Dulce y peligrosa obsesión

3.Galletas sueños y malas decisiones

SAMUEL

Camino hacia la morgue con los hombros pesados y la cabeza aún más.

Hace más de un mes que conozco a Jesse Campbell y no logro entender en qué momento ese forense pasó de ser el doctor raro a ocupar tanto espacio en mis pensamientos.

Cada día es algo nuevo: una broma fuera de lugar, una mirada que dura medio segundo de más, esa calma inquietante que parece saber cosas que yo no.
Empujo la puerta.
Vacío.
La luz blanca, el olor a desinfectante, el silencio habitual… pero Jesse no está. Sobre la mesa hay papeles fuera de lugar. Parece que salió apurado.
Suspiro.

Estoy cansado.

Demasiado.

Me dejo caer en una silla contra la pared, en un rincón, y cierro los ojos solo un segundo. Solo para descansar la cabeza.
Cuando los abro, Jesse está ahí. Inclinado frente a mí, tan cerca que me sobresalto.

—Doctor… no lo escuché… —digo con un tono bajo.
Se acerca un poco más.

—¿Se siente bien, detective?
Siento su mano apoyarse en mi pecho. El contacto me atraviesa como una descarga. Lo miro sin entender, con la mente lenta, como si algo no terminara de encajar.

—Doctor, ¿qué…? —empiezo, pero no llego a terminar.
Jesse me besa.
El mundo se detiene.
No hay morgue, no hay cansancio, no hay lógica. Solo su boca, su seguridad, su sonrisa contra la mía.
Cuando me separo un segundo, sorprendido, Jesse me mira divertido, como si esto fuera lo más natural del mundo.
Algo en mí se quiebra.
Lo tomo del brazo, lo empujo suavemente contra la pared y lo beso de nuevo, esta vez sin pensar.

Con urgencia.

Con todo lo que vengo guardando.
Mis manos buscan, desabrochan su camisa, lo acerco más. Jesse no se resiste, solo sonríe, y esa sonrisa termina de volverme loco.
Lo alzo, sin saber de dónde saco la fuerza, besándolo, llevándolo hasta el escritorio. Se caen todos los papeles cuando lo dejo sobre él.
Su risa baja, casi muda, vibra contra mi cuello.

—Detective… —escucho a lo lejos.

La voz no encaja.

—Detective.

Me despierto de golpe.
El corazón me late desbocado, tan fuerte que por un segundo pienso que Jesse todavía está pegado a mí.

El aire me entra a trompicones, corto, como si hubiera estado conteniéndolo durante horas.
Abro las manos y recién ahí me doy cuenta de que las tenía cerradas en puños, rígidas, con los dedos entumecidos.
Estoy en la silla.

En el rincón.
La morgue vuelve a ser la morgue.

Parpadeo varias veces, intentando ordenar el mundo. El frío del ambiente me recorre la piel, demasiado real, demasiado ajeno al calor que todavía me arde en el pecho.
Trago saliva. La boca seca. El cuerpo lento, como si no hubiera terminado de salir del sueño.
Jesse está frente a mí, sentado en su silla al revés, con los brazos apoyados en el respaldo.

Está peligrosamente cerca.
Come una galleta con chispas de chocolate como si nada.

—¿Se quedó dormido? —pregunta, sonriendo.

No puedo mirarlo. La cara me arde.
Trago saliva, deseando que no se me note nada, absolutamente nada. Porque sigo viendo su sonrisa.
Y no puedo creer lo que acabo de soñar.

—¿Está bien? —pregunta Jesse, un poco curioso.

Asiento rápido, quizá demasiado.

—Sí… sí, estoy bien —digo, sin convicción.

Jesse me observa un segundo más, como si no terminara de creerme. Después se encoge de hombros y se aparta, dándome la espalda mientras camina unos pasos por la morgue.
—Mire eso… —murmura—. Yo dormido el otro día y usted siguiéndome el ejemplo. Me siento un mal referente.

Tiene razón.

Le di una cátedra de por qué no debería dormir en el trabajo y hoy… no termino de pensar, me paso la mano por la frente.

—Bueno —dice con ligereza—, espero que ese sueño tan… ajetreado no haya sido conmigo.
Se ríe. Una risa suave, despreocupada.
Yo siento que la sangre me sube directo a la cara.
Jesse se gira.
Y me ve.
Rojo.

Evidente.

Delator.
Su sonrisa cambia apenas, lo justo para que yo sepa que entendió todo.

—Ah —murmura—. Ya veo.

—No es lo que parece —me apresuro a decir, poniéndome de pie de golpe—. No… no me malinterprete, doctor. Yo solo… estaba cansado. Fue cualquier cosa. El cerebro hace cosas raras cuando uno está mucho sin dormir bien.

Hablo demasiado. Lo sé. Lo empeoro con cada palabra.
Jesse inclina la cabeza, divertido. Cruza los brazos con calma, como si esto fuera un experimento interesante.

—Claro —dice—. “Cualquier cosa”. Sueños aleatorios, muy científicos.
Aprieta los labios para no reírse.
—Si le sirve de consuelo, detective —continúa con su tono particular—, podría haber sido peor. Podría haber soñado conmigo usando crocs.
Lo miro, desconcertado.
—Eso sí sería imperdonable —agrega, muy serio.

A pesar de todo, se me escapa una risa nerviosa. El nudo en el pecho no desaparece, pero afloja un poco.

Jesse pasa un mechón cobrizo detrás de la oreja y me lanza una sonrisa traviesa. Me sostiene la mirada unos segundos más de lo necesario.
No hay burla cruel en sus ojos. Solo curiosidad… y algo más que no termino de descifrar.

—Tranquilo —dice finalmente, volviendo a su silla—. Sus sueños están a salvo conmigo.

Eso no ayuda en absoluto.
Porque ahora no solo me avergüenza lo que soñé.
Me inquieta que, por primera vez, no estoy del todo seguro de querer que haya sido solo un sueño.

JESSE

Salgo del hospital con las manos en los bolsillos y la cabeza en cualquier lado menos donde debería.

El aire de afuera está más frío, pero no logra sacarme esa sonrisa tonta que se me quedó pegada desde hace rato.
Samuel.
Nunca pensé que verlo nervioso podría ser tan… entretenido.
Él, siempre tan recto, tan contenido, como si cada gesto pasara primero por un reglamento interno.

Y hoy estaba rojo.

Rojo de verdad.




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