Dulce y peligrosa obsesión

20.Esa palabra... amor.

SAMUEL

Me llevo la mano a la frente.

Jesse ,¿ porque siempre estás donde no tenes que estar ? .

Me hago esa pregunta en mi mente como si él me la pudiera responder.

El aire dentro de la camioneta se vuelve insuficiente de repente. Siento cómo todo se tensa, como si alguien hubiera estirado un cable invisible dentro de mi pecho.

La voz de Álvarez vuelve, entrecortada pero firme.

—Parece que no llegaron a un acuerdo… se están levantando… esto se ve mal.

Ya no escucho el resto con claridad. Solo el latido en mis oídos.

—Prepárense —ordeno, desenfundando el arma.

Los demás me imitan. El clic metálico suena sincronizado. Profesional.

Pero yo no estoy profesional.

Estoy al borde.

—Están discutiendo… —dice Álvarez— uno de la pandilla sacó su arma… están forcejeando.

—Álvarez, tienes que proteger a ese joven —mi voz sale más urgente de lo que debería—. Él no está ahí por su voluntad.

Un segundo de silencio.

—Entendido.

Abro la puerta de la camioneta.

—¡Vamos!

Corremos.

Mis botas golpean el asfalto mientras la distancia parece eterna. Estoy demasiado consciente de cada pensamiento que cruza mi mente.

No debía dejarlo solo.

No debí hablarle así.

No debí asumir que estaba a salvo. Entonces suenan los disparos. Secos.

Cercanos.

El corazón se me detiene un instante y luego arranca con violencia.

—¡Álvarez! ¿Qué está pasando? —pregunto mientras acelero el paso.

—¡Todo se descontroló! ¡Hay mucha gente!

Gritos.

Cristales rompiéndose.

El caos tiene sonido, y lo estoy escuchando de frente.

Empujo la puerta del antro con el arma al frente. El interior es humo, luces parpadeando, gente tirándose al suelo, otros corriendo hacia la salida.

Y lo primero que veo es a Álvarez apoyado contra la barra, apretándose el hombro ensangrentado.

—Me dieron —dice, respirando agitado— pero no es grave.

Es el hombro.

Lo reviso en un segundo.

No es mortal.

Gracias a Dios.

—¿Dónde están? —pregunto, mirando alrededor desesperadamente.

Busco ese cabello que reconozco incluso en mis peores pesadillas.

No está.

Álvarez aprieta los dientes.

—Se los llevaron.

El mundo se detiene.

—¿Quiénes?

—Otros dos tipos. Llegaron por atrás cuando empezó el tiroteo. Fue organizado… cubrieron la salida trasera. Sacaron a la fuerza al hombre… y al joven.

Siento un frío que me recorre completo.

No fue improvisado.

Fue planeado.

—¿Jesse estaba consciente? —pregunto, aunque temo la respuesta.

Álvarez duda.

—Estaba… desorientado. Apenas reaccionó cuando lo agarraron. El hombre que estaba con él no opuso resistencia. Fue como si ya supiera que eso iba a pasar.

Danthe.

Aprieto el arma hasta que me duelen los dedos. La culpa es un peso físico ahora.

Me aplasta el pecho. Yo estaba a dos cuadras. Dos. Y no llegué a tiempo. Miro la salida trasera. La puerta balanceándose todavía. No es solo un testigo ahora. No es solo alguien metido en algo que no entiende.

Se lo llevaron.

Y esta vez no tengo la seguridad de que pueda protegerlo.

No como debería haberlo hecho desde el principio.

...

JESSE

...

Lo primero que siento es el dolor. No es punzante.

Es pesado.

Como si alguien me hubiera llenado la cabeza de cemento y después la hubiera sacudido.

Intento moverme y el mundo se inclina ligeramente.

No estoy en el antro.

No hay luces de neón ni música. Solo el ruido constante de un motor y el movimiento rítmico de un auto en marcha.

Parpadeo.

El asiento vibra bajo mi espalda. Estoy en la parte trasera.

—Pero qué… —murmuro, llevándome la mano a la frente.

No llega muy lejos.

Tengo las muñecas atadas con un precinto.

Genial, esto, ya es algo cotidiano en mi vida.

—Ah… despertaste —dice una voz a mi lado.

Giro la cabeza lentamente.

Markus.

Sonríe como si esto fuera una reunión casual de domingo.

Mi estómago se hunde.

—¿Y Danthe? —pregunto, obligando a mi voz a sonar estable.

Markus ladea la cabeza, divertido.

—¿Tu novio ? —dice con un tono extraño—. No te va a venir a rescatar.

Hay algo en la forma en que lo dice que me hace entender algo peor que el dolor de cabeza.

Danthe no era lo peor.

Era el filtro.

Trago saliva.

El auto toma una curva.

Mis manos intentan tensarse, pero el plástico corta la circulación. Evalúo puertas, ventanas, velocidad.

No es buena combinación.

Si voy a estar atado en un auto con un psicópata, al menos puedo elegir cómo pasar el tiempo.

Sonrío apenas.

—¿Novio? —respondo con una mueca—. Si ese era tu plan para impresionarme, vas tarde.Él al menos sabía cómo hacer que esto pareciera profesional. Tú pareces el reemplazo barato.

Silencio.

Puedo sentir cómo el aire cambia. Markus deja de sonreír.

Se acerca despacio.

Demasiado despacio.

Antes de que pueda apartarme, me agarra fuerte de la cara. Sus dedos se clavan en mi mandíbula, obligándome a mirarlo.

—Medi tus palabras —dice, ya sin rastro de diversión.

Su rostro está a centímetros del mío.

Su aroma es degradable.

No aparto la mirada.

Me duele la cabeza y las muñecas.

Estoy atado en un auto rumbo a quién sabe dónde.

Pero si algo he aprendido es que el miedo es un lujo que no puedo mostrar.

—¿Te molestó? —murmuro, con dificultad por la presión en mi mandíbula—. Entonces sí era una buena observación.

Su agarre se intensifica un segundo más.

Y en ese instante entiendo perfectamente que Danthe controlaba todo.

Markus no.

Y eso es mucho más peligroso.

No debería seguir hablando.

Lo sé.

La situación, objetivamente, es terrible.

Pero el silencio me asfixia más que el dolor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.