Dulce y peligrosa obsesión

22. Propuesta.

SAMUEL

Todo es un desastre.

Gritos, disparos, metal golpeando contra metal.

El eco convierte el galpón en una caja de guerra.

Cada segundo es impredecible, cada movimiento puede ser el último.

Y en medio de todo eso… está él.

Jesse.

Tirado en el suelo, atado, golpeado, sucio.

Hecho un desastre.

Y aun así… sonríe.

Esa maldita sonrisa.

Por un segundo todo lo demás se apaga.

Nada importa.

Solo eso.

Solo que está vivo.

Me agacho frente a él, las manos moviéndose solas.

Corto las ataduras, saco la mordaza.

Veo las muñecas.

La piel roja, marcada, lastimada.

Algo se me revuelve en el pecho.

Todo lo que pasó, lo que le hicieron.

—Jesse… —murmuro, más bajo de lo que quisiera.

Pero no hay tiempo.

Lo ayudo a incorporarse.

Apenas se mantiene.

Se agarra el estómago con una mano y se tambalea.

Paso un brazo por detrás de su espalda, sosteniéndolo.

—Eh, tranquilo —le digo, firme—. Te tengo.

No sé si me escucha. No sé si puede.

Otro disparo impacta cerca. Demasiado cerca.

No podemos quedarnos.

—Nos vamos —le digo.

Empiezo a movernos hacia la salida, despacio al principio, esquivando sombras, columnas, cuerpos en el suelo.

Después más rápido.

Lo sostengo casi todo el peso.

Jesse intenta caminar, pero está débil.

Cada paso le cuesta.

Aprieto la mandíbula.

—Un poco más —insisto—. Ya salimos.

El aire cambia cuando nos acercamos a la puerta.

El frío de la noche nos espera del otro lado.

Lo saco del galpón casi arrastrándolo.

Lo estoy ayudando a avanzar cuando el aire cambia.

No es un sonido.

Es un instinto.

Me giro.

Este tipo , Sheffield .

Está en la entrada del galpón, respirando agitado, el arma en la mano.

Sus ojos no están calculando ahora. Están fuera de control.

Levanta el arma.

Todo pasa demasiado rápido.

—¡Atrás Jesse! —alcanzo a decir, tirando de Jesse hacia atrás.

Pero él no se corre.

Se mueve.

Se pone delante de mí.

No entiendo por qué hasta que escucho el disparo.

El sonido rompe la noche.

Y después… silencio.

Jesse se queda quieto un segundo.

Solo uno.

Como si su cuerpo necesitara tiempo para comprender lo que acaba de pasar.

Después se desploma contra mí.

—No… —digo, pero la palabra no alcanza.

Lo agarro antes de que toque el suelo.

Lo sostengo contra mi pecho. Siento el peso, el calor… y algo más. Sangre.

—¡Jesse! —mi voz sale rota, desesperada.

Le tomo la cara con una mano, intento que me mire, que reaccione.

Sus ojos están entrecerrados, perdidos.

Su respiración es irregular.

—No, no, no… —repito, como si negar la realidad fuera a cambiarla.

A lo lejos se escuchan sirenas.

Luces azules irrumpen en la oscuridad.

Sheffield intenta moverse, pero ya es tarde.

Lo rodean,lo tiran al suelo y le quitan el arma.

Nada de eso me importa ahora.

Jesse está en mis brazos y cada segundo se siente como si se estuviera yendo un poco más.

Levanta apenas la mano y caricia mi rostro.

-El día que nos conocimos ... fuiste tan descarado ...cof cof -se corta - me gustaste desde ese día...

Sigue sonriendo a pesar de todo.

—Quedate conmigo —le digo, apretándolo más cerca—. ¿Me escuchás? Quedate conmigo, carajo.

Presiono donde puedo, intentando detener la sangre, intentando hacer algo, lo que sea. Pero mis manos no dejan de temblar.

—No te duermas —insisto—. Jesse… mírame.

Pero su cabeza cae apenas hacia un lado.

Y entonces… no responde. El mundo sigue moviéndose alrededor.

Policías.

Gritos.

Sirenas.

Pero para mí todo se reduce a una sola cosa: El peso de Jesse en mis brazos… y el terror insoportable de perderlo.

JESSE

El mundo vuelve en fragmentos. Luces blancas.

Voces apuradas.

El sonido constante de algo marcando un ritmo que no sé si es mío.

—Presión cayendo.

—¡Apresurate!

—¿Cuánto tiempo lleva así?

No puedo abrir los ojos.

No puedo moverme.

Pero siento. Dolor. Frío. Algo apretando mi pecho.

Y una voz.

—Jesse… quedate conmigo porfavor.

Samuel.

Está ahí.

Lo siento.

Aunque todo lo demás se me escape, eso no.

Quiero decir algo.

Cualquier cosa.

Un chiste, una queja, un “dejá de sonar tan dramático”.

Pero no puedo.

—No te me vayas… —dice, más bajo ahora.

Más roto.

Algo cambia.

Las manos se mueven más rápido.

El tono de las voces sube.

—¡Ahora!

Y después… nada.

...

El tiempo pasa.

No sé cuánto.

Días, tal vez.

El mundo vuelve lento esta vez.

Sin violencia.

Sin ruido.

Primero es la luz, suave, filtrándose a través de los párpados.

Después el olor… hospital. Inconfundible.

Intento moverme.

Error.

Todo duele.

Un sonido se escapa de mi garganta antes de poder detenerlo.

—Mirá quién decidió volver —dice una voz conocida.

Abro los ojos como puedo.

Clara.

Está ahí, sentada a un costado, con una sonrisa que mezcla alivio y cansancio.

—Hola… —logro decir, con la voz hecha pedazos.

—Hola nada —responde—. Nos diste un susto de mierda dice mientras me abraza.

Sonrío apenas.

Me cuesta hasta eso.

—No era la idea… —murmuro.

Clara me observa un segundo más, y su expresión cambia.

Se vuelve… divertida.

Eso no es bueno.

—¿Qué? —pregunto, desconfiando.

Se inclina un poco hacia mí.

—Tu novio estuvo acá todos los días —dice, como si nada.

Me quedo en blanco.

—¿Mi… qué?

—el detective —aclara, rodando los ojos—. No se fue ni un solo día, durmió en esta silla, discutió con medio hospital, casi se pelea con un médico…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.