Dulce y peligrosa obsesión

7.Noche Azul

SAMUEL

La reunión se alarga más de lo necesario.

Alguien habla de protocolos, de horarios, de informes atrasados.

Yo asiento cuando corresponde, tomo notas que no voy a releer y trato de ignorar el cansancio que me pesa detrás de los ojos.

El teléfono vibra sobre la mesa. Un mensaje.

Miro de reojo.

Jesse.

🙂🙂🙂 sjsjskak zzzz

Frunzo el ceño.

Vuelvo la vista al frente.

Otro mensaje.

💙💦🧦n o c ñ v

Aprieto los labios para no sonreír.

Jesse suele ser muchas cosas, pero no suele escribir como si su teclado hubiera sufrido un ataque.

Sigo escuchando.

O finjo hacerlo.

El teléfono vibra otra vez. Y otra. Ahora es una llamada. Me levanto antes de pensarlo demasiado.

—Disculpen —murmuro, y salgo de la sala. Contesto apenas cierro la puerta.

—Jesse.

—Samueeel… —su voz suena espesa, alargada, como si las palabras le pesaran—. Tus luces…son muy azules... apagalas.

Me quedo quieto en el pasillo.

—¿Mis luces?

—Sí… esas —dice, y se ríe solo—. Las azules. Molestan. Todo es azul. Muy azul. Exhalo despacio.

—Jesse… ¿estás ebrio? Silencio.

Después:

—No —dice, convencido—. Estoy… en una misión secreta .

—Ajá.

—Y hay música… y vasos… y un tipo que me mira raro.

Cierro los ojos un segundo.

Luces azules, música, vasos.

Creo que sé exactamente dónde está.

—No vengas —dice de repente, más bajo—. No quiero que vengas.

Abro los ojos.

—Jesse, decime dónde estás.

—No —responde, obstinado—. No vengas. Estoy bien. Muy bien. Demasiado bien. Además… —hace una pausa— no quiero que me lleves como si fuera… no sé… una evidencia.

No puedo evitar sonreír.

—No pienso llevarte como evidencia.

—Mentira —dice, y casi puedo verlo frunciendo la nariz—. Tenés voz de mentiroso.

Escucho un golpe seco del otro lado. Probablemente apoyó mal el teléfono.

—Jesse —digo con más suavidad—. ¿Estás solo?

—No —responde—. Hay luces y azul , mucho azul.

Eso es todo lo que necesito.

—No vengas —repite, casi suplicante -no te necesito.

Miro hacia la sala de reuniones. La puerta cerrada. El murmullo apagado del otro lado.

—No voy a ir —le digo.

Cuelgo.

Y voy igual.

Mientras camino hacia el auto, el teléfono vibra una vez más.

Mensaje de Jesse:

🙄 no vengas. 💙

Sonrío, ya con las llaves en la mano.

Claro, doctor.

Cómo no.

Presiento el lugar incluso antes de verlo. Un bar llamado Azul bastante nuevo en la ciudad, no puede ser más obvio.Cuando estaciono y las luces azules se derraman por la vereda como un mal chiste luminoso, confirmo que Jesse no exageraba.

Nunca lo había escuchado así.

Y definitivamente confirmo que en su vida personal, Jesse Campbell es un completo desastre.

Empujo la puerta y el azul me invade por completo.

Música baja, vasos, risas dispersas.

Lo veo enseguida: sentado en la barra, como no verlo .

Las luces azules reflejan en el cobrizo de su cabello. De espaldas, ligeramente encorvado, como si el mundo le pesara más de lo habitual.

Me acerco despacio.

Jesse está pasando maníes de un plato a otro con una concentración absurda. Una mano sostiene su mejilla, los dedos aplastándole un poco la cara. Cuenta en voz baja, o quizá no cuenta nada.

—Jesse —digo.

Se sobresalta. El movimiento es torpe, exagerado. Después me ve y frunce el ceño, ofendido.

—Te dije que no vengas… —murmura, bajando la mirada a los maníes, como si lo hubieran traicionado.

Me siento a su lado. Me inclino un poco y miro el vaso vacío frente a él.

—¿Qué estás tomando? —pregunto.

No me mira.

Da un último sorbo, aunque ya no queda nada.

Apoya el vaso en la barra con cuidado solemne.

—Otro, Luis —dice.

—No, Luis no —intervengo—. Otro no.

Ya es suficiente.

—No le hagas caso, Luis… otro —insiste Jesse, serio, señalando el vaso.

El cantinero, que claramente no se llama Luis, nos mira a los dos sin saber muy bien qué hacer.

—¿Hace cuánto está acá? —pregunto mostrándole mi placa y señalando a Jesse con la cabeza.

El cantinero mira el reloj.

—Hace… tres horas más o menos —dice.

Luego sonríe. Lo mira con una ternura inesperada y agrega:

—Ha estado ahí, jugando con los maníes… y hablando de alguien. Se preocupa—. No ha hecho nada malo.

Sonrío sin querer.

—No estoy acá como policía —digo. El cantinero asiente, aliviado.

—Él es… —empiezo a decir, pero me quedo en silencio.

Miro a Jesse.

Sigue pasando maníes de un plato al otro, concentrado, como si esa fuera la tarea más importante del mundo.

Los labios apretados. El ceño apenas fruncido.

Exhalo despacio.

—Él es… alguien a quien vine a buscar —termino.

Jesse suspira.

—Me falta uno,¿ donde esta ? —dice, serio —tengo que contar otra vez .

Y por alguna razón, eso me aprieta algo en el pecho.

—Dejá los maníes tranquilos —le digo.

Jesse levanta la vista y me mira como si acabara de interrumpir algo sagrado.

—Están trabajando —responde, serio.

Respiro hondo.

—Vamos. Por hoy es suficiente alcohol.

Y lo pienso de verdad. Tres horas tomando no es poco, ni siquiera para alguien que finge que nada le afecta.

Una de las luces azules gira y le da directo en la cara. Jesse cierra los ojos de golpe y se los frota con torpeza.

—Te dije que era mucho azul —murmura —Es agresivo.

—Bueno, entonces vamos a casa —digo, y le tomo la muñeca con cuidado. Demasiado cuidado, aparentemente.

—¡No, no ! —exclama de inmediato, alzando la voz—. ¡Me quiere llevar detenido! ¡Ayuda! ¡Policía abusivo!

Varias cabezas se giran al mismo tiempo.

—Jesse —digo entre dientes.

—¡No hice nada! ¡Solo maníes! —protesta, señalando la barra. Le tapo la boca con la mano antes de que empeore.




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