Receta de caramelos de miel caseros de Will
Ingredientes:
1 taza de miel pura
1/2 taza de azúcar
1/4 taza de agua
1 cucharadita de jugo de limón
Salim
No había sido lo suficiente valiente para decirle a Will enseguida. Había temido arruinarlo todo y solo quería disfrutar con él antes. Atesorar cada segundo y memorizarlo.
Su mano estaba caliente contra la mía, nos apartaba del resto, podía sentir el nerviosismo de Will irradiar de su cuerpo y estaba tratando de controlar las ansias de encender otro cigarrillo. Tenía que controlarme.
En el camino hacia aquí había ensayado lo que diría, como lo haría y todas las posibles reacciones de Will y nada me había preparado realmente para este momento.
No había nadie alrededor, nos habíamos alejado suficiente del ambiente animado de la fiesta.
—Sal, ¿Está todo bien? —un timbre nervioso se escuchó y tragué saliva, aún teníamos las manos entrelazadas, las mire un momento, sintiéndome adormecido por su tacto.
Había querido alargar lo más que pudiera el momento pero tenía que decirlo.
—Si yo… —Hice una pausa sin mirarlo, estaba nervioso, tenía que tener cuidado con mis palabras. Un paso en falso y todo podía irse al carajo—, quería hablar sobre nosotros.
—¿Nosotros? —percibí la confusión y levanté la vista para verlo. Una de sus cejas se había arqueado y entrecerró los ojos al mirarme. Cómo si le hubiera estado hablando en inglés y no entendiera.
El aire a nuestro alrededor era fresco, una brisa acarició mi rostro y temblé con sutileza, sin dejar de ver cómo cada uno de sus rasgos se adaptan a la emoción que lo llenaba. Era el retrato de la más pura confusión.
Luego de lo sucedido con Jessica solo quería una cosa. Algo real. Quería detener está mentira. Necesitaba pararla. Mi lengua se sentía pesada, aletargada. Me costaba lograr armar una oración coherente. Todo lo que había ensayado se borró, dejándome la mente en blanco.
Moví mis pies ansioso, sintiendo el crujido del pasto bajo las suelas de mi zapatos.
—No sé si pueda continuar con esto —dije y supe que me había equivocado. A lo lejos alguien gritaba en un micrófono pero no me importaba.
Lo único que tenía toda mi atención, mi alma y mi corazón se encontraba frente a mí, mirándome de la misma forma en la que mi madre vio a mi padre el día que se enteró de su infidelidad.
—¿Con esto? —dijo con sequedad, escupió las palabras y lo frené.
El tener cuidado y los nervios no eran una buena combinación, elegir las palabras correctas no se me había dado y sabía el pasado de Will. Lo menos que quería hacer era que él pensará que no era suficiente. Que fuera su culpa. Si alguien tenía la culpa de algo ese siempre sería yo.
—No me refiero a nuestra amistad, no la cambiaría por nada en el mundo. No te cambiaría a ti. Jamás —hice una mueca. Palabras incorrectas, otra vez, por la forma en la que su mandíbula se tenso y soltó mi mano—, me refiero a la mentira, Will. Ya no quiero seguir con ella.
—¿Me estás alejando? ¿Vas a abandonarme tú también? —dijo y su voz se escuchó tan rota, la traición se filtraba en cada una de sus palabras.
Cerré los ojos, regañandome. ¿No puedes hacer nada bien Salim? Me reprendí a mí mismo.
—No Will no quise decir… —di un paso más cerca suyo y él retrocedió.
—¿Entonces qué es? Porque eso es lo que yo entiendo —su voz fue un disparo seco, y sentí el eco en el pecho.
Me quedé mudo. Un segundo. Dos. El mundo se detuvo. No dije nada. No podía. Las palabras me pesaban en la garganta. Solo lo miré, rogando que leyera lo que no me salía. Will negó con la cabeza. Dio un paso atrás.
—Claro no querés seguir fingiendo. Pero tampoco querés decir lo que sentís. Bien jugado, Salim.
—No es eso —susurré, con los ojos ardiendo.
—Entonces decilo —pidió, pero su tono ya era un poco más frío. Un poco más lejos.
Apreté los labios y miré el cielo malditamente estrellado. Lo oí resoplar, frustrado pero no había logrado ignorar como sus ojos se encontraban cristalizados. Necesitaba sacar esto que tenía en mi pecho, estás emociones me ahogaban. Lo quería, ya no solo como mi mejor amigo, como mí cómplice y refugió. Will era mucho más. Él lo era todo. Cerré los ojos en el momento que note que se estaba rindiendo conmigo, me estire lo suficiente para tomar su mano de nuevo y atraerlo hacia mí. Cuando encontré su mirada, esos iris tan oscuros como el chocolate más rico, abrí la boca y con el corazón en la mano por fin le puse voz a mis sentimientos.
—¡Que estoy enamorado de vos, Will! —exploté—. Ya no puedo seguir fingiendo. Que no quiero más esta mentira, este juego. ¡Quiero algo real! Y lo quiero con vos —lo último fue un susurro, algo que solo él pudiera llegar a oír.
Sus ojos se abrieron, sorprendidos, vulnerables. Notaba que no lo esperaba, que mi arrebato lo había tomado por sorpresa.
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Editado: 14.05.2026