JESSE
Su voz.
Danthe.
Me giro de inmediato.
Furioso.
—¿Por qué me mentiste?
Él no responde.
Solo me observa. Demasiado tranquilo.
—La señora no fue asesinada. Murió de insuficiencia cardíaca, le hicieron autopsia, completa... no había nada.
Silencio.
—Me dijiste que la silenciaron.
Nada.
—¿Por qué?
Su mirada no cambia.
—¿Por qué me buscaste? —continúo—. ¿Por qué apareciste hace tres años? ¿Por qué me llevás a lugares como este? ¿Por qué me hacés revisar archivos? ¿Por qué me mentís?
Ni un músculo.
—¿Qué querés de mí?
El eco de mi propia voz baja vibra entre las paredes.
Él da un paso más cerca.
Yo no retrocedo.
—¿Es un experimento? ¿Una prueba? ¿Estoy en algún juego que no me avisaste que estaba jugando?
Nada.
Sigo.
—¿Tu padre? ¿Es por eso? ¿Creés que yo puedo encontrar algo que otros no? ¿O solo soy conveniente?
El silencio empieza a irritarme más que cualquier respuesta.
—Decí algo —exijo en voz baja.
Me mira.
Inclina apenas la cabeza.
Y sonríe apenas.
Controlado.
—Porque sí.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Porque sí.
Nada más.
Me agarro la frente con la mano. —No sos una persona normal para conversar —murmuro.
Él no parece ofendido.
Solo atento.
Desde la rendija lateral vemos movimiento. Markus y los otros salen del galpón. Se suben a un auto oscuro y se van.
Danthe observa sin inmutarse.
Yo sonrío apenas.
—Bueno… tan bien no te va —digo bajo—.Parece que tu gente tiene agenda propia.
Él no gira la cabeza hacia mí.
—Markus sobreestima su inteligencia.
—¿Y vos? -pregunto.
Ahora sí me mira.
—Yo no.
El galpón vuelve a quedar vacío y silencioso.
Pero esta vez no me siento pieza. Me siento dentro del tablero.
Y lo peor es que… No sé si estoy jugando en su equipo. O si soy la próxima jugada.
Sigue demasiado tranquilo.
Eso es lo que más irrita. Como si mi lista de reproches hubiera sido una conversación sobre el clima. Danthe se gira y empieza a caminar hacia la salida del galpón.
Sin prisa y sin explicaciones.
Me quedo donde estoy.
—¿A dónde vas? —pregunto.
Ni siquiera suena desafiante. Suena… cansado.
Me mira de reojo.
—Me voy.
Así.
Como si estuviéramos en un café y ya hubiera terminado su taza. Aprieto la mandíbula. Lo observo caminar.
No hay tensión en sus hombros. No hay rabia. No hay nada que delate que hace minutos lo estaba acusando de manipulación.
Pienso rápido en muchas cosas.
¿No va a hacer nada ilegal ahora, delante mío? ¿ni siquiera después de saber que hablé con un forense ? ¿No me va a obligar a hacer nada?
Llega a la puerta.
La abre.
El aire frío entra en el galpón.
Se detiene apenas, sin darse vuelta del todo.
—¿Te llevo? Tan casual que da asco.
Lo miro fijo.
Después de lo que me hizo, de mentirme, de arrastrarme la otra noche.
Soy un estúpido.
No tendría que aceptar o no debería.
Saco el teléfono del bolsillo,sin señal. Miro la esquina superior de la pantalla como si fuera a cambiar por arte de magia.
Nada.
Perfecto.
Miro la calle a través de la puerta abierta.
Vacía y oscura.
Vuelvo a mirarlo a él.
Está apoyado contra el marco, esperándome.
Sin insistir.
Sin presionar.
Como si la decisión fuera completamente mía.
Eso es lo que hace siempre.
Te empuja.
Pero parece que sos vos el que decide.
Camino hacia la salida.
—Solo hasta la avenida —digo.
Como si no acabara de mentirme en la cara hace diez minutos.
Paso a su lado.
El auto está estacionado a unos metros.
Siempre listo.
Abre la puerta del acompañante.
Ese gesto mínimo me irrita más de lo que debería.
El interior huele igual que siempre.
Limpio.
Ordenado.
Sin rastros de nada.
Cierra la puerta y rodea el auto.
Se sienta al volante en silencio y arranca.
Miro por la ventana.
—No vuelvas a mentirme con algo así —digo finalmente.
No me mira.
—No te mentí.
Suelto una risa seca.
—Claro.
—Te dije lo que necesitabas escuchar.
Eso me hace girar la cabeza hacia él.
—¿Y eso quién lo decide?
Ahora sí me mira. Un segundo.
—Yo.
El auto sigue avanzando.
Y por más que me diga que tengo el control… Por más que haya aceptado subir porque no tenía señal… Hay algo que no puedo ignorar.
Siempre termino en su auto siguiendo su ruta. Y con Danthe… Nunca es solo un viaje.
...
La carretera está casi vacía.
Las luces pasan intermitentes sobre el parabrisas.
El motor suena estable. Demasiado estable para la cantidad de cosas que no lo están.
No hablamos.
Hasta que él lo hace.
—¿Qué sabe tu noviecito el policía de esto?
Lo dice como si estuviera preguntando la hora.
No lo miro.
—No es mi novio.
—Mhm.
—Y no sabe nada.
Silencio breve.
El motor baja de revoluciones.
Y de pronto frena en seco.
El cinturón me tira hacia adelante. Antes de que pueda reaccionar, su mano agarra mi camisa y me jala hacia él.
Rápido.
Luego mi espalda golpea la puerta.
Su rostro queda a centímetros.
—No me gustan las mentiras, Jesse.
Su tono no es alto.
Es frío.
Eso es peor.
—No te estoy mintiendo —respondo, sosteniéndole la mirada -y podría decir lo mismo.
Su mano baja.
A mi cintura, luego a mi pierna.
Lenta.
Precisa.
—Te puedo sacar la verdad… —dice, apenas inclinado hacia mi oído— de otras maneras.
No aparto la vista.
No le voy a dar eso.
Está demasiado cerca.
Puedo sentir su respiración.
El calor.
El control.
Y justo cuando el aire se vuelve demasiado denso— Suena su teléfono.
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Editado: 25.05.2026