Dulce y peligrosa obsesión

21. Caos en la oscuridad.

JESSE

No sé en qué momento me desmayé.

Recuerdo el traqueteo de la camioneta, el dolor pulsando en la cara, las manos dormidas por las ataduras… y después nada.

Un apagón espeso, casi amable. Hasta que el frío me atraviesa.

Agua helada.

Directo en la cara, en el pecho.

El golpe térmico me arranca un jadeo involuntario.

Aspiro de golpe y toso, pero la mordaza me ahoga el sonido.

El mundo vuelve de manera brutal. Me cuesta abrir los ojos.

Las luces son demasiado fuertes. Parpadeo varias veces hasta que las formas empiezan a ordenarse. El dolor llega después, como una ola tardía.

La cabeza late.

Las costillas arden.

Cada respiración es un recordatorio de que me pegaron mejor de lo que yo quisiera admitir.

Intento moverme.

No puedo.

Estoy atado.

Muñecas detrás de la espalda, tobillos firmes al piso.

Una silla dura, incómoda, sin ningún gesto de humanidad.

El plástico de las precintos corta la piel.

La mordaza sigue ahí, apretada, humillante.

Genial.

Miro alrededor con lo poco que logro enfocar.

Piso de cemento.

Paredes altas. Un galpón, o algo parecido.

Huele a metal viejo.

No hay ventanas cerca.

Solo una luz colgando, blanca, implacable.

Me río por dentro.

O lo intento.

Así que este es el escenario, pienso.

La silla. Las ataduras. El balde de agua. Como en esas películas donde torturan a la gente hasta que deja de ser gente.

Trago saliva.

El miedo aparece tarde, pero aparece.

Se instala en el pecho, pesado, silencioso.

Respiro lento, obligándome a no entrar en pánico.

Si empiezo ahora, no paro.

Levanto la cabeza apenas. Los músculos protestan. Veo sombras moverse frente a mí.

Perfecto, Jesse.

Siempre te gustaron las situaciones incómodas… pero creo que esta se te fue un poco de las manos.

Y ahí empiezo a preguntarme muy en serio: ¿Esto termina conmigo saliendo de acá… o conmigo no saliendo en absoluto?

Escucho una voz antes de ver a nadie.

Viene de lejos, distorsionada, como si atravesara agua espesa.

—…mírenlo.

Pasos. Lentos. Medidos. Se acercan. Intento enfocar, pero los bordes del mundo siguen borrosos. Parpadeo.

Me arden los ojos.

Una silueta se detiene frente a mí. El hombre se agacha de golpe y me agarra del cabello, sin aviso.

Tira hacia atrás con violencia y me obliga a levantar la cara.

El dolor me arranca un gemido ahogado contra la cinta .

Veo luces blancas explotar detrás de los ojos.

—Jesse Campbell… —dice, muy cerca— el insecto que se escabulló en mis negocios.

Me sostiene ahí, como si fuera un objeto.

Con la otra mano me toma del mentón y aprieta fuerte, demasiado, obligándome a mirarlo.

Ahora sí lo veo.

Y lo entiendo.

—…y echó mis planes a perder —continúa, con una calma que da más miedo que los gritos.

El rostro encaja de golpe en mi memoria, como una pieza desagradable de un rompecabezas viejo.

Aron Sheffield.

Uno de los forenses más famosos del país.

Famoso… no brillante.

Brillante sería si hiciera todo bien. Pero no.

A este hombre lo mueve el dinero. Siempre lo hizo.

Lo vi en congresos.

En artículos inflados.

En entrevistas donde hablaba de ética con una sonrisa impecable.

El mismo que cerraba ojos, acomodaba informes, torcía resultados cuando el precio era el correcto.

El mismo que yo… expuse sin querer modificando los informes.

Me observa como si fuera una curiosidad desagradable.

—¿Sabés cuánto tiempo llevo construyendo esto? —dice—. Años.

Contactos.

Favores.

Gente que sabe cuándo callarse.

Aprieta un poco más mi mentón.

Me duele la mandíbula.

No puedo responder.

No puedo ni escupirle en la cara, que sería lo mínimo.

—Y aparecés vos —continúa— con tu ética barata y tu manía de mirar dos veces.

Me suelta de golpe.

Mi cabeza cae hacia adelante. Respiro fuerte por la nariz, tratando de no desarmarme.

Claro.

No es personal.

Nunca lo es con tipos como él.

Yo no soy Jesse para Aron Sheffield.

Soy un error.

Un daño colateral que todavía respira.

Y eso… eso es lo que más le molesta.

Aron hace un gesto mínimo con la mano.

Ni siquiera mira a los otros.

Uno de ellos se acerca y me saca la cinta de la boca de golpe.

El aire entra de una bocanada torpe y me hace toser.

La garganta me arde, pero respirar nunca fue algo que supiera apreciar hasta ahora.

Levanto la cabeza despacio.

Me duele todo.

Lo miro.

—Wow… —digo con la voz áspera—. Aron Sheffield en persona. Esto explica muchas cosas… menos el secuestro cutre. Esperaba algo más elegante viniendo de vos. ¿Dónde está el catering? ¿El diploma enmarcado intimidante?

Uno de los hombres da un paso adelante, molesto. Aron levanta la mano otra vez.

Lo frena.

Sonríe apenas.

—Seguís hablando demasiado, como siempre.

—Es un defecto profesional —respondo—. Algunos forenses alteran informes, otros hablamos cuando deberíamos callarnos, cada uno con su vicio.

Su sonrisa se endurece.

—¿Sabés cuánta gente poderosa se apoya en mí?

—Me imagino —digo—. Yo también me apoyaría… si no tuviera columna vertebral.

Silencio.

Lo observo tensarse.

Bien.

Todavía puedo tocarle un nervio.

Eso significa que sigo vivo… por ahora.

—Además —agrego, ladeando la cabeza lo poco que puedo— si me vas a matar, avisame. Así al menos me ahorro la charla motivacional previa.

Aron se inclina un poco hacia mí. Sus ojos no están furiosos.

Están calculando.

—No sos tan gracioso como creés, Campbell.

Sonrío, con la boca rota y todo.

—No, claro que no —digo—. Pero mirá el lado positivo… si esto sale mal, siempre podés culpar a otro forense. Es como tu especialidad, ¿no?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.