SAMUEL
No sé en qué momento empezamos a correr.
Tal vez cuando la lluvia se volvió más intensa.
Tal vez cuando Jesse soltó una carcajada y salió disparado como si tuviera diez años menos y ningún problema encima.
Mi departamento queda a una cuadra. Una maldita cuadra del supermercado. Dos cuadras de su casa. No lo habíamos notado nunca.
Él corre adelante, el pelo pegado a la frente, la camisa blanca transparente contra la piel.
Se ve tan jodidamente sexy mojado y yo ahí, como un estúpido sin poder dejar de mirarlo y eso me hace pensar más de cuenta.
Se da vuelta mientras retrocede un par de pasos bajo la lluvia.
—Si me enfermo, vas a tener que hacerme certificado médico… aunque considerando que soy forense, creo que ya estoy un poco pasado de fecha.
Sonríe como si el chiste fuera brillante.
Es horrible.
Y aun así me río.
La lluvia le marca las ojeras. Oscuras.
Hundidas.
No las había visto así en la morgue. Ahí siempre parece invencible. Iluminado por luces frías y arrogancia.
Acá está cansado y aún así sonríe. No debería parecerme más atractivo por eso.
Llegamos al edificio empapados de pies a cabeza.
El ascensor tarda una eternidad y dejamos un rastro de agua en el piso.
Él no deja de hablar, de hacer comentarios absurdos sobre cómo claramente esto cuenta como ejercicio cardiovascular obligatorio. Cuando entramos al departamento, cierro la puerta con el hombro.
—Esperá —le digo—. Voy por toallas.
Entro al baño y abro el armario. Tardo más de lo necesario.
No sé por qué, tal vez para respirar. Cuando vuelvo… Se está sacando la camisa.
No lo hace para provocar , lo hace práctico , natural.
La tela mojada se despega de su piel y la deja caer en el suelo como si no fuera consciente del efecto que tiene.
Me detengo en seco.
El agua le recorre el pecho, baja por el abdomen.
Tiene marcas leves en la piel, sombras de días sin dormir.
No es perfecto.
No es una estatua.
Es real.
Demasiado real.
Levanta la vista y me encuentra mirándolo. Su imagen se graba en mi mente inevitablemente. No se apura , ni siquiera se cubre para que no lo mire.
Solo arquea una ceja.
—¿Qué? —dice—. Si me mirás así voy a empezar a cobrarte.
Ese maldito humor.
Sostengo las toallas con más fuerza de la necesaria.
—Solo veía tus ojeras —me sale decir.
Patético Samuel ¿no se te ocurre algo más elaborado ?
No es lo que quería decir.
Él se encoge de hombros.
—Es el glamour del turno nocturno. Camina hacia mí, descalzo, dejando huellas húmedas en el piso.
Toma una de las toallas de mis manos sin romper el contacto visual.
Está cerca ahora, demasiado cerca. Huele a lluvia y a vainilla , demasiado dulce.
Desde que lo conozco… no parece estar huyendo de nada.
No está jugando, simplemente esta ahí, frente a mí.
Y eso es mucho más peligroso que cualquier provocación.
En un momento mi ropa terminó en sus manos. Le lancé una remera seca sin mirarlo demasiado, tal vez cuando decidí que era más seguro verlo cubierto que recordarlo mojado.
La remera le queda enorme. Le cae hasta medio muslo. Las mangas le tapan casi los codos. El cuello se desliza apenas hacia un hombro. Y él se ríe. Se mira los brazos, se estira la tela hacia los costados como si fuera un vestido ridículo.
—No puede ser que esto te quede bien, Samuel —dice, señalando lo grande que le queda—. ¿Vos sos consciente del tamaño que usás o es parte de tu complejo de detective intimidante?
-Son para hacer ejercicio.
Me río, no puedo evitarlo.
Pero la risa se me apaga de golpe cuando caigo en algo muy simple.
No lleva nada más debajo.
La tela se mueve cuando camina. Demasiado ligera.
Demasiado… sola.
Lo miro. Él me mira. Y después baja la vista hacia su propio cuerpo, como si recién hiciera el cálculo.
—Ah… —dice, y su voz ya no suena tan despreocupada—. ¿Te molesta que me quede así? , mi pantalón se empapó...y ...
No lo dice provocando. Lo dice genuinamente.
Trago saliva.
—No pasa nada —respondo demasiado rápido y seco.
Me doy vuelta antes de que note lo que realmente pasa por mi cabeza y camino hacia la cocina.
Necesito distancia.
Aire.
Algo que no sea él.
Apoyo las manos en la mesada. Me paso la mano por la cara.
No pienses en eso. No pienses en la imagen de su piel húmeda desapareciendo bajo mi remera. No pienses en sus piernas desnudas bajo esa tela absurda. No pienses en cómo se dejó mirar sin esconderse.
Exhalo.
Desde el sillón escucho el crujido del cuero cuando se deja caer. Después su voz:
—Tu sofá es más cómodo de lo que parece. Lo cual me decepciona un poco. Esperaba algo más decorativo .
Siempre tiene un comentario listo. Incluso con ojeras marcadas, su cuerpo agotado y medio desnudo .
Asomo la cabeza desde la cocina. Está sentado con las piernas ligeramente abiertas, la remera cayendo entre ellas, el pelo todavía húmedo. Se frota los brazos para entrar en calor.
No parece estar actuando, ni seduciendo. Está simplemente cómodo.
En mi casa.
Con mi ropa.
Y eso me golpea más fuerte que cualquier provocación que haya hecho antes.
Vuelvo a mirar la mesada.
Me río bajo.
Estoy perdido.
Y ni siquiera sabe lo que me genera.
Dejo las toallas sobre la silla y voy hacia las bolsas del supermercado. Había comprado para hacer algo decente.
Algo caliente.
Algo que justificara haber corrido bajo la lluvia como dos idiotas.
Leche de coco. Jengibre fresco. Ajo. Un atado de espinaca. Zanahorias. Champiñones portobello. Curry en pasta. Fideos de arroz.
Una sopa tailandesa vegetariana improvisada.
Algo simple, efectiva y que pudiera hacerse mientras hablamos.
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Editado: 20.04.2026