Estaba en casa.
Pero no como la recordaba.
El pasillo principal lo envolvía como un túnel sin final. Él permanecía de pie, paralizado, incapaz de dar un paso adelante. El silencio le pareció tanto que le pesaba contra el pecho. En el suelo, unas gotas de sangre formaban un sendero irregular que se extendía hacia el interior, cada una de ellas brillando bajo la tenue luz como espejos deformes.
Un escalofrío le recorrió la espalda. El vacío que comenzó a sentir en el estómago se volvió un nudo denso, dificultándole el respirar.
—¿Da-eun? ¿Mamá? —llamó en un murmullo quebradizo, apenas un suspiro que se deshizo en el aire inmóvil.
Avanzó con pasos pesados, sus pies arrastrando sobre el piso, como si este intentara retenerlo. La sangre lo guiaba hasta el salón principal, y allí la vio.
Da-eun.
Su pequeña figura yacía en el suelo de madera, su ropa empapada de rojo. El mundo se contrajo en un instante. Corrió hacia ella y la recogió en sus brazos, sintiendo de inmediato la frialdad en su piel, un golpe certero que no quiso aceptar.
—¡Da-eun, despierta! ¡Por favor, no me hagas esto! —suplicó con la voz rota, sacudiéndola con desesperación, como si el movimiento pudiese salvarla de la muerte.
Los párpados de la niña se abrieron lentamente, mostrando unos ojos apagados que se resistían a cerrarse por completo.
—Ma.…má —susurró con dificultad. Su mano temblorosa señaló hacia el pasillo, y en ese gesto tan mínimo puso toda la fuerza que le quedaba. Luego, el brazo cayó sin vida, golpeando la madera con un sonido sordo que retumbó en su cabeza como un eco imposible de acallar.
Su respiración se detuvo. Y con ella, su esperanza desapareció.
El corazón se le partió en mil pedazos.
Un grito profundo le desgarró la garganta.
Se levanto tambaleante, soltando a su hermana con torpe cuidado, y corrió por el pequeño pasillo con el alma hecha trizas. La puerta de la habitación de sus padres estaba entreabierta. La empujó de golpe y el aire que escapó desde dentro era pesado, irrespirable, cargado de un veneno invisible pero mortal.
Su madre estaba allí.
Mas no como lo esperaba.
Acorralada, forcejeaba entre dos hombres que la mantenían atrapada. Sus miradas se encontraron por un instante eterno: en sus ojos había auxilio suplicante, vergüenza y desesperación.
—¡Dae...! —gritó con un hilo de voz, antes de que uno de los hombres la lanzara contra el suelo como si de un objeto se tratara.
Dae trató de correr hacia ella, pero sus pies se hundieron en el piso, como si la casa misma lo quisiera tragar. La misma pesadilla de siempre. El mismo escenario que lo devoraba una y otra vez.
—¡No! ¡Déjenla en paz! —exclamó con todas sus fuerzas, pero su voz se quebró contra las paredes.
Las piernas cedieron. La oscuridad lo envolvió como un mar espeso que lo arrastraba hacía el fondo.
—¡MAMÁ! —alcanzó a gritar antes de caer.
Y despertó.
El aire le faltaba. El sudor frío le recorría la espalda, pegándole la camiseta al cuerpo. Se llevó las manos temblorosas al rostro, jadeando, como si hubiese acabado de correr un maratón. Había vuelto a soñar con aquella noche.
Ocho años y la escena seguía repitiéndose con una crueldad meticulosa. Cada noche. Cada vez igual.
—Carajo —murmuró con la voz áspera, arrojando las sábanas al suelo.
Se levantó, arrastrando los pies hasta el baño. Se despojó de la camiseta negra y el pantalón de chándal. Abrió la llave del agua fría y se dejó empapar bajo la ducha. El golpe del agua helada lo hizo jadear, pero no se apartó. Echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza, como si el agua pudiera llevarse lo que su memoria se negaba a soltar.
No era la primera vez. Nunca era la primera vez.
Que idiota e iluso soy, pensó con amargura, cerrando el grifo.
Se vistió con rapidez, sin detenerse a pensar demasiado, y salió del departamento. El vacío que dejaba el sueño seguía golpeándole con rudeza en el pecho con cada paso.
✦ ✦ ✦
—¡Concéntrate, Woo! —La voz de Dae resonó segundos antes de que un puñetazo lo alcanzara en el rostro. Retrocedió, tambaleante, mientras su visión se nublaba ligeramente por unos instantes—. ¿Eso es todo lo que tienes?
El pelirrojo frente a él parpadeó, confundido. La sonrisa victoriosa que se dibujó en el rostro cuando logró impactarlo se borró de inmediato.
Dae sonrió con descaro. Plantó los pies con firmeza sobre el ring, giró las caderas y lanzó un golpe certero. El impacto resonó en el rostro de su amigo. Por instinto, Dae retrocedió y volvió a una postura defensiva, atento y listo para el contragolpe. Pero Woo apenas lograba sostenerse en las cuerdas, jadeante.
—¿No puedes tener un poco de compasión por mí? —se quejó con voz nasal.
—No deberías pedirle eso a tu contrincante —respondió Dae con sorna—. Y menos si es capaz de acabar contigo en segundos.
Woo resopló y, bufando, se fue hacia el baño.
Dae salió del ring y se dejó caer en una banca. Se quitó los guantes, pasó los dedos por su cabello húmedo de sudor y dejó que su mirada azul almendra se perdiera en la ventana. Afuera, el sol de julio se filtraba con violencia, tiñendo la sala de un dorado que no traía consuelo, sino recuerdos.
Julio.
El mismo mes.
El mismo filo en su memoria.
Los mismos recuerdos que lo perseguían en sueños y lograban arrancarle el descanso cada madrugada.
—¿Nos vamos? —preguntó Woo al volver.
—Sí.
—Pasemos por un café de Mindy´s —propuso el pelirrojo, arrebatándole las llaves de la motocicleta con agilidad.
—Un solo rasguño y te mato —advirtió Dae al montarse detrás de él.
Woo arrancó con una carcajada, ignorando su amenaza, hasta que le dio un golpe en la nuca. El sonido mezclado de risa y queja arrancó a Dae una sonrisa leve, breve, casi escondida.