Dulce Willet

Capítulo 28 No me esperes

Willet

—Voy al kiosco y te alcanzo —dije rápido viendo que no había casi nadie en la fila. Era mi oportunidad, deseaba un alfajor triple con chocolate para sobrevivir a la clase de geografía.

—Te espero —dijo Salim deteniéndose y negué.

—La clase está por comenzar, nos van a regañar si ven que los dos llegamos tarde —lo vi hacer un mohín, dudando pero le insistí—, será rápido, no te preocupes.

—Está bien —dijo algo negado y sonreí bien grande, lo vi seguir el camino al aula antes de correr al kiosco.

Solo tenía a dos personas delante. Metí las manos en el bolsillo del pantalón verde y saque el dinero. Lo conté en voz baja, asegurándome de tener suficiente. La fila avanzó y pronto fue mi turno. Le sonreí a la mujer.

—Ah, Will, me preguntaba cuando aparecerías.

—Sabes que no puedo estar un recreo sin pasarme por aquí, Bian.

—Tan dulce, ¿Lo mismo de siempre? —preguntó, haciéndose a un costado para agarrar el alfajor que siempre pedía.

—Sip, acá te dejo lo que te debía de ayer —dije y le entregué el dinero.

—Te dije que era un regalo —me regaño y me encogí de hombros.

—Entonces toma está plata como un regalo de mi parte —me entregó el alfajor y sonreí—. Gracias, Bian, nos vemos la semana que viene.

Me di media vuelta después de saludarla una última vez y la vi cerrar la ventanilla del kiosco. Camine despacio, tomándome el tiempo de abrir el paquete con cuidado y disfrutar del silencio del pasillo vacío.

Estuve a nada de dar el primer mordisco al alfajor cuando alguien me empujó, mis dedos lo soltaron y el triple chocolate cayó al suelo arruinandose mientras que me patinaba hacía un costado. Pensé que golpearía contra la pared pero eso nunca llegó, seguí cayendo hacia el costado sin poder detenerme.

Todo parecía moverse lento pero sabía que no era así. Mi cuerpo se estrelló con un montón de productos de limpieza. Me queje y apenas levanté la cabeza confundido. Vi la silueta de Jessica, con el picaporte y un par de llaves en la mano.

—Espero que disfrutes la oscuridad, Will —se rió y antes de que pudiera evitarlo cerró la puerta.

Grité, levantándome rápido y estrellándome de nuevo contra la madera firme de la puerta. Golpeé con mis puños cuando escuché el sonido de la llave girando. Traté de abrir la puerta pero nada.

Estaba encerrado. Un temblor me sacudió, mis ojos se abrieron de golpe y mi respiración se cortó. No. Negué. No podía estar pasándome esto. Traté de mantener la calma pero se escapa en cada jadeo. Podía sentir como si la oscuridad intentará tragarme.

Mi respiración se agitó y todo mi costado derecho dolía. Estaba seguro de que me había torcido la muñeca en la caída y mi cabeza daba vueltas.

Al principio, solo fue la oscuridad. Que parecía querer consumirme, como si en ella aguardaban todos mis peores recuerdos.

Después, el silencio atroz. Podía oír lo que no estaba sucediendo.

Luego, el sonido de mi respiración. Demasiado rápido. Demasiado fuerte. Como si no pudiera hacerla callar. Como si no fuera mía.

—No, no… —murmuré, mis dedos golpeando la puerta otra vez, aunque sabía que no iba a abrirse. Mi voz temblaba. Yo temblaba.

El aire ¿dónde estaba el aire? Odiaba los lugares pequeños. Detestaba sentirme encerrado. Me traía recuerdos que odiaba.

Mis manos se cerraron en puños, luego se abrieron, luego se cerraron otra vez. Me agaché, mis piernas no me respondían bien. La oscuridad me apretaba los ojos, me pesaba en el pecho.

Me llevé una mano al estómago. Estaba revuelto. Sentía que iba a vomitar.

Necesitaba encontrar algo seguro en que pensar. Atarme al presente y evitar que la oscuridad me arrastrará de regreso.

Traté de pensar en Salim. En su risa. En sus manos. En cómo me mira cuando cree que no lo estoy viendo. Pero incluso su recuerdo parecía lejano, como si alguien lo hubiera envuelto en algodón y lo hubiera guardado en una caja que no podía alcanzar.

—Sal… —dije su nombre como una plegaria.

Mis costillas dolían. ¿Estaba respirando bien? No podía estar respirando bien. Estaba sudando, las palmas húmedas, la nuca empapada. Me llevé las manos al pecho, como si pudiera detener algo que se quebraba dentro mío.

No quiero estar solo. No otra vez. No así.

Me acurruqué contra la pared, con los brazos cruzados sobre las rodillas, tratando de hacerme pequeño, tratando de desaparecer. El cuarto parecía más chico con cada segundo. Sentía que las paredes se acercaban, que me iban a tragar.

Y entonces llegó el llanto. Bajo al principio. Una vibración en la garganta que no pude contener. Después, más fuerte. Un sonido roto.

Mi corazón golpeaba sin orden. Las lágrimas caían sin permiso.

Era como si estuviera atrapado no solo en ese cuarto, sino también en mi cuerpo. Como si todo lo que había aprendido para sobrevivir ya no funcionara.

Me cubrí los oídos. Cerré los ojos.




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