EL COMIENZO
Ni todos los ejércitos del mundo juntos hubieran podido hacerle frente al poder militar que Dunkel poseía. Los Ludenks representaban el mayor problema que un soldado podía enfrentar. Era como enfrentarse a diez personas al mismo tiempo y por más que los hirieran y acabaran con sus vidas seguían apareciendo a través del portal hacia El Otro Lado. Aquellos que llegaron a superar el poderío de los Ludenks, que fueron pocos, debían enfrentarse a los tres generales de Dunkel, su tridente. Ryanace, el rey blanco; Bloodmon, el demonio de la sangre y Sanit, la viuda.
En aquel tiempo, cuando la humanidad estuvo a un paso de la extinción, aparecieron siete guerreros para hacerle frente al ejército de Dunkel. Barrieron con ellos en incontables ocasiones, ganando terreno para los humanos y motivándolos a seguir luchando por un futuro en el que el causante de la maldad en el mundo desapareciera. Ganaron muchos aliados durante los años de guerra, mismos que fueron congregados sobre la colina adyacente al reino del tiránico ser, en el día en que se enfrentarían a Dunkel.
Esperaron impacientes frente a los límites de las tierras de Dunkel, donde las banderas del sol naciente ondeaban en alto, símbolo de la rebelión. Desde la lejanía vieron las llanuras cubrirse de Ludenks y soldados humanos que se rindieron ante el gobierno de Dunkel en un último intento por vivir. El frio viento del amanecer no estremeció al par de guerreros que custodiaban las fuerzas enemigas. Sus nervios de acero volvieron la espera corta, planearon el ataque durante años y estaban ansiosos de poder ejecutarlo.
Una figura de pequeñas proporciones corrió en su dirección desde el castillo de Dunkel. Los guerreros esperaron impacientes sobre la colina sabiendo de quien se trataba.
—Es hora Gareth —Kay, guerrero de armadura plateada con un par de lobos rampantes pintados en ella se acercó hacia donde Gareth estaba parado—. En cualquier momento terminaremos con esta cruel batalla.
Gareth guardó silencio. Durante años imaginó aquel día, sus fantasías lo hacían sobresalir de entre todos los soldados, haciéndose con la victoria y la cabeza de Bloodmon. Se imaginó acompañado de su gran ejército y a Kay como su mano derecha dando la última estocada al corazón de Dunkel. Y cuando más necesitaba comportarse como en su imaginación, cuando estuvo de pie en aquella colina, tenía dudas. Dudó de sus capacidades y la de su ejército. «¿Serían capaces de derrotar a Dunkel?». Respiró profundo, cerró los puños para que nadie notara el temblar de sus extremidades.
—Si muero en esta batalla, entiérrenme junto a mis padres —dijo Gareth mientras desenvainaba su espada. La clavó en el suelo, volteó hacia su amigo y centró su mirada de fuego sobre el—. Kay, ganemos este encuentro.
—¿Acaso tienes miedo, Gareth? —preguntó Kay con una sonrisa que demostró diversión. Era la primera vez que veía a Gareth comportarse de esa manera, y no le extrañaba que hasta el guerrero más osado de todos temblara en una situación que cambiaría el rumbo de la historia.
—Por supuesto que no —exclamó Gareth con voz firme—. El miedo no tiene cabida en la última batalla de un guerrero como yo. No soy tan débil.
—Yo si tengo miedo —confesó Kay sonriente. Gareth pensó que para tener miedo se veía demasiado tranquilo—, pero el miedo me hace más fuerte, me obliga a seguir peleando y volverme más fuerte para regresar con mis amigos, pero si hoy es el día en que hemos de morir, que sea dando la cara al peligro y no la espalda.
—Es un honor pelear a tu lado, Kay.
—El honor es todo mío.
A varios metros de ellos un resplandor los obligó a cerrar los ojos por unos momentos. Cinco figuras aparecieron de pronto, cada una portando sus armaduras y armas listos para la guerra. Cuatro hombres y una mujer que se acercaron a Gareth y Kay. Una última luz dio pie a la llegada de la morena de ojos amarillos, la salvadora de los siete guerreros, Isa.
—¿Es todo lo que pudieron conseguir? —preguntó Galahad de mal humor al ver las fuerzas militares que Gareth y Kay reunieron al pie de la colina. Galahad era un valiente soldado de armadura oscura, pero con un humor difícil de descifrar—. Supongo que el tiempo no fue el suficiente —siguió diciendo sin esperar a que le respondieran.
—Isa, ¿lo consiguieron? —preguntó Gareth a la morena.
Ella se acercó con calma, estiró su mano y en ella creó una esfera de energía en la que transmitió una imagen de la isla de los temibles Ludenks. Los seres luchaban por salir, pero golpeaban contra una pared invisible. Se veían desesperados, gritaban y golpeaban el viento con fiereza.
—Logramos contenerlos —explicó la mujer con una gran sonrisa—. Nada que no sea humano podrá salir de ahí.
—Eso nos servirá, no tendremos que preocuparnos más por el regreso de los Ludenks —explicó Gareth.
—Los malditos plantaron una ciudad —dijo Galahad cruzándose de brazos—. Construyeron un campanario y edificios alrededor. Deberíamos ir a destruirlos después de esto.
—Lo anotare en mi lista de deberes —respondió Kay con una sonrisa burlona.
—Se perdieron de la fiesta —dijo Isolda mientras estiraba sus manos entrelazadas al frente. Isolda era la única mujer entre las filas de los que buscaban acabar con Dunkel. A pesar del disgusto de muchos otros soldados, ella era habilidosa y la mejor asesina que Gareth conoció jamás—. Esos desgraciados golpean fuerte, pero les dimos una paliza.
Editado: 20.08.2026