Dulce Willet

Capítulo 21 La gloria de un roce

Mercy de Shawn Mendes

Oh, please have mercy on me

Take it easy on my heart

Even though you don't mean to hurt me

You keep tearing me apart

Would you please have mercy on me?

I'm a puppet on your string

And even though you got good intentions

I need you to set me free.

Willet

Besarlo era mucho mejor de lo que había imaginado. Desde que probé su sabor por primera vez no pude detenerme. Mis manos exploraron su torso mientras seguía navegando en su boca. El gusto amargo del cigarrillo, el dulce sabor de la miel. Era tan Salim que me robaba el aire.

Me despegue de su boca para comenzar un pequeño recorrido alrededor de su mandíbula, dejando leves besos húmedos en su piel. Lo oí suspirar, saqué una mano de debajo de su camisa y acuné su mejilla, evitando que su rostro se inclinase hacia un costado.

Aún me costaba creer que esto estuviera sucediendo. Maldición. Hasta hacía unos segundos había vivido una montaña rusa de emociones. Creí que me dejaría, que las palabras que Jessica me había dicho se harían realidad. Y aquí estaba ahora, besándolo como solo había hecho en sueños. No contuve la sonrisa que tenía y mientras descendía a la curva de su cuello, levanté la vista para verlo. Su mirada no me perdía pisada mientras que sus labios estaban apenas separados, soltando pequeños suspiros.

—¿Te duele? —me aleje un poco, regresando a la altura de su rostro, mi pulgar acarició las magulladuras, las áreas apenas rojizas.

—Ya no tanto —susurro pero note la pequeña mueca.

—Estás mintiendo —lo reprendí y sus manos que estaban en mi cintura me atrajeron aún más cerca.

—Eso no importa —dijo inclinando su cabeza en mi mano, descansando con cuidado su mejilla contra mi palma. Lo vi suspirar, su pecho se movía a un ritmo más tranquilo que segundos antes—. Quiero disfrutar de este momento, no pensar en los problemas.

Algo en mi pecho se apretó porque su voz había perdido un poco de emoción y sus ojos se cerraron.

—Está bien. Podemos quedarnos aquí —dije y sus párpados se abrieron apenas—, solo nosotros dos.

—En algún momento tendremos que volver.

Tenía razón. En algún momento. No ahora. Nuestros amigos comenzarían a buscarnos, el ambiente movidos de la fiesta nos volvería a envolver. Todo ese bullicio, ese calor y las luces. La idea de volver a bailar con Salim me gustó, de esta vez poder envolver mis brazos a su alrededor, de poder robarle algún beso mientras bailábamos. Era tan tentativo.

—Todavía no —dije y me acerqué para besarlo.

Fue un roce suave al principio pero no tardó en tornarse más hambriento. Nuestros labios se buscaban con desesperación como si por fin, por fin, estuviéramos autorizados a desear.

Su cuerpo se presionó contra el mío con más firmeza, su respiración ya entrecortada. Sentí sus manos trepar lentamente por mi espalda, acariciando por encima de la tela, apenas rozando, como si estuviera memorizando cada línea de mi piel con los dedos.

Correspondí con lo mismo: mi mano soltó su mejilla y se enredó en su cintura, mis dedos jugando con la tela de su camisa, sintiendo el calor que se escapaba por los bordes. Quería más. No de un modo urgente, sino inevitable.

—Estás temblando —susurré, rozando sus labios entre palabra y palabra.

—Sos vos —respondió en un jadeo. Sus pupilas estaban dilatadas y había un leve rubor subiéndole por el cuello. Tragué saliva.

—¿Qué te hago sentir, Salim? —pregunté, sin medir el impacto, sin filtro, con la voz más ronca de lo habitual.

—Todo —murmuró sin pensarlo—. Todo lo que pensé que no merecía.

Lo besé otra vez, esta vez más lento, más profundo, dejando que sus palabras me atravesaran. Sus manos encontraron el borde de mi remera y esta vez se atrevieron a entrar. Sentí el roce de sus dedos contra mi piel desnuda y se me escapó un gemido ahogado. Lo obligue a quedar aún más presionado contra el árbol. Me sentía como un cazador que al fin había atrapado a su presa y se tomaba el tiempo de deleitarse con ella.

Apoyó la frente contra la mía, nuestras respiraciones se mezclaban, rápidas, erráticas.

—Podríamos parar —dijo, aunque no se alejaba—. Si lo pedís, paro.

—No quiero que pares —respondí sin dudar. Le acaricié el rostro, deteniéndome un segundo en la comisura de sus labios, viendo cómo me miraba, tan expuesto, tan hermoso.

Nos besamos otra vez. Lento. Hambriento. Sus manos bajaron por mi espalda hasta aferrarse a mi cintura, nuestras caderas rozándose y provocando una nueva ola de electricidad.

Me incliné hacia su cuello y mordí apenas, una provocación suave que lo hizo estremecer.

—Will —jadeo mi nombre con un tono que ni yo reconocí—. Si seguís así...

—¿Qué? —susurré contra su piel—. ¿Qué pasa si sigo?




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