Dulce y peligrosa obsesión

23. Gracias por quedarte.

JESSE

No sé en qué momento me quedo dormido.

El cansancio me cae encima como un golpe suave, inevitable.

El cuerpo ya no da más pelea.

Y cuando vuelvo… es lento.

Pesado.

Abro los ojos apenas.

La habitación está a oscuras, salvo por una línea de luz que se cuela por la ventana.

Todo es silencioso.

Demasiado.

Parpadeo.

Hay alguien a mi lado.

Un médico.

Está de pie, tranquilo, como si siempre hubiera estado ahí.

No lo escuché entrar.

—Uh… —murmuro, con la voz todavía espesa—. ¿Turno nocturno? Qué suerte… justo cuando estoy más presentable.

Silencio.

No responde.

Frunzo el ceño apenas.

Algo no encaja.

Lo observo mejor.

Está manipulando el suero.

Sus manos se mueven con calma, precisas, como si supiera exactamente lo que hace.

Pero hay algo… algo en cómo se mueve.

En cómo no reacciona.

Mi mirada sube.

Me mira.

Y ahí.

Se me hiela la sangre.

No necesito ver más.

Danthe.

Intento incorporarme.

Decir algo.

Llamar a alguien.

No llego.

Su mano ya está sobre mi boca, firme, segura.

Me empuja de nuevo contra la cama sin esfuerzo.

Estoy débil.

Demasiado.

Apenas puedo resistirme.

Respiro agitado contra su palma.

Él me mira desde arriba, en silencio.

Como si el mundo afuera no existiera.

Como si este momento fuera solo nuestro.

Su mano sigue ahí, tapándome, pero la otra se mueve despacio.

Se acerca a mi cara.

Roza la mejilla donde todavía duele.

Donde Aron dejó su marca.

El contacto es… distinto.

Casi cuidadoso.

—Yo nunca haría eso… —dice, en voz baja.

Pasa el dorso de la mano por la herida, suave, como si estuviera evaluando el daño.

No sé si eso me tranquiliza… o me asusta más.

Lo miro fijo, el corazón desbocado. Porque ahora no hay balas.

No hay gritos.

No hay nadie más.

Solo él.

Y yo.

Y no tengo idea de qué quiere hacer conmigo.

Danthe no se mueve.

Sigue mirándome, demasiado tiempo.

Como si estuviera memorizando algo.

Como si necesitara asegurarse de que estoy ahí, de verdad.

Yo no puedo dejar de mirarlo, no puedo moverme.

Finalmente, se inclina un poco más. Su rostro queda cerca del mío. Demasiado cerca.

—Tengo que desaparecer por un tiempo —dice, en voz baja.

Las palabras caen pesadas.

Mi cabeza intenta procesarlo, pero va lento.

¿En qué momento…? ¿En qué momento todo se volvió esto?

Intento moverme.

Apartarme.

Hacer algo.

No puedo quedarme quieto.

Mi cuerpo responde torpe, débil, pero insiste.

Me retuerzo apenas, tratando de zafarme, de empujarlo, de recuperar aunque sea un mínimo de control.

Él no me detiene de inmediato.

Me observa. Como si eso también le interesara. Como si ver cuánto puedo resistir fuera parte de algo.

Apreta más fuerte.

La otra mano desaparece un segundo bajo la sábana.

No entiendo.

Hasta que.

El dolor explota.

Directo en el pecho.

Un apretón brutal sobre la herida.

El aire se me corta de golpe.

El cuerpo se arquea sin que pueda evitarlo.

Un sonido ahogado se me queda atrapado en la garganta, aplastado contra su mano.

No puedo gritar, ni puedo hacer nada.

Solo sentir.

El dolor se expande, punzante, insoportable, y me deja completamente quieto.

Rendido.

Sus ojos no se apartan de los míos.

—No —dice despacio—. Siempre tan escurridizo.

Afloja apenas la presión, lo justo para que pueda respirar otra vez. Pero no retira la mano del todo.

La deja ahí.

Recordándome el control.

Respiro rápido, entrecortado, con los ojos clavados en él.

Y ahora sí lo entiendo.

No vino solo a despedirse.

Vino a asegurarse de que… no pueda detenerlo.

Y yo, atado a esta cama, débil, con el cuerpo respondiendo tarde a todo… no tengo forma de impedirlo.

La pesadez llega primero.

Después el mareo.

Todo empieza a alejarse, como si el mundo se hundiera lentamente bajo agua.

Mis pensamientos se vuelven lentos, torpes.

No se iba a ir sin dejar su marca.

Siento algo frío en el brazo.

El suero.

—Eso es para que te quedes tranquilo y no hagas estupideces —murmura.

Su mano se desliza por mi cara, casi… suave.

Demasiado suave para alguien como él.

Quiero apartarme.

Decirle algo. Insultarlo, mínimo.

Pero su mano sigue cubriéndome la boca.

Y el sueño me gana.

Todo se apaga.

...

Despierto de golpe.

El aire entra como si me estuviera ahogando.

El corazón me late desbocado.

Estoy empapado en sudor, desorientado, buscando algo que no sé qué es.

—Jesse—.

Sa voz.

Samuel.

Parpadeo rápido, tratando de enfocar.

La luz es tenue.

No es el hospital.

Es… una habitación.

Estoy en la cama.

Samuel está a mi lado, inclinado hacia mí, con esa mezcla de alerta y preocupación que ya le conozco.

—¿Estás bien? —pregunta.

Tardo unos segundos en responder.

Mi cabeza todavía está a medio camino entre ese lugar… y este.

Respiro.

Una vez.

Dos.

—Sí… —murmuro—. Creo.

No lo miro enseguida. Todavía me cuesta… esto.

Despertar y que haya alguien ahí.

Que no sea una amenaza.

Que no sea un recuerdo.

—¿Otra pesadilla? —pregunta, más suave.

Cierro los ojos un segundo.

Casi todas lo son.

Y casi todas… son iguales.

Siempre esta Danthe.

—Sí —admito al final.

Samuel no dice nada por un segundo.

Después se acerca más y me rodea con un brazo, atrayéndome contra él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.