JESSE
Danthe se va otra vez. Ni siquiera intenta arrancar la camioneta. Eso sería demasiado lógico. Demasiado humano.
Se baja como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y entonces lo entiendo:esta esperando .
Mi cuerpo deja de responder. Primero es algo sutil. Intento mover los dedos. Nada. Después las piernas. Tampoco.
Abro la boca para decir hey, esto no estaba en el consentimiento implícito y no sale absolutamente nada. Estoy despierto.
Eso es lo peor.
Genial.
Parálisis consciente.
Siempre quise tacharla de la lista.
La puerta se abre otra vez. Danthe vuelve y me mira un segundo largo.
Demasiado largo.
Hasta que algo cambia en su cara, como si una pieza encajara de golpe.
Sonríe.
—Ah —dice—. Ya está.
Sube y se sienta a mi lado como si fuéramos dos personas normales compartiendo un banco.
Apoya el dedo índice en mi brazo y empieza a deslizarlo despacio, muy despacio.
La sensación me llega amplificada, cruelmente clara.
—Me imagino muchas cosas divertidas que podríamos hacer, doc —susurra cerca de mi oído.
Su dedo sube.
Brazo. Hombro. Cuello.
Yo, mientras tanto, pienso. Pienso en gritar. Pienso en insultarlo. Pienso en decirle que esto es ilegal en al menos siete niveles distintos. No puedo hacer nada.
—Necesito que trabajes para mí —dice, tranquilo, como si estuviera proponiendo un café. Hace una pausa.
Dramática.
Odio que sea bueno en esto.
—Lamento decirte que no tenés opción, doc —continúa—. O… Sonríe otra vez. —…podrían pasarte cosas peores que esto.
No sé cómo define peor, pero no me interesa conocer su escala.
Se aparta.
Mira su reloj.
—Bueno —dice—. Se nos terminó el tiempo.
Perfecto.
Porque claramente yo tenía una agenda muy apretada hoy.
La oscuridad me cae encima antes de que pueda terminar de pensar que, definitivamente, tendría que haberme dado cuenta mucho antes de que mi vida iba a tomar este tipo de giros.
Nunca confíes en los chicos que sonríen cuando vos no podés moverte. Nunca.
Me despierto en mi auto. Sigo en el estacionamiento del hospital. Eso, en sí mismo, no sería tan alarmante si no fuera por el dolor de cabeza que me parte en dos y la sensación de que mi cerebro fue usado como tambor en algún ritual extraño. Parpadeo varias veces, esperando que el mundo se acomode. No lo hace. Por un segundo pienso que todo fue una pesadilla.
Una muy elaborada, con secuestro, amenazas y camionetas sospechosamente blancas.
Mi mente tiene talento para el drama cuando quiere. Respiro hondo. Estoy en el asiento del conductor. Las llaves están donde deberían. El hospital queda a unos metros . Todo parece… normal. Demasiado. Casi me convenzo. Entonces muevo el pie. El dolor sube inmediato, preciso, innegable. Ah. No fue un sueño.
Me quedo quieto un momento, mirando el parabrisas como si pudiera explicarme algo.
No hay marcas visibles. No hay mensajes. No hay pruebas para llevar a una comisaría y decir hola, sí, me drogaron y me amenazaron para trabajar para alguien con problemas serios de control.
Solo el dolor. Eso tarda un segundo en procesarse. Miro alrededor, parpadeo, reviso el reloj del tablero. La hora no tiene ningún sentido hasta que lo tiene.
Pasó toda la noche.
Me quedé inconsciente en el estacionamiento . Apoyo la frente en el volante un segundo. Solo uno. No porque esté bien, sino porque no hay tiempo para más.
Tengo que entrar a trabajar.
Porque, claro, después de un secuestro y una amenaza velada, lo lógico es seguir con la rutina. La morgue no se va a atender sola y los muertos, curiosamente, siempre esperan.
Salgo del auto con cuidado. El pie protesta. Yo finjo que no escucho. Caminamos renegociando términos. Mientras cruzo el estacionamiento pienso que si alguien me ve ahora —ojeras, renguera, cara de haber perdido una pelea con la realidad— va a asumir que fue una noche larga, o demasiada corta en mi caso . Y supongo que no estarían equivocados.
Entro al hospital. Me tomo todas las pastillas que encuentro. Para el dolor de cabeza. Para el pie. Para el orgullo, que es claramente el que peor está. No leo etiquetas. Confío en el universo y en la farmacología básica. Si algo sale mal, al menos será coherente con el resto de mi semana.
La morgue es un caos. Tiroteo. Ladrones muertos, policías muertos. Un desfile completo de decisiones finales mal tomadas. Camillas entrando y saliendo, voces cruzadas. Un desastre de esos que te obligan a apagar algo adentro para poder seguir. Yo lo hago bastante bien. Trabajo. Camino rengueando sin admitirlo. Sonrío cuando corresponde. Digo frases técnicas con convicción suficiente como para que nadie me pregunte nada personal.
Soy un profesional ejemplar sostenido por analgésicos y pura negación.
Después de unas horas, todo se calma. El silencio vuelve como una resaca.
Estoy sentado frente al microscopio. Ajusto el foco. Miro. No veo nada. O lo veo todo y nada importa. No estoy observando lo que debería. Mi brazo todavía recuerda algo que mi cabeza preferiría olvidar: el recorrido lento de un dedo por la piel. Aprieto la mandíbula y vuelvo a mirar la muestra. No funciona. Mi mente está en otro lado, tensa, incómoda, como si mi cuerpo todavía no hubiera decidido si es mío o no. La droga dejó algo raro. Una rigidez interna. Una alerta constante. Como si algo estuviera a punto de pasar y no supiera qué.
—Doctor.
No lo escuché llegar.
El sonido me atraviesa de golpe y salto en el asiento. Literalmente. Mis manos se tensan, el corazón se me sube a la garganta.
Genial.
Ahora también me asusto. Me giro y ahí está Samuel. Demasiado cerca. Mirándome con esa mezcla de atención profesional y algo más que todavía no sé cómo nombrar.
Pienso absurdamente: Nunca me asusto.
Ese era uno de mis talentos.
Samuel frunce apenas el ceño. Me observa un segundo de más. Nota la rigidez. La forma en que estoy sosteniendo el cuerpo como si se fuera a desarmar si aflojo.
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Editado: 20.04.2026