Dulce y peligrosa obsesión

15.Fiebre

JESSE

Despierto con la sensación poco glamorosa de haber perdido una pelea contra mi propio volante. Mala señal.

La mejilla pegada.

El sol castigando sin delicadeza. Parpadeo lento.

Todo me pesa.

Más de lo normal.

Intento moverme, no puedo.

Bajo la mirada... esposas.

La piel alrededor está roja… y algo más. Ardor.

Como si no fuera la primera vez que hoy me atan a algo.

Respiro despacio.

El último recuerdo es una aguja entrando en mi brazo y una voz baja

recordandome que siempre hay que tener una buena explicación en este tipo de casos.

Obviamente no tengo una que se pueda decir tan fácilmente.

Trago saliva.

Estoy en mi auto, en medio de la nada.

Perfecto.

Intento incorporarme y el mundo se inclina apenas.

Me mareo.

El cuerpo todavía no me responde del todo.

Droga fuerte... logística eficiente.

—Bueno… —murmuro—. Esto es nuevo.

Miro alrededor.

Campo.

Asfalto.

Silencio.

Y mi celular, apoyado prolijo sobre el tablero.

Claro. No me dejó tirado. Me dejó… estratégicamente colocado.

Sonrío, aunque me arde el cuello cuando lo hago. Hay una sola persona a la que puedo llamar... Samuel.

El tono empieza a sonar mientras apoyo la cabeza contra el respaldo. No me siento una víctima.

Me siento… en problemas.

Y curiosamente, sigo siendo yo.

SAMUEL

Pasé toda la noche trabajando.

Robo en un banco, con rehenes.

Los informes y declaraciones que no terminaban nunca.

Cuando levanté la vista del último formulario, ya era de día.

Y yo seguía pensando en él.

No fui a su casa.

No pude.

Cada vez que intentaba salir, algo más me retenía en la comisaría. Trabajo.

Responsabilidad.

Excusas.

Ahora voy manejando hacia el medio de la nada una dirección que no recuerdo haber usado nunca. Eso ya me pone en alerta.

Jesse llamó.

Solo eso.

No explicó nada, no pidió ayuda, no sonó alterado.

Y eso, es justamente lo que me preocupa.

Cuando Jesse anda en algo raro, nunca es directamente malo… pero siempre termina siendo peligroso. El camino se vuelve cada vez más desierto.

Calles mal asfaltadas, galpones cerrados, carteles viejos que ya no anuncian nada. Un lugar que la ciudad decidió olvidar sin hacer demasiado ruido.

Entro a un estacionamiento enorme y vacío.

Parece sacado de una película apocalíptica.

Y ahí está.

El auto de Jesse, estacionado en el medio, como si alguien lo hubiera dejado a propósito para que se viera desde cualquier ángulo.

No hay nadie más. No hay movimiento. Demasiado silencio. Estaciono a unos metros, apago el motor y saco el arma antes de bajar.

No me gusta el escenario y definitivamente no me gusta la sensación en el pecho.

Me inquieta que Jesse no haya vuelto a llamar.

Avanzo despacio, atento.

Me acerco al auto y lo veo a través del parabrisas.

Jesse.

Parece inconciente.

Me inclino un poco más… y entonces lo noto.

Está esposado al volante.

—Curioso… —murmuro.

Abro la puerta del conductor con cuidado.

El arma sigue en mi mano.

Me acerco un poco más y lo llamo en voz baja.

—Jesse. Nada. —Jesse.

Esta vez se mueve.

Parpadea, se estira apenas y se despierta como quien sale de una siesta placentera, sin sobresaltos, sin urgencia, como si no estuviera esposado en medio de la nada. Frunzo el ceño.

—Vas a tener que darme una muy buena explicación —le digo.

Jesse me mira, me reconoce y sonríe.

Sonríe.

—Yo también me alegro de verte —dice, con ese tono simpático y encantador que usa cuando está metido hasta el cuello.

Lo observo unos segundos más, sin bajar la guardia.

Esto no es normal.

Y Jesse lo sabe.

...

Ahora estamos sentados a la sombra de lo que alguna vez fue un almacén.

La fachada está descascarada, las ventanas rotas, el cartel torcido colgando de un solo tornillo. Desde acá miramos cómo la grúa se prepara para llevarse el auto de Jesse, como si esta escena no fuera completamente absurda. Llamé en cuanto vi la rueda. Pinchada.

Convenientemente pinchada. Demasiado limpia para ser un accidente.

Jesse está sentado a mi lado.

Se ve terrible.

El pelo desordenado, la remera llena de polvo, arrugada, como si alguien lo hubiera revolcado por el suelo antes de dejarlo ahí.

Tiene la cara cansada, ojeras marcadas… y aun así, está inquietantemente tranquilo. Demasiado tranquilo.

Saca de algún lugar una barra de chocolate completamente derretida, la sostiene con el envoltorio doblado y le da un mordisco como si fuera el mejor momento del día. El chocolate se le pega en los dedos. No parece importarle. Lo miro de reojo.

—¿Querés? —me ofrece, levantando el envoltorio pegajoso.

No respondo, solo miro al frente.

La grúa engancha el auto. El metal cruje. Jesse ni siquiera gira la cabeza.

—No sé qué pasó —dice finalmente, después de otro mordisco—. Tengo partes en blanco.

Lo dice liviano.

Casi divertido.

Como si estuviera hablando de haber perdido las llaves.

Lo observo con atención. No está actuando nervioso. No está inventando sobre la marcha.

Está… midiendo.

—¿En blanco? —repito.

Se encoge de hombros.

—Supongo que me excedí con algo.

No le creo.

No del todo.

Jesse puede mentir, pero no suele hacerlo sin ironía.

Y ahora no hay ironía, solo una calma que no encaja.

El viento mueve polvo frente a nosotros. El lugar sigue pareciendo abandonado por Dios y por la ley.

Miro sus muñecas.

Las marcas de las esposas , mis esposas -las que dejé en su auto aquel día- todavía están rojas.

No fue un juego.

Vuelvo la vista hacia la grúa.

—Después vamos a hablar de esto —le digo.

Jesse sonríe otra vez, más pequeño esta vez.




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