Duncan | Serie: Sangre de dragón

CAPÍTULO 5

AYLA

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He llegado al departamento de la señorita Racheal, quien me recibe con una expresión de sorpresa por mi estado físico. ¿Tanto es? He salido huyendo de Duncan Klein, antes que empezara a averiguar la verdad que oculto. Quisiera que las cosas fueran diferentes; sin embargo, esta es mi vida fugitiva. No sé cuándo podré estar en paz y estar peleando con los hombres de mi abuela para no pisar ese tormento de hogar.

—Debes decirme con detalle de lo que pasó.

Sí. Debo decirle la verdad de todo.

—Está bien —respondo con una sonrisa tenue—. Le contaré todo.

—Escucharé atenta a la verdad que soltarás.

Respiro profundo y empiezo a soltar todo lo que he escondido hasta ahora. No dejo ningún detalle oculto para mí. A medida que mi boca suelta, la expresión de Racheal no se inmuta. Solo escucha atenta a lo que digo.

—Debes tener un bebé de un hombre que tu abuela eligió desde que eras niña —repite la información que solté. Asiento con la cabeza—. Por eso, te buscan. Siempre terminas por cambiarte de departamento.

—Sí.

—Pero no te han buscado en mi empresa.

Sonrío amargo.

—No del todo.

—¿Qué?

—A pesar que no me han raptado estando en la empresa, eso no quiere decir que no sido vigilada, mejor dicho, acosada por los hombres de mi abuela.

—Entonces…

—Siempre he estado en la mira de mi familia. Por ello, mis relaciones amorosas, no han terminado tan bien —explico cansada—. Estaba todo en orden, hasta que les di la espalda. Mi abuela, empezó a acosarme.

Todo empezó desde que me rehusé casarme y tener un hijo del hombre que eligió para mí. Solo para que la familia prospere. ¿Cómo puedo dejarme un lado para que ellos sean felices?

Ya no puedo hacerlo.

He llegado a un punto donde estoy cansada.

—Entiendo —habla Racheal, ofreciéndome una taza de té—. Yo también estaba así con mi padre.

Sí. La señorita Racheal hacía todo lo que ordenaba su familia. Sin embargo, desde que su padre entró a la cárcel, todo ha cambiado. Ya la veo más tranquila sin tener un peso encima.

—¿Puede ayudarme solo por un corto periodo de tiempo?

—Puedes quedarte todo el tiempo que sea necesario, Ayla —contesta sonriendo—. Aparte, te daré una semana de descanso en tus pasantías.

Sí. Todo este tiempo he estado en su empresa por las pasantías de la universidad. Falta poco para terminar. Aparte, estaba haciendo arreglos en mi tesis en todo este tiempo. Me gradúo y salgo del país, lejos de mi familia.

Por eso, he reunido dinero todos estos meses que he estado en la empresa James.

Más lejos de mi familia, mucho mejor para mí.

—Por otro lado, no sabía que estabas ocultando varios aspectos reales de ti —replica sonriendo—. ¿Sabes pelear?

Este es mi turno de sonreír.

—Sí.

Desde pequeña, tuve practicando a escondidas de mi abuela lo que es defensa personal. Al principio no me gustó, pero a medida que crecía, me volví muy ágil. Solo que no podía demostrar esa cualidad ante nadie por sostener esa personalidad de niña buena y recatada. Todo lo que mi abuela deseaba. Ser una inútil sumisa delante de los hombres.

—Entonces…..—Deja un lado la taza y me observa con los ojos entrecerrados—. ¿Quién eres en realidad Ayla?

¿Quién soy en realidad?

Sonrío leve.

—No me gusta usar vestidos largos. Odio el ruido, pero de vez en cuando, me encanta ir a fiestas. Me relajo mejor con mis amigas. —Sonrío a lo grande—. Me desgrada tener el cabello entrenzado —Señalo mis ojos—. Puedo ver bien; sin embargo, uso lentes para lucir más sumisa.

—Te has disfrazado, Ayla.

—Lo sé.

—Puedes ser tu misma desde ahora —dice Racheal sonriendo. La miro fijo. Es la segunda vez que me dicen eso—. Deja de disfrazarte.

Ser yo misma. Es lo que deseo de corazón.

—Lo haré.

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Después de una conversación amena y agradecerle por su ayuda, decido salir vestida con una sudadera con embozo para que nadie pueda descubrir mi rostro. Me voy a mi tienda favorita a comprar algo de comer, hasta que algo tropiezo con alguien.

Jadeo.

—Lo siento —musito, gimiendo de dolor. Ha tocado mi brazo enyesado. Elevo la mirada y casi se me sale el alma del cuerpo, al ver a la persona que he tropezado.

¿Por qué esta aquí? ¿Por qué siempre debo encontrármelo?

—¿Ayla?

Tengo cubierto el rostro con el albornoz con una mascarilla en mi cara. ¿Por qué me reconoció?




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