JESSE
Es de madrugada.
Camino por el estacionamiento del hospital.
Dejé el auto aparcado unos metros atrás, lo suficiente como para qué ahora me pregunte por qué siempre hago estas cosas.
Camino despacio.
El eco de mis pasos me recuerda qué cualquiera podría querer matarme en un lugar así.
No es delirio; es sentido común con un pequeño toque de imaginación.
El lugar ayuda: frío, absurdamente grande y vacío.
El tipo de espacio donde un asesino serial se sentiría demasiado a gusto y yo, honestamente, también.
Sigo avanzando sin apuro.
Si alguien va a atacarme, al menos que tenga la decencia de anunciarse.
Llego a las escaleras.
Arriba, una puerta da directo al pasillo del hospital.
Antes de subir el último escalón, lo veo.
Una figura apoyada contra la pared.Un hombre encapuchado, esperando con paciencia.
Demasiada diría yo.
Por un segundo pienso que tal vez hoy sea el día en que mis fantasías más paranoicas se hagan realidad…
Ah, no.
Danthe.
Quiero pasar de largo.
Honestamente, no veo por qué no podría.
Pero Danthe se mueve justo a tiempo y ocupa el espacio frente a mí, como si el pasillo le perteneciera.
Freno lentamente.
Levanto la vista.
Bastante.
—Ah… ¿estabas ahí? —digo, sonriendo—. No te vi.
Es irónico.
Muy irónico.
Danthe es alto. Demasiado alto. El tipo de alto que debería venir con advertencia.
Sonrío igual, tranquilo, como si no me acabara de bloquear el paso.
Él me mira y sonríe también.
—Pensé que te habías olvidado de mí...
Extiende la mano.
Me corro automáticamente.
No pienso. No lo evalúo. Mi cuerpo simplemente decide que no.
—¿Cómo hacerlo? —respondo.
Mientras lo digo, se me cruzan por la cabeza las veces que terminamos en la cama.
Sexo casual.Nada serio.
Nunca lo fue.
Para mí siempre fue algo simple, casi biológico.
Como dormir.
O comer chocolate a cualquier hora sin preguntarme si corresponde.
Lo miro de nuevo, tranquilo, curioso incluso.
No nervioso.
Con Danthe nunca fue miedo.
Siempre fue… otra cosa mas difícil de explicar.
Y eso, inevitablemente, suele traer problemas.
Miro la hora en el celular.
El gesto corta un poco la escena, y me gusta por eso.
—Tengo que trabajar, Danthe —digo, tranquilo, sin apuros.
Como si no estuviera bloqueándome el paso en una escalera a las tres de la mañana.
Danthe me sostiene la mirada unos segundos más.
Los suficientes como para que cualquier otra persona se pusiera nerviosa.
Yo no.
Finalmente se corre y me deja pasar.
Cruzo a su lado sin tocarlo.Justo cuando lo hago, su voz baja casi amable me alcanza.
—Nos vemos luego, doc.
No me asusta.
No de verdad.
Me da curiosidad, que siempre fue más peligrosa.
No me detengo.
Sigo caminando, empujo la puerta y la cruzo.
El estacionamiento queda atrás y Danthe también, en teoría.
El pasillo del hospital me recibe con su luz blanca y su falsa sensación de control.
Camino unos pasos y el celular vibra en el bolsillo.
Una vez, nada más.
Se que no debería mirarlo.
Pero lo miro igual.
Número desconocido.
Abro el mensaje mientras sigo caminando.
“Ignorarme no es una buena opción, doc.”
Sonrío apenas.No por nervios. Por costumbre.
Sigo leyendo.
“Me gusta más cuando me mirás.”
Levanto la vista automáticamente, como si el pasillo pudiera devolverme la mirada.
Enfermeras, un camillero, puertas cerradas.
Nadie prestándome atención, o eso parece.
Escribo una respuesta.
La borro.
Escribo otra.
También la borro.
Al final, guardo el teléfono sin contestar.
Si algo aprendí es que responderle a Danthe demasiado rápido es darle exactamente lo que quiere.
Camino hasta el ascensor.
En el reflejo del metal veo mi propia sonrisa.
Sigue ahí.
Qué curioso.
Las personas normales sentirían miedo.
Yo solo siento... interés.
Y eso, probablemente, es peor.
Las puertas del ascensor se abren.
Mientras camino, pienso —sin drama, sin sorpresa— que con Danthe cerca otra vez hay problemas en la puerta.
No sé cuándo van a entrar.
Pero nunca se quedan afuera demasiado tiempo.
Y aun así, sigo avanzando.
Porque si algo aprendí es que preocuparse antes de tiempo no evita el desastre… solo lo vuelve más aburrido.
