Dulce y peligrosa obsesión

17.Derritiendo posibilidades.

JESSE

La puerta de mi departamento hace ese ruido irritante cuando la empujo.

Nada cambió.

Y al mismo tiempo, todo cambió.

El helado sigue sobre la mesa. Derretido. El envase inclinado, una línea pegajosa bajando por la madera hasta gotear en el suelo. Como si el tiempo se hubiera quedado exactamente en el momento en que Danthe me agarró del brazo y me arrastró casi sin explicaciones.

Casi.

Respiro hondo.

El aire todavía huele dulce.

Ridículo.

Camino hacia la mesa y toco el envase. Está tibio.

—Genial —murmuro—. Tragedias modernas.

Cierro los ojos un segundo y la imagen vuelve sola.

La señora. Su voz temblando. La forma en que me miró antes de que él la interrumpiera.

La manera en que él apretó mi brazo un poco más fuerte de lo necesario.

No.

No puedo confiar en Danthe.

Y esa certeza ya no es instinto.

Es evidencia.

Tomo impulso.

Voy hacia la puerta decidido. Tengo que averiguar cómo murió esa señora.

Pongo la mano en el picaporte. Listo.

Y entonces bajo la mirada. Descalzo.

Levanto la vista un poco más. La remera enorme de Samuel colgándome como si me hubiera escapado de su placard en medio de la noche.

Bajo más.

El pantalón rasgado en las rodillas, vendajes asomando. Me quedo quieto. Parpadeo. Y después me río.

—Sí, claro.

Imagen de investigador serio.

Me paso una mano por el cabello. Estoy despeinado y ojeroso. Probablemente todavía con cara de fiebre reciente.

—Perfecto, Jesse. Andá así,seguro nadie sospecha nada.

Suelto el picaporte.

Prioridades. Primero: ducha. Segundo: ropa que no parezca evidencia de secuestro.

Tercero: respuestas.

Camino hacia el baño y, antes de cerrar la puerta, miro de reojo el helado derretido otra vez.

Algo en mi pecho se ajusta. Samuel.

Su mano soltándome.

Su silencio.

Sacudo la cabeza.

No.

Esto es lo mejor aunque ahora me este odiando.

Abro la ducha. El agua cae y el vapor empieza a llenar el espacio.

—Investigar después de no morir —murmuro—. Buen plan.

Me meto bajo el agua.

Y por un segundo, muy corto, me permito dejar de sonreír.

La ducha ayuda.

No con las ideas.

Con el pulso.

El vapor empaña el espejo y me obliga a pensar sin distraerme con mi propia cara.

La señora está muerta.

Eso ya no es una sospecha dramática.

Una mujer mayor, asustada. Dispuesta a denunciar algo relacionado con una fábrica, un químico, una historia que ya terminó con un muerto hace tres años.

No duran mucho las personas así. Si la mataron por querer denunciar… el cuerpo tiene que hablar.

Siempre habla.

El problema es cuando lo silencian. Apoyo las manos en la pared y bajo la cabeza bajo el agua.

Si el cadáver llegó a la policía, alguien tuvo que hacerle la autopsia.

Y si alguien la hizo mal… o la maquilló… igual quedan rastros. Hematomas internos. Tiempo real de muerte. Residuos químicos en tejidos. Microlesiones que no coinciden con la causa declarada. Es mi especialidad.

Los cuerpos mienten menos que los vivos.

Cierro el agua.

Me seco rápido, ya vestido con ropa normal.

Zapatos esta vez para variar. Mucho más digno.

Voy hasta el celular.

Necesito su nombre.

Abro los archivos que me auto envié aquella noche, cuando Danthe me tuvo encerrado en el galpón. Fotos. Listas incompletas. Transferencias. Nombres de empleados. Fechas. Pero no está ella.

No hay ficha. No hay denuncia formal. No hay registro. Nada. Me quedo quieto. No me acuerdo de su nombre.

Recuerdo su voz, el temblor en sus manos, la mancha de café en su blusa.

Pero no su nombre.

—Genial —murmuro—. Memoria selectiva en el peor momento.

Si murió oficialmente, debería estar en el sistema. Aunque sea como NN. Aunque sea como “muerte natural”. Aunque sea archivada en una morgue de hospital público. Pero sin nombre… Necesito un punto de partida.

Me siento.

Pienso.

Danthe me llevó al galpón. Abandonado.

Con archivos físicos.

No digitales.

Carpetas.

Papeles.

Él no confía en los sistemas.

Confía en lo que puede quemar.

Si ella denunció algo antes de morir… si hubo un borrador, una declaración, una amenaza… Puede estar ahí.

O puede estar algo peor.

Respiro lento.

Volver al galpón es una pésima idea.

Es territorio de él.

Pero también es donde cometió el error de mostrarme demasiado.

Se cree intocable e invisible.

Sonrío apenas.

Nadie es invisible frente a un forense con tiempo y paciencia. Miro el departamento un segundo antes de salir.

—Bueno —murmuro—. Si voy a hacer algo estúpido, al menos que sea productivo.

Cierro la puerta.

Y esta vez, no estoy huyendo.

Estoy buscando un cuerpo que tal vez ya no exista.

Pero si existió… Va a dejar huella.

Y yo sé exactamente dónde mirar. Cierro la puerta detrás de mí y el clic suena demasiado fuerte.

Como si el departamento estuviera diciendo: no seas idiota.

Me meto las manos en los bolsillos y bajo el primer tramo de escaleras. Estoy bien.

Un poco débil.

Normal.

Dos días en un galpón congelado, un día con fiebre que probablemente rozó lo ilegal.

Nada que un chocolate no solucione.

Las escaleras del edificio siempre crujen.

Nunca me molestaron.

Hoy cada paso retumba en la cabeza como si estuviera bajando dentro de un tambor.

No es nada me vuelvo a decir .

Dos días sin dormir bien.

Fiebre.

Deshidratación.

El cuerpo exagera.

El primer tramo va bien.

El segundo también.

Me siento casi competente.

Casi.

En el tercero, la rodilla me recuerda que existo.




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