Sus ojos se abrieron de golpe. Su respiración estaba agitada. Miró a su alrededor: estaba solo, en su habitación. Se levantó de golpe; error, un mareo lo invadió de inmediato. Se dejó caer en la orilla de la cama y sostuvo su cabeza entre las manos por unos momentos. El dolor lo estaba matando, y eso lo llevó a recordar lo ocurrido la noche anterior.
Carajo, lo había olvidado.
Se miró en el espejo frente a la cama. Su aspecto era terrible: el cabello hecho una maraña y la mitad inferior de su rostro estaba manchada de sangre seca, una huella de los golpes que había recibido.
Soy un asco.
Soltó un suspiro y se levantó con pesadez. Se daría una ducha y luego iría al trabajo, donde seguramente todos los ejecutivos se le echarían encima por la decisión tomada. Ahora debía asegurarse de tener los argumentos suficientes para defender su posición... aunque, en realidad, no pudiera defenderla en absoluto.
Se vistió con un pantalón negro y una camisa blanca. No tenía ánimos para arreglarse como debía, pero agregó un saco gris para darle formalidad a su aspecto. Por último, arregló su cabello con el típico peinado hacia un lado y se perfumó.
Volvió a mirarse en el espejo. Una mueca se dibujó en su rostro. La bandita que había colocado en la nariz lo hacía lucir peor de lo que ya estaba, pero era eso o dejar que el moretón se viera. Al menos, de esa forma podía excusarse diciendo que era algún tipo de tratamiento para el acné.
Su teléfono sonó unos segundos después. Era su secretaria.
Y aquí viene todo el terremoto...
—Señor Moon, los directores de las filiales solicitan urgentemente una reunión con usted —comenzó la chica.
—¿Cómo está mi agenda? Podemos acordar una fecha que les convenga a todos para que lleguen a tiempo —dijo, mientras se encaminaba hacia la cocina.
Todos sus directores estaban en las filiales correspondientes. Viajar y acordar una fecha exacta iba a ser imposible. Y era justo eso lo que quería.
Pero la respuesta de su secretaria lo descolocó por completo:
—La mayoría de los directores se encuentran ya en la sala ejecutiva, solo queda esperar al de la sede de Busan.
Un ataque de tos lo invadió, casi se atragantó con el agua que estaba bebiendo.
—¡¿Qué ellos que?! —cuestionó en un tono alto.
—Exigen verlo de inmediato.
—Esto es una mierda —exclamó en voz alta.
—¿Señor Moon? —preguntó en tono confundido la chica.
—Lo siento Sun-Hi —se disculpó de inmediato—. Mantenlos a todos en la sala ejecutiva, llego en diez minutos.
Colgó. Apoyó las manos en la isla de la cocina y bajó la cabeza. La situación ya lo estaba consumiendo, y apenas eran las nueve de la mañana. Ese día definitivamente no le pintaba nada bien.
Tomó su portafolio, se calzó los zapatos en la entrada y salió del departamento.
—¡Carajo! —exclamó en cuanto salió. La figura del Agente Kang lo había sorprendido.
—Buenos días, señor Moon —saludó el de cabellos azules.
Jaemin lo miró rápido. Estaba recargado en la pared junto a la puerta del departamento; llevaba el mismo uniforme que la noche anterior. Una mano sostenía una tableta mientras la otra deslizaba el dedo índice sobre la pantalla. Los mechones azules le caían a los lados, dándole un aire más sombrío.
—¿Qué hace aquí? —preguntó con curiosidad.
—Protocolo de seguridad —respondió el agente, guardando la tableta en su mochila para luego colgársela al hombro—. Considerando la situación de ayer, no podíamos arriesgarnos a que se repitiera.
Jaemin asintió y comenzó a caminar. El agente lo siguió de cerca.
—Muchas gracias por la consideración —dijo al entrar al elevador—. Pero no se hubiera molestado. Es imposible que logren llegar hasta mi departamento. Este edificio tiene demasiada seguridad y...
—¿Tan imposible como que lo secuestraran frente a la SOU? —lo interrumpió con crudeza.
Jaemin arqueó una ceja. No porque le molestara el comentario, sino porque la pregunta había sido demasiado directa y filosa.
—No suele tener tacto con las personas, ¿verdad? —lo miró de reojo.
—Lo tengo —replicó el agente—, con quienes lo necesitan. Y usted necesita ser más realista y consciente de la situación que está viviendo.
—¿Cree que no lo soy? —respondió, ofendido.
—Al contrario, lo sabe perfectamente —lo miró de frente, firme, sin un ápice de compasión—. Pero se niega a aceptarlo, señor Moon. Tiene miedo de que el golpe de realidad sea tan duro que no pueda resistirlo.
El peli azul salió del elevador, dejándolo con la boca entreabierta. Jaemin apretó con fuerza el asa del portafolio. No estaba enojado por lo que había dicho, pero sus palabras dieron en el clavo... y eso era lo que más le dolía.
¿Por qué es tan crudo?
Tragó saliva, inhaló hondo y prefirió no discutir. Se apresuró a salir del elevador y lo alcanzó al llegar al auto. No preguntó cómo había conseguido las llaves; sabía que lo callaría con una respuesta demasiado obvia y fría.
El camino, extrañamente, fue ameno y sin que cruzaran palabra. Pero, al aproximarse al edificio Moon, el desastre comenzó. La entrada principal se encontraba repleta de reporteros.
—Mátenme... —susurró.
—Woo, estado del estacionamiento —habló el agente.
Jaemin lo miró confundido. No escuchó una respuesta, pero pronto notó el auricular en su oído. Recordó entonces al chico pelirrojo de la SOU que lo había acompañado al interrogatorio: debía ser él.
En el rostro del agente apareció una mueca de molestia.
—¿Y no puedes hacer algo para sacarlos de ahí? —bufó con molestia tras escuchar la respuesta—. Ya entendí. Mejor encárgate de que ninguno pase más allá de la recepción.
El auto se detuvo frente al edificio. El agente sacó una gorra y unos lentes oscuros de su mochila y se los puso de inmediato.
—¿Qué no el que debería de cubrirse soy yo? —preguntó Jaemin, confundido.