SAMUEL
Llego a la morgue y tardo un segundo en entender lo que estoy viendo.
El doctor está sentado en una de las sillas, inclinado hacia un costado, la cabeza apoyada contra el respaldo.
¿Dormido?
Si... dormido.
Como si no estuviera rodeado de acero frio.
A su lado, sobre la camilla, hay un cadáver cubierto hasta el pecho.
Parpadeo.
No porque no lo vea bien.
Porque mi cerebro necesita un segundo más para aceptarlo.
Alguien de servicio está trapeando el piso.
El sonido húmedo rompe el silencio.
Levanta la vista, me mira a mí, después mira a Jesse.
No parece alarmarse.
—¿Está bien? —pregunto, todavía sin sacarle los ojos de encima.
La mujer me observa un segundo más, como evaluándome.
Entonces sonríe.
—¿El doctor Campbell?
Asiento con la cabeza.
—Sí.
Ella vuelve a mirar a Jesse, baja un poco el trapo para no hacer ruido y se aleja despacio, como si esto fuera lo más normal del mundo.
Yo sigo ahí, mirándolo, tratando de entender en qué momento dejé de sorprenderme… y en cuál debería empezar a preocuparme.
Me acerco despacio.
No sé por qué lo hago.
Me agacho frente a él.
De cerca, Jesse se ve todavía más… sereno.
La piel demasiada blanca, lisa, tersa.
No hay tensión en su rostro.
Sus labios están ligeramente abiertos, como si hubiera quedado a mitad de una respiración.
Me descubro mirándolo demasiado.
No como se mira a alguien para comprobar si está bien.
Miro cada detalle mínimo: la curva de su boca, la forma en que el pecho sube y baja con una regularidad tranquila.
Tiene un lunar bajo el ojo, en la mejilla, es pequeño pero hora que lo vi, no puedo dejar de verlo.
Y ese mechón cobrizo que se desliza sobre su frente… me distrae más de lo que debería.
El contraste con lo qué tiene al lado debería ser brutal.
Y, sin embargo, no parece afectarlo en absoluto.
A mí sí.
Siento un nudo raro en el pecho, una incomodidad que no sé nombrar.
Me enderezo un poco, incómodo conmigo mismo.
¿Qué me pasa?
En ese momento, Jesse se mueve.
Parpadea una vez, lento, y despierta con la naturalidad de alguien que se quedó dormido en su propia sala.
No se sobresalta ni se tensa.
Simplemente vuelve.
Yo ya estoy de pie, mirando hacia otro lado, fingiendo interés en cualquier cosa que no sea él.
—Inspector... —dice, como si nada.
Y ese “como si nada” es, quizás, lo que más me inquieta.
Jesse me mira, todavía acomodándose en la silla.
—¿Venía a visitarme? —dice sonriente mientras entrelaza los dedos como si estuviéramos en una sala de espera cualquiera.
—Eh… sí —respondo, y enseguida me corrijo—.N-no.
Niego con la cabeza, demasiado rápido.
—Vine porque balearon a ese hombre que tiene al costado —agrego señalando el cadáver.
Recién entonces noto lo nervioso que sueno.
Jesse gira la cabeza y mira el cadáver.
Lo observa un segundo.
Después me mira a mí.
Vuelve a mirar al muerto.
—Ah… claro —dice.
Como si recién en ese momento encajara la información.
Sonríe y se pone de pie con tranquilidad, estirándose apenas, como si hubiera terminado una siesta placentera.
Yo lo observo sin entender qué acaba de pasar, ni por qué su reacción me descoloca más que la escena en sí.
Nada en Jesse indica urgencia.
Y eso, otra vez, me deja afuera.
—Un momento —digo, adelantándome un paso—. ¿Puede explicarme por qué estaba dormido acá?
Jesse parpadea, lento.
—Porque estaba cansado —responde—. Misterio resuelto.
—Jesse…
—Doctor —corrige suavemente con una media sonrisa—. Cuando usa ese tono solemne inspector , me dan ganas de portarme peor.
Respiro hondo.
—Hay un cadáver a su lado.
Jesse gira la cabeza, lo observa.
—Sí —dice—. Lo noté.
—¿Y dormir al costado le parece normal?
Se encoge de hombros.
—Depende del turno.
Se acerca a la camilla.
Le pongo una mano en el pecho para frenarlo.
—Espere.
Jesse baja la vista hacia mi mano como si fuera algo curioso, no un límite.
—Inspector —dice, paciente—, si va a arrestarme por dormir en el trabajo, avíseme antes. Así me despierto del todo.
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Editado: 25.05.2026