JESSE
El reloj marca el mediodía cuando termino de transferir la última ficha.
Me arden los ojos.
La pantalla ya no es una superficie, es una niebla brillante que late frente a mí.
Me quedo quieto unos segundos, con los dedos suspendidos sobre el teclado, tratando de enfocar.
La puerta se abre.
Danthe entra como si el tiempo no existiera para él.
Mira la computadora, las carpetas digitales ordenadas.
Asiente apenas.
—Bien. Ahora falta lo importante.
Deja otras carpetas físicas sobre el escritorio. Se apoya a mi lado y mueve el mouse con naturalidad, como si estuviéramos en una oficina común, en una mañana cualquiera.
—Vas a clasificarlos.
Abre tres carpetas nuevas en el escritorio.
Los que van a morir pronto.
En evaluación.
Los que sirven.
Me quedo mirando los títulos.
No entiendo al principio. O no quiero entender.
—Tenés que revisar cada historial. Diagnósticos, antecedentes, estado físico, entorno familiar. Y separarlos.
Siento que algo se me enfría por dentro.
—¿Los que van a morir? —pregunto, sin apartar la vista de la pantalla.
—Sí.
—¿Pero?... ¿Qué significa eso?
Danthe me mira como si la respuesta fuera obvia.
—Se mueren...y punto.
La frase cae seca.
Definitiva.
Trago saliva.
—Pero… hay tiempo para ayudarlos. Muchos pueden mejorar, no tiene que ser asi.
Se acerca un paso.
Siento su presencia detrás de mí antes de verlo. Su mano se apoya en el respaldo de mi silla.
Se inclina lo suficiente para que su voz me roce el oído.
—No estamos hablando de pasientes , Jesse.
El frío en su tono es peor que el de la habitación.
—Estamos hablando de utilidad.
Mi estómago se contrae.
—Dejá de hacer preguntas —añade, casi en un susurro—. Y hacé tu trabajo.
Vuelvo la vista a la pantalla. Abro la primera ficha. Edad, patologías, dirección, contactos. Mis ojos recorren los datos automáticamente, como lo hice mil veces en el hospital.
Pero nunca así.
Nunca decidiendo en qué carpeta va una vida.
El cursor parpadea sobre el nombre del primer paciente.
Mis manos dudan un segundo. Después, muevo el archivo.
La ficha queda suspendida en la pantalla. Nombre. Edad. Diagnóstico tratable. Pronóstico reservado, pero no terminal. Hay margen.
Hay tiempo.
El cursor titila sobre la carpeta: “Los que van a morir pronto.”
No la muevo.
—Jesse.
La voz de Danthe suena detrás de mí.
—No.
La palabra sale sola.
Baja, pero firme.
—No va ahí.
Silencio.
Puedo sentirlo acercarse aunque no lo mire.
—¿Qué dijiste?
Trago saliva.
—No va a morir pronto, hay opciones, hay...ratamiento y ... seguimiento… no es—
La silla se mueve bruscamente hacia atrás.
No llego a reaccionar.
Una mano me toma del hombro y me tira. Caigo de costado contra el suelo de cemento. El impacto me saca el aire. Antes de que pueda incorporarme, me agarra del brazo y empieza a arrastrarme.
El piso está helado, áspero. Siento cómo el polvo y los restos de madera se me clavan en la piel. Mis talones chocan contra el cemento. Intento frenar con la otra mano, pero solo consigo rasparme los dedos.
—Danthe no...espera...
No me escucha.
O no le importa que es peor.
Me arrastra por el pasillo hasta otra habitación. El olor a humedad es más fuerte ahí. El suelo está sucio, manchado, con tierra acumulada en los bordes.
Mis rodillas golpean primero cuando me suelta.
El dolor es inmediato, punzante. Me quedo un segundo en el suelo, respirando agitado. Las rodillas me arden. Cuando bajo la vista veo la piel abierta, enrojecida, con polvo pegado a la sangre que empieza a salir. Los codos están igual, raspados. La remera tiene manchas grises y oscuras.
Paso una mano por mi cabeza y siento el pelo lleno de polvo.
Danthe me observa desde arriba.
—No estás acá para decidir quién merece tiempo —dice, frío—. Estás para clasificar.
Intento ponerme de pie.
Las piernas no responden , no sé si por el dolor o por la rabia.
El cemento está helado bajo mis pies descalzos.
Y por primera vez en mi vida , no me siento una persona . Me siento como algo que también podría ir en una carpeta.
Me quedo donde caí. No es una decisión heroica, es resistencia.
El cuerpo no me responde y el frío del cemento atraviesa la remera húmeda de sudor .
Intento apoyar las manos para incorporarme y los brazos me tiemblan.
No tengo fuerza.
Danthe no dice nada más.
No amenaza.
No remata la escena.
Simplemente se va.
Escucho sus pasos alejarse por el pasillo y después el silencio vuelve a cerrarse sobre mí como una tapa. Me quedo tirado en el suelo, respirando despacio porque si respiro hondo duele más.
Me siento ridículo.
Desarmado.
Cierro los ojos un momento.
Cuando los vuelvo a abrir, la luz que entra por una pequeña ventana alta es distinta.
Más naranja.
Más baja.
Giro la cabeza con esfuerzo hacia mi reloj.
18:07.
Las seis de la tarde.
¿En qué momento pasó el día? Anoche estaba en mi casa, con helado y el pelo mojado.
Ahora estoy en el piso de una bodega abandonada, raspado, sucio, clasificando personas como si fueran cosas.
Intento sentarme.
Lo logro a medias.
La espalda contra la pared fría.
Me quedo ahí, mirando la nada.
El cansancio no es solo físico.
Es algo más profundo.
Como si cada hora acá hubiera ido limando algo que no sabía que podía gastarse.
Una idea se instala clara en mi cabeza: Si no hago algo, esto no va a parar.
Y no sé cuánto más puedo aguantar.
Me incorporo como puedo. Cada movimiento duele, pero el dolor es mejor que quedarme quieto. Vuelvo al escritorio.
La computadora sigue encendida. El cursor parpadea como si nada hubiera pasado.
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Editado: 12.05.2026