Receta de Sal de tacos de pollo en sartén (para 2 personas)
Ingredientes:
2 pechugas de pollo (o muslos deshuesados)
1 cucharadita de ajo en polvo
1 cucharadita de pimentón dulce o picante
Sal y pimienta al gusto
1 cucharada de aceite
4-6 tortillas
Opcional: palta/aguacate, cebolla, cilantro, limón, queso rallado, salsa picante
Salim
Aún sentía las mejillas ardiendo. Durante toda la mañana había estado con los nervios a flor de piel. No había podido dejar de mirar de reojo a Will. Sentí una tibieza en mi rostro y los latidos ensordecedores. Desde ayer, desde esa tarde, algo se había derretido en mi pecho y a pesar de todo. Del mal sueño, las pesadillas, el temor y la vergüenza no podía detener el temblor que me recorría cuando Will me miraba.
Suspiré, fregando los platos mientras oía a mamá hablar por teléfono.
—¿Cuándo llega el cargamento? Nos quedamos sin suministros, necesitamos que los alimentos sean repuestos lo antes posible —dijo con tono exasperado, no sabía con quién hablaba pero lamentaba al pobre que tenía que encontrarse con su molestia—. Iré enseguida.
Me giré apenas, para poder verla ingresar en la cocina. Se veía cansada y con un semblante serio. Asintió, tomando las llaves del carro. Mientras seguía fregando se acercó y me dejó un beso suave en mi mejilla.
—Volveré más tarde —dijo con rapidez a la vez que la puerta del patio era golpeada—, ¿Los mellizos? —preguntó.
—Seguramente —dije, secando mis manos con un paño.
Ella acortó el camino hasta abrir la puerta, encontrándose con Taylor y Martín. Era jueves así que no le sorprendió tenerlos aquí. Todas las tardes solían venir, a escapar de la visita de su tía chismosa. Así que hacía años habíamos decidido llamar a este día como: El jueves de mellizos.
—Buenas tardes muchachos —los dejó pasar, corriendose a un costado, luego, me miró a mi—. Recuerda que debes retirar a tus hermanos.
Era una advertencia sutil, después de lo de ayer, la tenía encima mío como un halcón, vigilando que no volviera a olvidarme de mis responsabilidades. Sabía que su atención excesiva duraría unos días, pronto volvería a olvidarse de mí y el restaurante se llevaría todas sus energías.
—Lo se, adiós ma —murmure viéndola irse.
Un silbido bajo rompió el silencio y mire a Taylor con una ceja levantada. Ninguno de los dos llevaba su uniforme, vestían unas remeras anchas, con estampados de la serie que los tenía consumidos, luego, una bermudas que apenas iban más allá de sus rodillas.
—Eso estuvo tenso —dijo y se apoyó en una de las sillas.
—Lo estuvo —confirmó Martín que se acercó entrecerrando sus ojos—, nos estuviste evitando toda la mañana.
De repente, el polvo entre los frascos de especias se volvió mucho más interesante.
—Para nada —dije y tomé de nuevo un trapo húmedo.
—Oh si que lo hiciste —dijo Taylor, señalando de forma acusadora—. Toda la mañana Sal. Toda. Nos esquivaste como si tuviéramos la peste o algo así.
—Menos mal que vivimos al lado —declaró Martín, robándome el frasco perejil que había tomado—, ¿Qué sucede?
—Nada —me quedé en silencio, el peso de anoche, las cargas que venía soportando, el repentino bombeo incesante de mi corazón, todo parecía querer explotar mi cabeza.
Me sentía culpable. Por mentir. Por fingir. Por haber decepcionado aún más a mi madre. Todo. Y sabía que ellos podrían notarlo, Will también. No había pasado desapercibido su mirada inquisidora cuando está mañana le entregué esos bombones. Los había visto de camino al instituto y supe que le encantaría. Sabía que coleccionaba los envoltorios, tenía un álbum lleno. Así que los compré y corrí.
Quizás también utilice la distracción de los bombones para que no se fije en mí. En lo nervioso que me ponía su cercanía, en las marcas que había tenido que esconder en mi rostro. Y cuando estuvimos tan cerca. Tuve que cerrar los ojos un segundo, tratando de buscarle sentido. Los ojos de los mellizos estaban fijos en mí. Esperando.
Si les decía la verdad, ¿lo entenderían?
—¿Voy a tener que usar el rociador? —Taylor preguntó, rebuscando en su mochila y mi ceño se frunció aún más.
—Hazlo, no hablara por las buenas —Martin dejó el frasco, cruzándose de brazos.
Antes de que pudiera replicar tenía el rociador en mi cara y el agua me había asaltado.
—Habla, Salim, o te educaré como hice con Rómulo —dijo e hice una mueca.
—Pero yo no soy tu perro —me quejé y recibí otro disparo de agua— ¡Oye!
—Dinos que pasa o —Martin señaló a Taylor—, te bañará.
—Está bien —alze las manos, rindiéndome—. Anoche llegué tarde, mamá se enojó y tuvimos una discusión —suspire y baje un poco los hombros—. No tenía muchos ánimos está mañana, es todo.
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Editado: 12.03.2026