SAMUEL
Salí a comprar verduras como si el destino del mundo dependiera de esa sopa.
Zanahoria, apio, cebolla.
Algo liviano,que le devuelva el color a ese desastre hermoso que dejé en mi cama ardiendo de fiebre. Mientras el verdulero pesaba los tomates, llamé al hombre que le vendió la camioneta a Danthe.
—Sí, claro que lo recuerdo —me dijo—. Pagó en efectivo. Pero mire de reojo su documento y su apellido no era con el que firmó … este era ...Weber .
Me quedé quieto en medio de la vereda.
¿Lennox no es su verdadero apellido?
Abro la información en mi teléfono otra vez , busco el nombre del hombre que denunció a la fábrica. El que “murió” en un accidente demasiado conveniente y ahí está , Homar Weber.
Ese hombre era su padre.
No era un capricho.
No era un alias al azar.
Danthe estaba ocultando algo más grande.
Algo viejo, que olía a venganza. Corté y volví al departamento con la bolsa en la mano y la cabeza trabajando a mil.
Apenas cerré la puerta, dejé todo sobre la mesada.
—Jesse —lo llamé mientras me sacaba la campera—. ¿Cómo estás?
Silencio.
Fruncí el ceño y caminé hasta la habitación.
La cama estaba vacía.
Las sábanas revueltas, todavía tibias.
El corazón me dio un golpe seco.
—Jesse…
Miré el baño.
Nada.
El living.
Y entonces lo vi.
Un bulto en el piso, del otro lado del sillón.
Di la vuelta rápido, ya imaginando lo peor.
Y ahí estaba.
Sentado en el suelo, envuelto como un rollito humano en una frazada, con el pelo desordenado, las mejillas coloradas… y un pote de dulce de leche entre las manos. Metiendo la cuchara con total concentración.
Me quedé mirándolo unos segundos, procesando la escena.
—Jesse… ¿pero qué? —dije, más enojado de lo que pretendía.
Él levantó la vista despacio, con la cuchara en la boca, y me sonrió. Una sonrisa culpable.
Infantil.
Desarmante.
Sentí el impulso de retarlo… y otro, más fuerte, de abrazarlo.
Me agaché frente a él.
—¿Te volviste completamente loco o la fiebre te terminó de freír el cerebro?
No respondió.
Solo extendió el pote como si me estuviera ofreciendo un tesoro. Suspiré y apoyé la mano en su frente.
Sigue caliente.
—Todavía tenés fiebre.
—El dulce de leche es medicinal —murmuró, con voz ronca.
Lo miré fijo.
—Claro, lo receta la Organización Mundial de Golosos.
Él soltó una risita que terminó en tos. Automáticamente le acomodé la frazada mejor alrededor de los hombros.
Está ardiendo… y aun así encuentra energía para esto.
—Te dejo quince minutos solo para comprar verduras y armás un picnic clandestino en el piso.
—La cama estaba muy lejos —dijo, solemne.
Lo observo.
Vulnerable.
Con los labios manchados de dulce y los ojos brillantes por la fiebre. Y, pese a todo lo que acabo de descubrir sobre Danthe… pese a la sombra que empieza a tomar forma en mi cabeza… En este momento, lo único que importa es que no vuelva a desmayarse en el suelo.
Le saco el pote con suavidad.
—Se acabó el postre ilegal. Vas a volver a la cama.
—No quiero… —No es una democracia.
Paso un brazo por detrás de su espalda y otro por debajo de sus rodillas. Está más liviano de lo que me gustaría. Se aferra a mi camisa. Y por un segundo, mientras lo levanto, siento algo que no quiero analizar demasiado.
Miedo.
Porque la fiebre es lo de menos.
Y tengo la sospecha de que lo que viene… va a quemar mucho más que esto.
—Te voy a hacer una sopa —le digo, todavía con ese enojo que uso cuando en realidad estoy preocupado.
—No voy a tomar sopa —responde sin dudar—. Odio eso.
Lo miro y parpadeo.
—Jesse, estás enfermo.
—Estoy bien —dice, cruzándose más la frazada como si eso reforzara su argumento.
Apoyo la mano otra vez en su frente.
—Estás ardiendo, Jesse.
Y no exagero. Tiene la piel caliente, los ojos brillosos, las mejillas rojas… y aun así me sostiene la mirada con una terquedad absurda. Se ve enojado.
Y adorable.
Es ridículo.
Por un momento se me olvida que el hombre frente a mí es mayor que yo, que es médico forense y que tiene años de experiencia viendo cosas que harían temblar a cualquiera.
Que puede hablar con una calma quirúrgica sobre la muerte mientras yo todavía estoy procesando la información.
Ahora mismo parece un niño caprichoso al que le quieren dar verduras.
—La sopa no me gusta —insiste, frunciendo el ceño.
—No tiene que gustarte, tiene que curarte.
—No estoy enfermo.
Lo miro fijo.
—Hace veinte minutos estabas sentado en el piso, envuelto como un tamal humano, comiendo dulce de leche como si fuera antibiótico. Se queda en silencio.
—Eso fue… estratégico.
Cierro los ojos un segundo para no reírme.
No puedo creer que esta sea la misma persona que, hace nada, me estaba explicando con precisión científica la causa de muerte de un cuerpo en descomposición.
Ahora está haciendo puchero.
Me paso la mano por el cabello y respiro.
—Jesse. —¿Qué? —Voy a hacer la sopa.
—No la voy a tomar.
Me acerco un poco más.
—Sí la vas a tomar.
Me observa con desafío, pero su mirada no tiene fuerza real. Está agotado. Lo veo en cómo parpadea más lento, en cómo se le aflojan los hombros.
Suspira.
Y en ese suspiro se le va la mitad de la pelea.
Lo ayudo a ponerse de pie. Se tambalea apenas, y automáticamente lo sostengo por la cintura.
—Ves —murmuro—. No estás bien.
—Estoy perfectamente funcional.
—Acabas de perder contra la gravedad.
Lo llevo hasta la cama y lo siento con cuidado. Se deja caer sin resistencia esta vez. Lo miro un momento más. Y, otra vez, me sorprende esa contradicción. Es un profesional brillante. Frío cuando hace falta. Capaz de enfrentarse a la muerte sin pestañear. Y sin embargo… enfermo, con fiebre, parece un niño al que tengo que convencer de comer verduras. Niega con la cabeza mientras me alejo hacia la cocina.
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Editado: 12.05.2026