Dulce Willet

Capítulo 18 Segundos rogados

Receta de Sal para un bizcocho genovés o vainilla clásico:

Ingredientes

4 huevos

120 g de azúcar

120 g de harina (tamizada)

1 cdita de esencia de vainilla

1 pizca de sal

Salim

—Dios mío Taylor, ten cuidado —acababa de tomar la peor decisión al dejar que Tay llevará el pastel mientras íbamos caminando. Podía sentir cómo, en cualquier instante, todo mi trabajo terminaría en el suelo.

—Relájate, Salim, no se me va a caer —dijo y dio otro pequeño salto. Martín jadeo y tuve que darle una calada al cigarrillo para evitar sacarle la torta de las manos.

—No confío mucho en ti —susurre, sacando un caramelo de miel de mi bolsillo.

—Ya somos dos —opinó Martín a mi lado.

—Así que, ¿Qué tal la visita de anoche de Will? Los vimos desde la ventana de casa —había una leve burla y no pude evitar sentir mis mejillas arder.

—Estuvo bien —dije y el bufo.

—Claro, si bien, el chico que te gusta aparece en tu casa a la noche y todo está bien —dijo con ironía y Rode los ojos.

Si supiera la cantidad de veces que Will se ha trepado al árbol del patio solo para hablar en medio de la noche, o cuántas veces he caído yo en su casa para solo hacer nada. Pero no sé lo diría, sería mi secreto.

—¿Qué quieres que te diga? Comimos helado con Sol y Sylvain en el living, con una comedia en el televisor —dije el resumen de lo que sucedió luego del encuentro en la esquina.

—Sé que hay más pero soy paciente —dijo Taylor con un tono inquisitivo y fue turno de Martín de reír.

—La paciencia no es lo tuyo hermano —murmuró y Taylor se ofendió comenzando una pequeña discusión entre ellos.

Me quedé mirando un segundo sin poder evitar una sonrisa. El recuerdo de ayer regresó a mi mente, otra vez. Salir a tomar aire era una excusa para bajarme medio atado de cigarrillos sin decir palabra. Tenía los gritos de la discusión con mamá que se habían enterado de la pelea, gritando que era una decepción y que no quería saber más nada de mi por el resto de la noche.

Me había refugiado en el silencio de la noche, en la oscuridad que había escondido las lágrimas.

Verlo aparecer, como un salvavidas en medio de mi caos fue como volver a respirar. Su risa, su compañía, su presencia, era todo lo que necesitaba para no dejarme hundir. Hubo un momento donde me olvidé de todo. Un segundo donde solo quería averiguar si sus labios serían tan suaves como se veían.

—Cabecita de enamorado —Taylor se burló mientras nos detuvimos en la entrada del cumpleaños.

La casa era pequeña y podíamos ver las luces y globos que se habían colgado afuera. Llegábamos algo tarde, a tiempo para que Rachel sople las velas y luego irnos de nuevo. Mi pulso se aceleró cuando recordé que Will seguramente me estaría esperando. Apenas habíamos hablado desde la noche anterior, cuando se despidió en la puerta. Algo nervioso.

—Termino el cigarrillo y voy —dije alzando la mano.

—Hacía tiempo no te veía tan prendido a esos —dijo Martín y pase por alto la preocupación.

—Tuvimos que detenerlo aquél día que los probó —se lamentó con dramatismo Taylor que también tenía un brillo preocupado. Una de sus manos estaba en la puerta, dudando si abrirla aún.

—Teníamos quince y no lo lamento —dije encogiéndome de hombros. Hice un gesto con la mano libre—, entren de una vez, no nos esperan a nosotros sino al pastel.

Ambos mellizos asintieron y entraron sin mí. Sabía que aún estaban preocupados, apenas y les había contado migajas de lo sucedido. No tenía ganas de hablar, si pudiera evitar hacerlo sería mejor. Quería silencio y una parte de mi se arrepentía de salir.

Los vi entrar y me quedé recostado un segundo en la pared de la entrada exterior. Suspiré con pesadez y disfruté del amargo sabor mezclado con la miel.

Mi mente siempre regresaba a un mismo lugar. A una misma persona. Ya no podía negarme que el latido feroz que llevaba meses escondiendo tenía dueño. Eché un vistazo al cielo, buscando una respuesta en las estrellas. Quizás está sería la noche.

El cigarrillo permaneció en mis labios, consumiéndose. La puerta se abrió y pude oír por un segundo como cantaban el feliz cumpleaños pero la aparición de Jessica me hizo tensar. Sonreía de una forma que solo ella sabía hacer, tratando de lucir inocente pero podía percibir la malicia que escondía. Llevaba un vestido rosado escotado y dio un paso en mi dirección. La mire, sin decir nada, saqué el cigarrillo de mis labios.

Mi mandíbula se apretó, podía sentir el músculo latir a medida que la distancia seguía disminuyendo. Me tensé al instante.

Sonreía con esa boca que sabía fingir dulzura como nadie, como si no supiera que podía hacer sangrar con las palabras. Llevaba un vestido rosa demasiado ajustado, demasiado pensado. Dio un paso hacia mí.

La miré sin decir nada. Saqué el cigarrillo de mis labios y lo aplasté contra la pared, más fuerte de lo necesario.




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