Dulce y peligrosa obsesión

5.Un antojo peligroso

JESSE

Tengo un día atareado.

No uno de esos días heroicos, sino de los que te dejan con la cabeza llena y el estómago vacío.

Igual, me siento mejor que el otro día.

Menos mareado.

Más… entero.
Samuel llega y no me mira de frente al principio. Me observa de reojo, como si no quisiera confirmar nada todavía.
—¿Doc? ¿Mejor? —pregunta al fin.

Yo, sin embargo estoy pensando en una sola cosa: comer.

Comer algo caliente.

Algo real.

Algo que no sea café amargo. Pero no digo nada. Nunca digo lo obvio.
—Digamos que sigo vivo —respondo—. Aunque desaparecí de la cafetería sin avisar… eso fue un crimen menor, ¿no?

Samuel suspira, como si ya supiera que no va a sacarme una respuesta normal.

Llega con un montón de papeles bajo el brazo y los deja sobre el escritorio.
Montaña nueva. Más trabajo.
Sonrío sin ganas. Todo lo que quiero es terminar e ir a la cafetería antes de que cierren, o antes de que mi cuerpo decida vengarse.
Empiezo a trabajar.
A mitad de los informes ya siento que la silla me está ganando la guerra.
Samuel me observa de vez en cuando.

Lo noto. Hay algo divertido en su mirada, como si estuviera esperando a que explote.
Y exploto.
Me levanto de golpe.
—Terminé. Es hora de mi descanso.
Samuel alza una ceja, incrédulo.
—No lo creo, doc. Todavía nos queda mucho papeleo. Siéntese.
Lo miro fijo… y hago un puchero.
No estoy orgulloso.

Pero es una estrategia válida.
Samuel aguanta dos segundos antes de reírse.
—Está bien —dice, negando con la cabeza—. Vamos a tomarnos un descanso.
Victoria.
Cafetería, allá voy.

SAMUEL

Jesse va hablando pavadas como siempre mientras caminamos por el pasillo del hospital.

Comentarios sueltos, bromas sin remate, cosas que no llevan a ningún lado… y aun así no puedo evitar escucharlo.
Lo miro de reojo.
Todavía hay demasiadas cosas de ese doctor que no entiendo. Demasiadas que no terminan de cerrar.
Su sonrisa aparece sin esfuerzo, como si no pudiera evitarla.

Y es imposible no verla.
Me doy cuenta de algo incómodo: no soy el único que la nota. Enfermeros, médicos, incluso algunos pacientes se dan vuelta cuando pasa.
Jesse sigue caminando, metido en su propio mundo, completamente ajeno a todo eso.
No se da cuenta o no le importa.
Pienso que es demasiado distraído para alguien que trabaja acá.

Demasiado relajado.

Demasiado… atractivo.

Y eso, por algún motivo, me incomoda más de lo que debería.

Cuando llegamos a la cafetería, pido un café fuerte. Normal, según yo. Nada complicado.
Me siento y miro hacia la barra.
Jesse está tardando demasiado.
Frunzo el ceño, preguntándome qué estará haciendo. No es como si hubiera tanta gente.
Entonces lo veo volver.
Me quedo quieto.
Una taza enorme de chocolate caliente. Y una porción generosa de torta de chocolate.
Parpadeo una vez, incrédulo.
—¿No es demasiado para las tres de la tarde? —le digo.
Pero Jesse no me escucha. O elige no hacerlo.
Ya está en su mundo, sosteniendo la taza con las dos manos, sonriendo mientras prueba el primer sorbo, como un niño al que acaban de darle su premio favorito.
Lo observo en silencio.

Definitivamente, no es un doctor normal.
Me entretengo mirándolo.
Jesse disfruta algo tan simple como el chocolate con una concentración casi absurda, como si no existiera nada más alrededor.
Hay algo tranquilizador en eso.
Me distraigo un segundo, pensando en cualquier cosa, cuando de pronto siento la cuchara acercarse.
No tengo tiempo de reaccionar.
Jesse me mete un trozo de torta en la boca y sonríe, satisfecho.
—¿Qué le parece, detective? —dice.
Trago, todavía sorprendido.
—Me parece que tendrías que decir Samuel —respondo.
—Oh, genial —dice Jesse, exageradamente encantado—. ¿Ya nos vamos a tutear? Esta relación avanza rápido… no como con Tom.
—Carl… —corrijo, riendo.
Jesse se ríe también, como si ese pequeño intercambio fuera lo mejor del día.

JESSE

Ya es de noche. Samuel se fue hace unas horas y el hospital quedó con ese silencio raro que solo aparece cuando todo terminó… o cuando algo está por empezar.

Estoy agotado, pero terminé todo el trabajo.

Eso cuenta como una pequeña victoria.
Salgo del hospital y camino hacia mi auto. El aire está frío, pesado.
Meto la mano en el bolsillo buscando la llave cuando escucho un ruido detrás de mí.
No necesito darme vuelta.
Danthe me está esperando.

—Ah… iba a decir “qué sorpresa verte”… —murmuro mientras saco la llave—. Pero no lo es.

Danthe se acerca.
Demasiado.
En un segundo quedo arrinconado contra el auto, el metal frío presionándome la espalda.

Niega con el dedo, despacio.

—No te vas, doc. Primero —dice, acercándose aún más— vamos a dar un paseo.

Sonrío, automático.

Reflejo viejo.

—Pero tengo que volver temprano —respondo, riendo—. Mis padres no me dejan andar de noche con lunáticos.

No sé si la broma va a funcionar esta vez.

Danthe me agarra del brazo y no me da opción. Me lleva directo hasta su camioneta, abre la puerta del asiento del acompañante y me empuja apenas, lo justo para que entienda que no es una invitación.
Estoy seguro de que no funcionó la broma.

—Ah… primera clase esta vez —digo, riendo nervioso—. La parte de atrás estaba muy dura.

Danthe no responde.

Ni una palabra.

Solo me mira.
Da la vuelta y sube al asiento del conductor.

El silencio pesa más que cualquier amenaza.

Intento ponerme el cinturón, pero mis manos no cooperan. El metal no encaja, se traba.
Resoplo, forcejeo un poco más.
Siento su mirada.
Después de unos segundos, Danthe pierde la paciencia.
Se inclina hacia mí, demasiado cerca. Puedo sentir su respiración, su presencia invadiendo todo el espacio.
Levanto las manos, instintivo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.