Receta de Salim para una sopa de pollo y verduras perfecta para cuando duele el corazón:
Ingredientes:
1 pollo entero
2 cucharadas de aceite de oliva
1 cebolla picada
3 dientes de ajo picados
2 zanahorias picadas
2 tallos de apio picados
4 tazas de caldo de pollo
1 cucharadita de tomillo seco
Sal y pimienta al gusto
Salim
Estaba corriendo. Otra vez. Solo que no me dirigía a mi casa sino al departamento que mi padre había alquilado en las últimas semanas. Me había dado la dirección y quince minutos para llegar. No llegaría a tiempo.
Doble en un esquina, casi llevándome por delante a una madre y a su bebé.
—¡Lo siento! —grité sin detenerme y oí su maldición.
Estaba respirando demasiado rápido, agitado, mi cabeza aún tenía rastros de una resaca que el viento que se estrellaba contra mi cara parecía empeñado en sacarme. Mejor. Si me veía decente papá no podría regañarme más, ¿O si?
Mis pulmones ardían por el esfuerzo, mis músculos también, era como correr las vueltas en la pista. El mismo sentimiento. Agotamiento y ardor. Mi visita se nublo un segundo cuando me bajé de la acera para cruzar una calle. No vi venir el auto que frenó a tiempo, recibí un bocinazo, largo y estruendoso pero no me detuve. No había tiempo.
Me había gritado, papá se encontraba furioso. Tenía varias llamadas perdidas suyas, mensajes sin responder y sabía que la había jodido. Debí estar más atento. Mi tobillo se torció y me caí de lleno. Rodeé varios metros y las explosiones de dolores me sacudieron. El cemento fue una paliza, mi hombro chocó con todo y mi cabeza se llevó parte del golpe.
Escuché el crujido y sentí como si algo se hubiera roto. Hice una mueca, tendido en el suelo. Me encogí sobre mi mismo sintiendo un dolor abrumador. Todo daba vueltas y sentía náuseas. Joder.
No tienes tiempo para esto, susurro mi cabeza. Tenía razón. Tenía que levantarme.
Solté un largo lamento cuando me obligue a apoyarme sobre mis manos, reuní todas y cada unas de mis fuerzas y apreté la mandíbula, manteniendo bajo control el dolor.
Levanté la vista hacia el resto del camino y el mundo se balanceaba, vi doble y cerré los ojos con fuerza. Tenía que recuperar mi visión. Me levanté y una punzada de dolor me atravesó.
—Carajo —me quejé y di un paso tentativo hacía adelante. Me tambalee pero me obligué a seguir. Solo faltaban dos cuadras. Solo dos más y ¿Qué?
Papá estaría enojado. Mamá se enojará seguramente cuando supiera lo sucedido. Aún me negaba a leer los quince mensajes llenos de exigencias de Jessica. La poca calma que había disfrutado terminó de escaparse de entre mis dedos.
Quería regresar el tiempo. Volver a estar en el cuarto de Will, con su cuerpo acurrucado contra el mío. Lo había visto dormirse, su respiración suave y como parecía el ser más dulce del mundo. Quién creería que ese chico amaba meterse en problemas. Me reí. Dios fue una risa que contuvo un sollozo. Estaba arruinado. Las lágrimas ardían pero me las tragué.
Cruce la siguiente calle a un paso que lastimero. Me sujete mi brazo izquierdo que dolía, mi mejilla ardía y mi cabeza aún parecía metida en un samba. Todo daba vueltas. Las náuseas volvieron a sacudirme pero la contuve. No iba a permitir esto.
Una cuadra, a mitad de calle, ahí debía estar el edificio de mi padre. Cerré los ojos, rogando poder tener la cordura necesaria para sobrellevar el regaño.
—¡Salim! —abrí los ojos de golpe y las manos de mi papá se aferraron a mis hombros. Hice una mueca y no me atreví a mirarlo—, por dios, ¿Que te sucedió?
Algo en mi pecho se sintió como una piedra, era pesado y difícil de sobrellevar. Tragué saliva mirando la punta de mis zapatillas. Las había limpiado ayer y ya se encontraban hechas un desastre otra vez.
—Me caí —apreté los labios en una línea firme cuando lo oí suspirar. Quería un cigarrillo. Tenía que pedir perdón aunque no supiera exactamente por qué—. Lo siento.
Fue apenas un hilo de voz.
—Esta bien —dijo y me obligó a caminar a su lado—, vamos hablaremos adentro.
Asentí sin decir nada, cada paso era descubrir un dolor nuevo. Me mordí el labio inferior, callando cualquier mínimo sonido. Quería recostarme y un maldito cigarrillo. No sabía cómo pero encontraría la manera de encenderlo y fumarlo.
El camino al interior del edificio era silencioso, ninguno de los dos dijo nada cuando abrió la puerta y me dejó pasar. No lo espere y camine hasta el ascensor.
Cuando llego a mi lado apretó el botón. Todo era silencioso y conocía suficiente a mi padre para saber que estaba buscando la forma adecuada para decir algo. No sabía cuánto me agradaba esa idea de verdad.
Entre apenas se abrió y me apoye de forma medio desesperada en la pared. Antes de entrar, papá me dio una larga mirada, como si examinara a un cliente. Me tense por inercia y trate de fingir que podía estar derecho. Entro y marco el piso número nueve. Cuando las puertas se cerraron el aire a nuestro alrededor se condenso.
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Editado: 05.06.2026