JESSE
“Si te ama, vuelve.”
“El amor verdadero siempre encuentra el camino.”
“Las almas destinadas jamás se pierden.”
Claro.
Seguro.
Estoy mirando redes sociales como si fuera un castigo autoimpuesto.
Deslizo el dedo.
Frases cursis.
Me río irónicamente mientras abro otro paquete de gomitas.
Tiburones esta vez.
Antes fueron de frutas. Después de colores radioactivos. Después de menta.
No importa cuántas coma, este sabor amargo no se va de mi boca.
—Diez paquetes de gomitas —murmuro.
Estoy sentado en el inodoro de un baño al que nadie va, en el ala oeste del hospital.
La luz parpadea.
El extractor suena como si estuviera muriendo lentamente.
Es perfecto.
Nadie me busca acá.
Pienso en Samuel.
Una semana y no se nada de él, bueno si ,me ha llamado,pero no puedo contestarle , no voy a arrastrarlo a esto.
Otro post cursi.
Otra frase barata sobre el destino.
Bloqueo el celular.
Lo dejo caer sobre mi regazo.
Miro el paquete vacío en el suelo.
Después otro y otro.
Qué ironía.
Soy médico forense.
Veo cuerpos abiertos, verdades que nadie quiere mirar.
Y aun así no puedo entender que me pasa con Samuel, porque siento este nudo en la garganta cada vez que pienso en lo que paso .
Me llevo la mano a la boca.
No es azúcar lo que siento.
Es él.
Y eso sí que no se quita con nada.
Más y más cursilerías.
“Si duele, es amor.”
“El amor exige valentía.”
“Las historias intensas nunca terminan bien.”
—Ah, gracias algoritmo —murmuro.
Bloqueo el teléfono y apoyo la cabeza contra la pared fría del cubículo.
Cierro los ojos unos segundos.
Es tan fácil meterse en problemas. Una sonrisa equivocada. Una decisión impulsiva. Un “no me importa” dicho en el momento justo.
Lo difícil es mantener al margen a un detective insistente.
Todo por su bien.
Me quedo mirando el techo manchado, siguiendo con la vista una grieta que atraviesa la pintura.
Pienso en lo sencillo que sería dejarlo entrar del todo. En lo peligroso que sería.
Golpean la puerta.
Enderezo la cabeza.
Ni ocultarse del mundo lo dejan a uno, pienso, y se me escapa una sonrisa cansada.
Abro la puerta del cubículo.
Afuera está Samuel.
—¿Pero qué…? —alcanzo a decir.
No responde.
Entra.
Retrocedo un paso.
El espacio es ridículamente reducido.
La puerta se cierra detrás de él con un clic seco.
Y el aire cambia por completo.
—Samuel… me parece que este no es un buen lugar para conversar.
Me mira.
Esa mirada que no es del todo profesional. Ni del todo segura.
Tiene algo más oscuro.
Más decidido.
—¿Quién dijo que quería conversar? —responde, con una sonrisa extraña. Se saca la corbata lentamente. Parpadeo.
—Bueno… eso reduce opciones —bromeo.
Pero mi voz no sale tan firme como esperaba. Samuel no se apresura.
Dobla la corbata con una calma casi irritante.
Sus ojos no se apartan de los míos ni un segundo.
—Te estuve buscando, Jesse.
—Trabajo en un hospital, no soy exactamente difícil de localizar.
—No en el hospital.
Silencio.
El baño parece encogerse.
Mi espalda toca la pared fría.
Él está demasiado cerca.
No me toca... todavía.
—Te alejaste —dice finalmente.
Lo dice sin reproche. Eso es lo peor.
—Te mantuve al margen.
—No te lo pedí.
Ahí está. Ese tono.
Ese que me desarma más que cualquier gesto físico.
—Es por tu bien.
Samuel suelta una pequeña risa sin humor.
—No tomes decisiones por mí Jesse.
Sus dedos rozan mi muñeca apenas.
No es un agarre. Es una advertencia suave. Un recuerdo.
Mi pulso traicionero se acelera.
—No sos el único que sabe investigar —agrega en voz baja—. ¿De verdad pensaste que no iba a notar que estabas comiendo diez paquetes de gomitas en un baño abandonado?
—Once con esta —corrijo automáticamente.
Samuel baja la mirada un segundo, y cuando vuelve a alzarla hay algo distinto.
Más vulnerable.
—No me mantengas afuera para protegerme —dice—. Si hay problemas… quiero estar a tu lado .
El silencio ahora pesa distinto.
No es tensión eléctrica.
Es algo más profundo.
Trago saliva.
El sabor amargo sigue ahí, recordando me porque me aparte .
—No se puede, Samuel —digo firme—. Ahora dejame pasar y hagamos como que nunca nos conocimos.
Lo veo cambiar.
Es sutil, pero lo conozco demasiado bien. Esas palabras no le gustaron . No le gustó nada. Da un paso.
Uno solo es suficiente.
Arrincona mi cuerpo contra la pared fría del cubículo. El espacio se reduce a su respiración y la mía.
—No voy a desaparecer tan fácilmente —dice, y empieza a desabrocharse la camisa.
Mi cerebro grita que no mire, pero él nunca gana.
La tela cae abierta, dejando ver la línea marcada de su torso, la tensión contenida en sus hombros. Demasiado cerca.
Demasiado él.
—Samuel… —intento, pero la voz se me quiebra apenas.
Él lo nota.
—¿Lo ves? —susurra, inclinándose apenas hacia mí—. Esto te gusta.
Odio que tenga razón.
Antes de que pueda reaccionar, siento la presión en mis muñecas.
Rápido y preciso.
Las ata detrás de mi espalda. No fuerte. No doloroso. Lo suficiente para que no me escape.
Mi respiración cambia.
—Estás cruzando una línea —murmuro.
—Vos la cruzaste cuando decidiste sacarme de tu vida sin preguntarme.
Su frente casi roza la mía.
No me besa.
Y eso es peor.
—No estoy jugando, Samuel.
—Yo tampoco.
Su voz ya no tiene ironía.
Tiene algo más crudo.
#6040 en Novela romántica
#658 en Detective
#98 en Novela policíaca
triángulo amoroso y sentimientos fuertes, tensionsexual, bl chicoxchico
Editado: 25.05.2026