Moon Jaemin aprendió muy pronto que el silencio, más allá de ser una forma de poder, cedía control a los demás sobre tu propia vida.
Lo descubrió un año antes de que su madre falleciera, cuando, en uno de sus arrebatos de enojo, su padre golpeó a la mujer que decía amar y decidió parar solo cuando ella no soltó ninguna queja más. Después de dejarla sobre el azulejo blanco de la sala, lo miró con la misma furia descontrolada y gracias a su silencio evitó que arremetiera contra él.
Solo eso bastaba para Moon Jae-sung; un absoluto silencio que le permitiera controlar la situación o controlar la vida de los demás.
Un año después, justo un par de meses después de su cumpleaños número catorce y con la llegada de su hermano menor, comprendió que el silencio ya no era suficiente control para su padre. Él necesitaba personas sin alma, sin una voluntad propia.
—¿Lo entendiste? —le preguntó su padre, encarándolo al llegar a casa después del entierro de su madre—. No solo basta con que guardes silencio. Tienes que aprender a dominar tus emociones. Ser blando no te llevará a ningún lado, Jaemin.
En ese entonces, habría estado seguro de que correspondería a las palabras de su padre y sería un reflejo de él. Pero había algo que era más fuerte que la sentencia de su padre; su fidelidad. La firme promesa que le hizo a su madre antes de morir.
Protegerlo.
Protegerlo de mi destino.
Y solo esa promesa le bastaba para soportar cualquier adversidad, porque su miserable vida no sería una herencia para Seung-min. Él se encargaría de romper esa cadena.
—Wow —exclamó el pequeño a su costado—. Es grande, como el salón de la mansión.
Dae se encargó de cerrar la puerta tras ellos.
—No tienes que quedarte mucho si no quieres —atinó a decirle.
Seung-min se giró y le sonrió.
—Si quiero —respondió de inmediato, quitándose los zapatos para entrar—. Huele… diferente.
Jaemin sonrió ligeramente.
Todo en su departamento era ordenado, sobrio, silencioso. No tenía demasiadas fotografías como en casa. Tan solo ventanales limpios y una calma que había construido con cuidado.
Ambos entraron y se dirigieron a la sala. Dae, en cambio, los observó desde la cocina, apoyado en la barra, atento a todo. De pronto, la mirada de su hermano se posó en el chico de cabellos azules.
—¿Él vive contigo?
—Por el momento, sí —respondió Jaemin—. Trabaja conmigo.
—Ah… —asintió—. Entonces es como un guardián, ¿cómo Ye-Jun?
Ambos chicos se miraron al momento. Dae atinó a inclinar levemente la cabeza.
—Algo así —le respondió.
—¿La conoces? —le preguntó el pequeño con una emoción que le hizo doler en el pecho—. ¿Dónde está? Se fue hace mucho y la extraño.
Miró rápido a Dae, buscando algo de ayuda. No esperaba que su hermano preguntara tan pronto por la chica y no tenía alguna excusa para poner. Porque, si debía ser sincero consigo mismo, ni siquiera el mismo había terminado de procesar lo que pasó con ella.
—¿Te dijo algo antes de irse? —la pregunta del peli azul lo descolocó y, a la vez, lo molestó un poco.
¿Acaso piensa hacerle un interrogatorio?
Seung-min se quedó pensando un par de segundos, durante los cuales Dae aprovechó para acercarse y colocarse en cuclillas para estar a la altura de su hermano.
—Me dijo que tenía que irse —la voz de Seung-min se tornó más ligera y pausada. Jaemin se colocó en la misma posición que Dae y colocó su mano sobre el hombre de su hermano—. Que se había metido en problemas y que, para poder protegernos, tenía que irse.
Jaemin parpadeó, confundido.
¿Protegerlos?
Entonces Ye-jun…
— ¿Crees que haya sido mi culpa?
—Oye, Seung-min…
—¿Por qué sería tu culpa? —Dae lo interrumpió de pronto.
—Porque ella siempre jugaba conmigo —tragó saliva—. Hacía que me sintiera a salvo y no dejaba que papá me golpeara. Y cuando pasaban otras cosas, me pedía que no llorara y que no hiciera ruido. Como tú.
Jaemin sintió un nudo formarse en su garganta.
—Eso no significa que te culpara —le dijo con cuidado—. Significa que quería que estuvieras a salvo.
—Pero se fue —susurró Seung-min—. Y todos se van cuando las cosas se complican. Tú te fuiste también.
El silencio que siguió fue distinto a todos los silencios que Jaemin se había enfrentado alguna vez. No era el mismo silencio en el que su padre exigía una obediencia, sino que dolía por la honestidad.
—Hay personas que se van para proteger —Jaemin se giró a ver a Dae. Su voz se había ablandado ligeramente—. Y otras se quedan para lo mismo.
Seung-min levantó la mirada hacia Dae y luego lo volvió a mirar a él.
—Me gusta —le dijo, frunció el ceño, pero enseguida entendió que se refería a Dae—. Aunque parece que no es de los que le gusta jugar.
—Adivinas bastante bien —respondió Dae, incorporándose.
—¿Papá sabe que estás aquí?
—Sí —respondió el niño de inmediato—. No le agrada mucho la idea, pero prefiere eso que cuidarme todas las vacaciones.
Su hermano retrocedió hasta sentarse en el sofá y lo miró fijamente.
—¿Está bien que me quede?
—Puedes quedarte el tiempo que quieras Minmin —el pequeño sonrió y se levantó de nuevo.
Ver la sonrisa de Seung-min era la única razón por la que seguía soportando todas las exigencias de su padre. Toda su existencia giraba en torno a eso; protegerlo de un destino miserable. Había sido así desde la muerte de su madre y se mantendría fiel a ello, inclusive si su propia vida estaba en peligro.
Más tarde, el departamento volvió a ese silencio tan habitual. Sin embargo, ahora era más llevadero gracias a la presencia de Seung-min.
Salió de su habitación después de asegurarse de que Seung-min estaba durmiendo y cerró la puerta con cuidado. Al regresar a la sala, se dejó caer en el sofá. Dirigió su mirada al ventanal y pudo ver a Dae frente a este; sus brazos cruzados y la mirada perdida en la ciudad iluminada.