JESSE
Se supone que un descanso sirve para relajarse.
No para descubrir que están desvalijando tu auto.
Iba caminando tranquilamente hacia el estacionamiento, pensando en el chocolate que había dejado en la guantera —prioridades claras— cuando los vi.
Dos tipos alrededor de mi coche. Uno mirando hacia los lados, el otro ya agachado junto a la ventana.
Me detuve en seco y me escondí detrás de una columna.
—Perfecto… —murmuro para mí mismo—. Justo hoy.
Abren la puerta como si nada , ni siquiera intentan disimular.
Empiezan a revisar el interior como si supieran exactamente qué buscar. Eso es lo que más me inquieta.
¿Y qué demonios estarían buscando en mi auto?
Estoy inclinado un poco hacia un costado para ver mejor cuando, de repente, una mano me cubre la boca desde atrás. El cuerpo se me tensa entero.
—Soy yo, Jesse —susurra Samuel junto a mi oído.
Exhalo por la nariz, entre molesto y aliviado. Samuel no retira la mano enseguida; sigue observando a los tipos con la mirada fija.
Demasiado cerca.
Mucho más cerca de lo necesario.
Desde lo que pasó entre nosotros, todo se siente… raro. Antes era fácil: tensión, sarcasmo, sexo ocasional y listo.
Ahora mi cerebro decide notar cosas inútiles como su respiración contra mi mejilla.
Me quiero mover a un costado y no lo logro.
Samuel me sostiene con firmeza.
—No hagas ruido —dice en voz baja.
Asiento apenas, aunque en ese mismo instante rozo sin querer algo metálico contra la columna.
Un pequeño golpe.
Suficiente.
Los hombres levantan la cabeza al mismo tiempo. Se miran entre ellos y salen corriendo.
—Genial —murmuro.
Samuel ya está moviéndose.
—Voy tras ellos —dice, sacando su arma.
—Yo voy —respondo, adelantándome un paso.
Samuel me mira de lado, esa mirada suya que ya significa problemas.
—Ni lo sueñes, doc.
—No podés retenerme acá.
-Claro que puedo -dice desafiante.
-Quiero ver como lo logras -le digo sonriendo.
No responde. Solo extiende la mano.
Ahi me di cuenta que , provocarlo , fue un gran error.
SAMUEL
Los pierdo fuera del estacionamiento.
Maldición.
Freno en seco, respiro hondo y doy media vuelta.
En el camino no puedo evitar sonreír al recordar la cara de Jesse cuando lo esposé al volante.
Nunca le había visto esa expresión exacta de irritación pura, contenida, casi ofendida.
Era eso o verlo correr detrás mío directo al peligro.
No había sido una decisión elegante y muy poco profesional, pero sí la única posible.
La sonrisa se me borra rápido cuando me pongo a pensar.
Lo dejé solo.
En un auto violentado.
Esposado.
Si esos tipos vuelven…
Acelero.
Cuando llego, el corazón me da un golpe seco.
Jesse está en el asiento del conductor, completamente quieto. La cabeza ladeada. No se mueve.
—Jesse —digo, acercándome demasiado rápido.
Le tomo el hombro, lo sacudo. Nada.
El estómago se me hunde.
—Jesse —repito, más fuerte.
Lo muevo para todos lados, ya imaginando lo peor, cuando de pronto abre los ojos, parpadea y se los frota con la mano libre como si nada.
—¿Qué…? —murmura—. Ah. Volviste.
—¿Estabas…? —me quedo mirándolo, incrédulo.
—Durmiendo —dice, con una sonrisa tranquila—. Tengo solo media hora de descanso, Samuel. Una breve siesta estaba incluida.
Y se ríe.
Yo no.
Me quedo ahí, de pie, con la adrenalina todavía clavada en el pecho y las manos temblándome apenas.
Me preocupé demasiado. Muchísimo más de lo que debería.
—¿Sabés el susto que me diste? —le digo, seco.
Jesse me mira, todavía medio dormido, divertido.
—Relajate, inspector. Si volvían los ladrones, les ofrecía chocolate.
Aprieto la mandíbula.
No puedo creerlo.
Lo dejé esposado por su seguridad… y se quedó dormido como si fuera lo más normal del mundo.
Y lo peor no es eso. Lo peor es el alivio brutal que siento al verlo ahí, vivo, intacto, sonriendo como si no acabara de sacarme varios años de vida en cinco minutos.
Jesse mete la mano en la guantera, saca un chocolate y empieza a forcejear con el envoltorio usando una sola mano.
—Samuel… —dice, levantando la muñeca todavía esposada al volante.
Lo miro sin moverme. No puedo creer que no esté ni un poco alterado después de lo que acaba de pasar.
—¿Qué buscaban esos tipos, Jesse? —pregunto, más duro de lo que pretendía.
Se encoge de hombros como si habláramos del clima y vuelve a intentar abrir el chocolate, esta vez acercándolo a la boca.
Se lo saco de la mano y lo dejo a un costado. Me inclino hacia él. No puede apartarse; la esposa lo mantiene en su lugar.
—Samuel, podrías… —empieza, insinuando que lo libere.
Lo ignoro.
—Necesito que me digas en qué estás metido —digo, muy cerca de su cara.
—Para que lo sepas, ese chocolate es mi desayuno, mi almuerzo y probablemente mi merienda —dice Jesse sonriendo.
Me acerco mucho más a su rostro, lo suficiente para ponerlo incómodo.
—Samuel, las esposas están para el otro lado —bromea, algo típico en él, pero esta vez no me causa ninguna gracia.
Siento la irritación subiéndome por el pecho.
—Jesse —le digo, agarrándole el brazo—, ¿te das cuenta de que esto es peligroso? Si te pasa algo yo…
Las palabras se me quedan atrapadas un segundo.
—…no lo soportaría.
Jesse se queda completamente quieto.
La sonrisa burlona desaparece de su rostro como si alguien hubiera apagado una luz. Sus mejillas se enrojecen y desvía la mirada, de repente incómodo, descolocado de una forma que nunca le había visto.
Ese gesto, esa vulnerabilidad inesperada, me golpea directo.
Le tomo el rostro con las manos para que vuelva a mirarme. Sus ojos vacilan, no sabe qué decir ni qué hacer, y esa incertidumbre lo vuelve peligrosamente irresistible.
No pienso demasiado.
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Editado: 20.04.2026