Dulce y peligrosa obsesión

8.Caos de vainilla

SAMUEL

Llegué al departamento de Jesse con una incomodidad difícil de ignorar.

Desde el otro día no nos hemos visto , cuando llamó y dijo que era urgente, no sonó exagerado.

Sonó… distinto.

Y Jesse nunca suena distinto sin razón.

La puerta estaba sin candado. Eso fue lo primero que no me gustó. Entré llamándolo por su nombre.

Nada.

El departamento estaba demasiado tranquilo, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

Di un par de pasos más y entonces lo vi: agua corriendo por el piso, deslizándose desde la cocina como una advertencia tardía.

Se me cerró el pecho.

Corrí.

Pensé en sangre.

Pensé en caída, en golpe, en Jesse inconsciente en el suelo.

Pensé lo peor en menos de un segundo.

Y lo que encontré fue… otra cosa.

Jesse estaba empapado, literalmente casi metido debajo del mueble del laboratorio, sosteniendo un caño con ambas manos como si fuera lo único que evitara una catástrofe mayor.

El agua le chorreaba por el pelo, por la remera pegada al cuerpo, formando charcos a su alrededor.
Levantó la cabeza cuando me vio y sonrió.

—No sé cómo arreglar esto —dijo, como si estuviera hablando del clima.

Me quedé mirándolo un segundo más de lo necesario, intentando reordenar mis pensamientos.

—Soy policía, no plomero —respondí, ya arremangándome la camisa.

Jesse se rió. De verdad se rió.

—Lo siento —dijo—. No sabía a quién llamar.

Eso me golpeó más de lo que esperaba.

Había pensado en mí.

La idea me provocó una ternura incómoda, breve… que desapareció de inmediato cuando Jesse aflojó apenas la presión del caño y un chorro de agua salió disparado directo a mi pecho.

—¡Jesse!

Él no pudo evitarlo.

Se rió todavía más, con esa risa abierta, infantil, completamente fuera de lugar.

Yo debería haberme enojado. Debería haber dicho algo. Pero me quedé mirándolo. Empapado, descalzo, sonriendo como si esto fuera un juego.

Por un segundo, se me fue todo.

El ruido del agua, el desastre, el enojo.

Solo vi su sonrisa.

Estiré la mano y cerré el paso de agua.

—Tengo el contacto de alguien —dije—. Lo voy a llamar.

Intenté incorporarme… y el piso mojado decidió por mí.

Resbalé.

Caí directo sobre Jesse.

El golpe no fue fuerte, pero sí cercano.

Demasiado cercano.

Quedé sosteniéndome con los brazos a cada lado de su cuerpo, con su respiración todavía agitada debajo de mí, con agua fría empapándonos a los dos.

Nos quedamos quietos. Demasiado quietos.
Yo, intentando recordar cómo se respira. Y Jesse, mirándome como si todo esto —el agua, el desastre, yo encima suyo— fuera perfectamente normal.

Y tal vez, para él, lo era.

JESSE

Me mira.

Me mira mucho.

Samuel está encima de mí, rígido como si el cuerpo se le hubiera olvidado cómo funciona, los brazos temblándole apenas, respirando demasiado rápido.

Yo siento el frío del piso en la espalda y el calor raro de él arriba, y no puedo evitar sonreír.

—Sabés —digo, sin pensar—, esta no es la primera vez que termino en el suelo mojado… pero sí la primera con un policía encima.

Lo digo así.

Natural.

Como si no fuera lo más inapropiado del mundo.

Samuel se pone todavía más nervioso.

—Jesse, yo… —intenta incorporarse—. Perdón, fue sin querer, el piso, yo…

Se mueve mal.

Muy mal.

—Cuidado —alcanzo a decir.
Resbala otra vez.

Instinto puro: lo agarro de la camisa antes de que se parta la cabeza. El tirón lo deja todavía más cerca. Demasiado cerca.
Siento cómo se queda quieto.

Samuel cierra los ojos.

Literalmente los cierra, como si eso pudiera salvarlo de la situación... y de mi .
Su respiración me da en la cara. Cuando los abre, lo estoy mirando. Sonriendo.

No porque sea gracioso.

Bueno… sí. Un poco porque es gracioso.
No me da tiempo a decir nada más.

Samuel me besa.

No es torpe.

No es suave.

Es intenso, urgente, como si hubiera estado conteniéndose demasiado tiempo.
Siento su mano fría deslizarse debajo de mi remera y el contraste me arranca un sonido que no tenía pensado hacer.

Un pequeño gemido.

Traicionero.

Ahí es cuando él se congela.
Se separa de golpe, como si hubiera tocado fuego.

—Perdón —dice rápido—. Esto no está bien, no acá en el suelo. Yo… yo no—

No termina la frase. Porque ahora soy yo el que lo agarra.
Lo beso. Sin apuro. Sin pedir permiso.

—No importa el lugar —digo sonriendo.
Eso lo termina de convencer.
Y por primera vez desde que empezó todo este desastre, el agua en el piso deja de importar.

Me agarro más de su camisa y él se da cuenta, su beso se intensifica y de pronto me agarra con una facilidad que no esperaba.

Un segundo estaba en el suelo y al siguiente mi espalda choca contra la heladera, fría, firme, como un límite que no estaba seguro de querer.
No deja de besarme. No hubo violencia en el gesto, pero sí decisión. De esa que no da espacio a dudas.
Y yo no me muevo.
Samuel sigue arrodillado en el piso; el contraste era absurdo: agua alrededor, el desastre sin resolver, y él ahí, mirándome como si nada más existiera.

Como si yo fuera lo único que importaba.
Empezó a besarme el cuello. Despacio al principio. Luego con menos paciencia.
Sentí el frío del metal en la espalda y el calor de su boca en la piel.
Cerré los ojos.

Pensé, de forma totalmente fuera de lugar, que siempre me dejo llevar en las peores decisiones.

Que tengo un talento especial para el caos.

Que debería haber llamado a un plomero y no a un detective sexy que claramente ya insinuaba su atracción.

Más sabiendo sus antecedentes.

Sus manos subieron y la remera mojada dejó de ser un obstáculo.

El aire frío me erizó la piel al instante.
Samuel me apretó un poco más contra la heladera, no para hacer daño, sino para que no hubiera escapatoria.




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