JESSE
Danthe conduce durante mucho tiempo. El motor, el movimiento constante… y el cansancio me ganan.
Me duermo en el asiento.
Sí.
Me duermo.
Tranquilo.
Como si no estuviera siendo prácticamente secuestrado por un psicópata que me lleva a anda a saber dónde.
Mi cerebro tiene prioridades extrañas.
—Es hora de despertar, Bella Durmiente —dice Danthe.
Abro los ojos sin sobresaltarme.
Como si fuera lo más normal del mundo.
Pero cuando miro alrededor, algo me dice que no es una noche de picnic.
No me asusto.
No del todo.
Pero me incomodo.
El lugar parece sacado de una película de mafia y drogas. Luces bajas, paredes gastadas, gente afuera fumando, apoyada en autos.
Todos se quedan mirando la camioneta con desconfianza cuando llegamos.
—Qué simpáticos se ven tus amigos —comento.
—Dale, doc. Bajá —ordena Danthe.
Obedezco, porque… ¿por qué no hacerlo? Si me resisto, puede ser peor.
Apenas pongo un pie afuera, uno de los tipos se ríe.
—¿Es tu nueva novia, Danthe?
Danthe lo mira. No dice nada. Después me mira a mí, me agarra del brazo y me arrastra casi sin disimular.
Yo sonrío, automático.
—Todavía no me lo propuso —digo, sonriendo.
La risa se corta en seco. El tipo se queda serio, mirándome como si hubiera dicho algo que no debía.
—No hables —ordena Danthe.
Y solo por esta vez… le hago caso.
Entramos a un edificio.
Danthe me obliga a avanzar por un pasillo angosto y mal iluminado hasta que llegamos a un lugar que podría ser un consultorio… si uno baja mucho los estándares.
Un escritorio viejo.
Una silla giratoria.
Una camilla básica.
—Podrían haber puesto un poco más de esmero —comento.
Danthe no responde. Abre un cajón y saca un montón de fichas. Las tira sobre el escritorio sin cuidado, como si fueran naipes marcados.
—Danthe… —empiezo—. No soy ese tipo de médico.
No llego a terminar.
Me agarra y me sienta de golpe en la silla, sin ningún cuidado. El impacto me sacude el cuerpo.
Después me empuja hasta quedar bien pegado al escritorio.
—Esto es parte de un forense —dice.
Se coloca detrás de mí. Sus manos se apoyan en mis hombros y aprieta. Fuerte.
—Revisás a los pacientes y corroborás que estén igual a la ficha. Si no es igual, hacés otra —continúa—. Sin hablar de más. Y sin preguntas estúpidas. ¿Entendido?
No contesto enseguida. Pienso un poco más de lo que debería.
Me acerco lo suficiente para leer la firma del médico en las fichas: Sheffield.
—Pero si contradigo estas fichas…
No termino la oración.
Se inclina hacia mi oído y aprieta justo en ese punto exacto del hombro que te hace ver estrellas.
El dolor me atraviesa limpio.
Me doblo sobre mí mismo, sin poder evitarlo.
—¿Entendido o no? —repite.
—Ok… —respondo, sin aire ni chistes.
Esto me sorprende más de lo que imaginé.
No sé lo que está pasando. Solo sé que empiezo a examinar gente.
Heridas, alergias, ampollas o irritaciones.
Todas iguales.
Demasiado parecidas.
Causadas, sin lugar a dudas, por algún tipo de reacción química.
Los síntomas se repiten una y otra vez.
Pero ninguno concuerda con lo que dicen las fichas.
Nada encaja.
Es como si intentaran tapar algo enorme con una firma apurada.
Y esa firma…
Reconozco el nombre.
Un médico importante. Muy importante.
Y esas fichas están… muy, muy mal hechas.
Sé que lo que estoy haciendo es como ponerme una soga al cuello.
Esta gente es pesada y les estoy haciendo la guerra con una lapicera… y todo mi carisma.
Llega una señora mayor.
Tiene los brazos llenos de ampollas. La piel enrojecida, frágil.
Me mira con dulzura, como si esto fuera un consultorio normal, como si no estuviéramos escondidos en un edificio que huele a rituales satánicos y peleas clandestinas.
La miro.
Miro la hoja.
La vuelvo a mirar.
Tengo mil preguntas en la punta de la lengua, pero instintivamente me agarro el hombro.
El recuerdo del dolor es inmediato.
Y con él, las ganas de preguntar se me van.
—Doctor… se ve muy joven —dice ella.
La miro de reojo.
—No se crea, señora —le respondo.
Ella sonríe apenas.
—¿Usted es amigo de Danthe?
Sonrío automáticamente.
La palabra “amigos” puede significar tantas cosas… y ninguna describe lo que sea que tenemos.
—Sí… algo así —contesto mientras examino su brazo.
—Danthe es un buen chico —dice—. Hace muchas cosas por nosotros.
Me quedo mirándola, sorprendido.
¿Estamos hablando del mismo Danthe?
¿Buen chico?
La palabra que mejor lo describe sería… desquiciado.
“Bueno” me suena completamente fuera de lugar.
No puedo dejarlo así.
Es un defecto profesional. O personal.
O una forma muy estúpida de suicidio social.
Elijo creer que es vocación.
Bajo la voz, sonrío.
Modo doctor simpático activado.
—¿Y esto le apareció de golpe o fue progresivo? —pregunto, tocando apenas la piel—. Porque, así entre nos, no parece una simple alergia al detergente.
La señora duda. Mira la puerta. Vuelve a mirarme.
—Hace meses…
—Ah —digo—. El clásico “ya se va a ir solo”. Nunca falla.
Ella sonríe, tímida.
—¿Trabaja con algún químico? ¿Fábrica, limpieza, algo así?
—Todos acá trabajamos más o menos de lo mismo —
responde, evasiva.
Asiento, como si eso aclarara absolutamente todo.
—Claro. Lo mismo. Misterioso.
Me encanta.
Miro la ficha.
La ficha me miente en la cara.
—Y… pregunta incómoda —agrego, bajando aún más la voz—. ¿Nunca pensaron en denunciar?
Silencio.
Ella aprieta el bolso como si fuera un salvavidas.
Niega con la cabeza.
No dice nada.
Y ahí lo siento.
Ese algo en la nuca.
Como cuando decís el nombre equivocado en una reunión familiar.
Levanto apenas la vista.
Danthe está en la puerta.
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Editado: 20.04.2026