo hoy?
No la miré. Seguí con el anillo. Tardé un rato, sintiendo la lengua adormecida, tratando de encontrar las palabras, poder abordar todo. Suspiré, comenzando con una de las imágenes que llevaban atormentándome hacía días.
El recuerdo del rostro de Salim siendo volteado. La expresión de dolor. Quería borrarlo.
—Vi a alguien que quiero mucho recibir una cachetada —dije. Así, sin adornos. Sentí que se me traba la lengua, pero seguí—. Me quedé quieto. No reaccioné hasta que ya era tarde. Me sentí… inútil.
—¿Quién era esa persona?
—Salim. Mi… amigo —la palabra me arañó por dentro. No sabía si seguía siendo solo eso.
—¿Y qué sentiste al verlo así?
Tragué saliva. Mis ojos se perdieron en la alfombra.
—Sentí que se me apretaba el pecho. Que volvía a ser un niño otra vez. De esos que miran cómo su mundo se cae y no pueden hacer nada. Me dio miedo. No de Jessica. De mí. De no saber qué hacer. De ser otra vez ese chico al que nadie defendió nunca.
—¿Cuándo fue la primera vez que te sentiste así?
Levanté la cabeza y me quedé mirando el techo. Como si la respuesta estuviera escrita ahí, entre grietas.
—Cuando mi papá se fue. Tenía nueve. Peleaban todo el tiempo, pero esa vez simplemente se fue. Sin decirme nada. Después, mamá también empezó a irse. No del todo. Pero ya no estaba para mí. Y cada vez que algo me dolía, tenía que aguantarme. Si lloraba, molestaba. Si me enojaba, era peor.
—¿Y ahora, sentís que tenés que hacer lo mismo?
Asentí, con una media sonrisa triste.
—Sí. Pero con Salim es distinto. No quiero que él tenga que aguantar. Quiero protegerlo. Porque siento que si no lo hago lo pierdo. Y no sé si puedo soportar perder a alguien más.
—¿Y quién te protege a vos? —sus manos se cruzaron sobre sus rodillas, aguardando mi respuesta. Hacía tiempo que no estaba aquí adentro, en entre estás paredes. Era como regresar a mi mundo, dónde estaba seguro.
Me encogí de hombros. ¿Cuántas veces hemos tenido conversaciones similares? Muchas. Más de las que puedo contar.
—Nadie. Pero ya estoy acostumbrado.
—Tal vez no deberías estarlo —me dijo. Como si fuera fácil.
Me mordí el labio. Los ojos me picaron, pase la yema de mi dedo por debajo de estos, tratando de limpiar y sacar esa sensación. Tratando de mantener la compostura y que la sensación de liberación en mi pecho no me afectara tanto como lo estaba haciendo. Sabía que Jackie lo notaba, esperó pacientemente, sin presionar.
—¿Y si lo arruino todo? ¿Y si intento proteger a Salim y termino lastimándolo?
—Entonces lo hablamos. Lo pensás. Te cuidás. Vos también merecés que te cuiden.
Respiré hondo. No sabía qué decir. Solo solté:
—Estoy cansado. Pero no de dormir. Cansado... de estar. A veces siento que no importa si estoy o no.
Ella me miró como si ya lo supiera.
—¿Cuándo lo sentiste por primera vez?
—Cuando tenía nueve o diez. Ya sabes, cuando papá se fue. Me pasé días mirando la puerta. Como en una película. Pero no hubo final feliz. Solo silencio.
—¿Y después?
—Nada. Mamá se ocupaba de lo urgente. Mis hermanas hacían lo que podían. Pero nadie me eligió. Nadie me preguntó cómo me sentía. Me dijeron que fuera fuerte. Que no molestara.
—¿Y qué hiciste con eso?
—Lo guardé. Me lo tragué. Aprendí a no necesitar a nadie. O eso creí.
—¿Querés probar algo? Cerrá los ojos. Imagina a ese niño. ¿Lo ves?
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Editado: 12.03.2026