Willet
—¿Y qué te hace pensar que es una combinación perfecta? —preguntó finalmente, su voz un poco más baja y su mirada un poco más intensa. Dejó de lado el cuaderno con las actividades de historia.
Me encogí de hombros. Recostado en el suelo mientras lo veía hacer las tareas. Me quedé viendo el techo de la habitación, ignorando el cosquilleo que su mirada me generaba.
—Solo parece lógico —dije—. La sal es un ingrediente fundamental en la cocina, y tú… —me detuve, buscando las palabras adecuadas—. Tú eres fundamental para mí.
Lo sentí inclinarse encima mío, su rostro lleno mi visión y sonreí cuando dejó caer un beso en mi frente.
—Eso fue terriblemente cursi —susurró y regresó a su libro pero su mano se estiró lo suficiente para sujetar la mía entre sus dedos.
Me acosté sobre mi costado y con la mano libre cerré su libro, luego, hice el esfuerzo de levantarme justo cuando estaba por protestar, lo tomé del cuello de la remera y lo atraje hacia mí. Acaba de agarrarle el gusto a tomarlo por sorpresa o aprisionarlo contra una pared. Sus iris brillaron nerviosos cuando me encontré demasiado cerca suyo. Relamió sus labios sin darse cuenta, sus ojos no perdieron el contacto y la protesta murió al instante. Sonreí con arrogancia.
—Me olvidé de preguntarte —dije y él tragó saliva.
—¿Uhm? —musito y su aliento se entrecortó cuando pase un dedo por su mandíbula, delineando su rostro y descendiente por su cuello.
—¿Quieres ser mi acompañante en la boda de mi hermana? —me acerque lo suficiente para besar la comisura de sus labios, dejando que mis dedos rodean su cuello, su respiración tembló.
—Willet… —suspiro la advertencia. Continúe dejando un camino de besos, sin acercarme a sus labios.
—¿Eso es un si? —susurre acercándome a su oreja donde jadeo. Deje un beso lento y Salim cerró los ojos.
Su mano se aferró a mi camiseta como si necesitara algo a lo que sostenerse. Cuando abrí los ojos para mirarlo, su expresión era una mezcla de rendición y deseo contenido. Me gustaba verlo así. Vulnerable y desafiante a la vez. Me gustaba saber que podía desarmarlo con un simple roce.
—No juegues conmigo, Willet —murmuró, sin abrir los ojos, pero con la voz más cargada que nunca.
—¿Y sí lo hago? —pregunté, apenas rozando sus labios sin llegar a besarlos—. ¿Y si solo quiero jugar un poco contigo?
Él soltó una risa suave, incrédula, como si no supiera si empujarme o besarme. Al final, me empujó con delicadeza pero no se alejó.
—No es justo —murmurro y mi mano alrededor de su cuello lo acarició.
—¿Qué no es justo? —pregunté, dejándome caer otra vez sobre él, esta vez con cuidado, sintiendo su cuerpo bajo el mío. Me gustaba.
—Que hagas todo esto, que me mires así… —dijo, con una respiración entrecortada—. Y que sigas oliendo tan jodidamente bien.
Reí, y la risa se mezcló con un suspiro cuando su mano se metió debajo de mi camiseta. Sus dedos estaban tibios, suaves y se movían como si quisiera memorizarme. Mi piel reaccionó al instante, arqueándome apenas contra él.
—Entonces dejá de resistirte —le dije, esta vez en serio, sin bromas.
Su respuesta fue un beso. No suave, no cuidadoso. Fue un beso urgente, profundo. Giramos quedando entrelazados sobre la alfombra, con el calor subiendo como una ola imparable.
Los besos bajaron por su cuello y él cerró los ojos, respirando mi nombre como si le doliera hacerlo. Me quedé ahí, repartiendo una secuencia de besos, mordisqueando incluso un poco su mandíbula. No me detuve cuando una de sus manos terminó en mi cabellera, sujetando con fuerza los mechones de cabello.
—¿Sal? —Un grito infantil se escuchó venir del pasillo.
Me separé de él apenas comprendí lo que significaba, Salim reaccionó antes, sus ojos se abrieron en grande y se sentó, tenía el rostro rojo, su respiración era incluso más agitada que la mía y ni hablemos de su cabello. Estaba hecho un desastre. Me mordí el labio para contener la risa. Sal me echó una mirada para que me callara, volvió a ver la puerta y fue rápido, me tomó del cuello besándome.
Fue algo rápido, un segundo que me dejó en las nubes y se separó a tiempo cuando la puerta fue empujada. Mientras él le sonreía a su hermana, me dejé caer en el suelo, un pequeño estruendo se creó cuando mi espalda se golpeó. Estaba arruinado.
Lo oí reír a la vez que se levantaba, arreglando su ropa y prestando atención a Sol que aún permanecía asomada, mirándonos con curiosidad.
—¿Que paso, Solcito? —dijo y la niña parecía adquirir un brillo especial ante la atención de su hermano.
—Quiero ir a los juegos de la esquina.
—¿Tiene que ser ahora? —preguntó Salim y contuve la risa.
—Si —se cruzó de brazos haciendo un puchero. Oh dios, estaba haciendo la táctica de manipulación más adorable del mundo—. Ahora. Por favor.
Salim suspiro derrotado y me miró con una clara pregunta. Me senté en el suelo, encogiéndome de hombros.
—Dijo por favor —señale y él rodó los ojos.
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Editado: 05.06.2026