JESSE
El picaporte gira sin que nadie golpee.
Eso ya me molesta.
Estoy revisando unas placas, fingiendo concentración, cuando la puerta se abre despacio.
No levanto la vista enseguida. Porque sé que no es Danthe. Danthe no entra asi , entra ocupando el aire.
Este entra como si ya fuera dueño del lugar.
Markel, uno de los amigos de Danthe.
—Doctor Campbell —dice, como si estuviera saludando en un cóctel—. Qué espacio tan… acogedor.
—Pensé que había que golpear antes de entrar.
Él sonríe apenas. Esa sonrisa que no toca los ojos.
—Pensé que ya habíamos superado las formalidades.
Cierra la puerta con llave. Eso sí me tensa. Apoyo las manos en el escritorio para que no se note mi incomodidad.
—Si vienes a buscar a Danthe, no está.
—No vine por Danthe.
Claro que no. Se acerca a la camilla. Pasa los dedos por el acero inoxidable, lento.
—¿Sabías que tu auto es muy fácil de abrir? Siento el estómago hacerce un nudo.
-¿Perdón?.
—Deberías cambiar la alarma. Es casi insultante.
Ahora sí levanto la vista.
Él sonríe apenas.
—Fui yo, por cierto. El que mandó a revisarlo.
Silencio.
No sé qué me molesta más. Que lo diga así.
O que no tenga necesidad de mentir.
—Me gusta saber con quién trabajo. A dónde van, que comen , con quién se acuestan... -Se mete la mano en el bolsillo y saca el celular.
Lo gira hacia mí.
Y ahí estoy yo.
En en la barra del bar con Samuel. Otra foto.
Él agarrándome del brazo.
Otra más.
Samuel llevándome a su auto Demasiado cerca para que parezca casual.
El aire se vuelve denso.
—Qué bonita amistad —murmura—. ¿El inspector sabe dónde pasa las noches su forense favorito?
No respondo.
Si hablo, pierdo.
—Sería una pena que Danthe interpretara mal estas imágenes —continúa—. Es… territorial.
Eso lo sé demasiado bien.
Markus deja el celular sobre la mesa, como si fuera un objeto cualquiera.
—Voy a ser directo, doctor. Necesito acceso a los archivos completos de los pacientes que llegan aquí. Se inclina un poco hacia mí. —Todos.
—¿Para qué?
Ahí se detiene.
No responde.
Solo me mira.
El aire cambia. Se acerca despacio hasta que casi invade mi espacio personal.
—No estás en posición de hacer preguntas.
—Si voy a arriesgar el cuello, quiero saber para quién trabajo.
La mandíbula se le tensa. Y en un movimiento rápido me agarra de la camisa y me empuja contra el respaldo de la silla .
No es brutal, es preciso. Controlado.
Su mano sube hasta mi mandíbula y la aprieta. Su tono no cambia. Eso es lo peor.
—Puedo hacer que desaparezcas —dice casi aburrido—. Y créeme… nadie haría demasiadas preguntas.Tu auto ya demostró lo sencillo que es acercarse a tu vida.
Se incorpora.—Pero prefiero no complicar las cosas.
Apoya ambas manos en mi escritorio. Está lo suficientemente cerca como para que sienta su perfume, seco, invasivo.
—Me das acceso. Sin que Danthe lo sepa. Señala el celular.—Y estas fotos… siguen siendo solo mías.
Trago saliva.
—¿Y si digo que no?
Sonríe.
—Entonces le cuento a Danthe que su juguete favorito se anda divirtiendo con un policía.
Silencio.
—Y después… bueno. Lo de desaparecerte sería el escenario optimista.
Se endereza. Saca un pendrive del bolsillo. Negro. Pequeño. Lo deja sobre el escritorio con un golpecito seco.
—Mañana. Todo. Sin modificaciones. Sin copias. Se inclina un poco hacia mí.—Si detectan que tocaste algo… no voy a ser yo el que venga a hablar con vos.
Se dirige a la puerta. Antes de salir, agrega:
—Ah. Y sonrei cuando lo veas. No querrás que note que algo te preocupa.
La puerta se cierra.
-Genial -pienso -¿alguien más que quiera utilizarme?
Me quedo sentado.
El consultorio está en silencio, pero mi cabeza no.
El pendrive sigue sobre el escritorio. Pienso en la amenaza.
En los archivos.
En lo fácil que Markus dijo que sería desaparecerme.
Y después… inevitablemente… pienso en Danthe.
En lo que haría si ve esas fotos.
En lo que haría si cree que lo traicioné.
Respiro hondo.
Y entonces, como si mi mente necesitara complicarlo más, aparece Samuel, mirándome como si pudiera leerme , acercándose demasiado.
Fue solo sexo.
Y sin embargo… ¿Por qué estoy pensando tanto en él? Siempre fue simple.
Nada serio.
Nada que duela.
Superficial.
Controlado.
Entonces… ¿ahora qué?
Me paso una mano por la frente. —¿Qué te está pasando Jesse ? —murmuro para mí.
Me quedo así, sujetándome la cabeza como si pudiera acomodar mis pensamientos a la fuerza.
Y entonces lo siento.
No lo escucho entrar.
Solo siento su presencia.
Danthe.
Levanto la vista despacio. Está de pie, a unos metros. Observándome. No dice nada. Eso es peor. Siento su mirada recorriéndome. Evaluando.
Buscando.
—Agarrá tus cosas —dice al fin. Pero no se mueve. Sigue mirándome.
Sonrío, apenas.
—Justo cuando quería hacer horas extras.
Estoy actuando.
Y él lo sabe.
Mi teléfono vibra sobre el escritorio. El sonido me atraviesa como una descarga.
Me tenso tanto que un montón de hojas se deslizan y caen al piso. Perfecto, Jesse.
Danthe no aparta la mirada.
Miro la pantalla.
Número desconocido.
El corazón me golpea en el pecho. Samuel suele llamar desde números distintos.
No. No ahora. Si es él… se termina todo.
—Doc… —la voz de Danthe es suave—. Contestá.
No es una sugerencia.
—En altavoz.
Trago saliva.
Agarro el teléfono.
Siento los dedos torpes.
Lo pongo en altavoz. Si es Samuel, estoy muerto.
—¿Hola? —mi voz suena más firme de lo que me siento.
—¿Doctor Campbell? Soy de la oficina del hospital. Disculpe la hora. Tiene unos registros en archivo que requieren su firma.
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Editado: 20.04.2026