Dusk 'till Dawn

Capítulo 18. El Modelo

Control.

Sumisión.

Dos palabras que encajaban a la perfección con el midazolam y... con él también.

Ji-Hoon llevaba un par de días postergando aquel encuentro. No porque no supiera que hacer con precisión o porque la tarea fuera confusa. Al contrario, desde el primer momento en que Hae-Rin había pronunciado el fármaco y Dae lo había mirado para analizar su reacción, supo que ese encargo iba a terminar en sus manos.

Midazolam.

La palabra resonó tanto que se le quedó adherida en la garganta, pesada, siendo imposible de tragar. Cerró los ojos un instante y dejó caer la cabeza contra el respaldo del sillón mientras tomaba una inhalación profunda, como si todo eso fuera a ser suficiente para ordenar el caos de pensamientos y emociones que se formaba dentro de él.

Dae no le dio explicaciones, porque precisamente él sabía todo.

Sabía que Ji-Hoon sería el único que podría ahorrarle la búsqueda prolongada, porque, él más que nadie, sabía lo que ese medicamento les hacía a las personas. Sabía que no se limitaría a leer el informe de Taeyang con respecto a los hospitales y las rutas, o inclusive los reportes clínicos. Sabía que, si alguien podía llegar a identificar un uso indebido, un patrón torcido o una intención detrás de una dosis que aparentemente era normal, era él.

Pero, el verdadero problema era el precio que se tenía que pagar por ello.

Ji-Hoon se levantó despacio, dejó la computadora en la mesa de centro y caminó hasta la cocina. Se sirvió un vaso de agua y lo bebió hasta la mitad. Sus dedos temblaban ligeramente, pero era lo suficiente para poder notarlo, lo suficiente como para que su memoria encontrara una pequeña grieta entre sus recuerdos.

El midazolam no era solo un sedante de uso clínico, también significaba silencio, era una obediencia que se inducia. Era justo ese espacio donde el cuerpo sigue en la realidad, pero la voluntad desaparece por completo.

A palabras de su madre: tratamiento.

Siempre le había dicho que era necesario. Que él era demasiado sensible, demasiado impulsivo, demasiado… todo lo que ella no quería. El medicamento lo ayudaba a “regularse”, a comportarse como ella quería y convertirse en el niño perfecto que ella podía mostrar el mundo.

Pero, ser perfecto significaba ser dócil. Significaba no decir que no.

Ji-Hoon apretó el vaso entre sus dedos y terminó el agua. Esta vez, el agua le supo metálica.

—No es algo personal —murmuró, intentando convencerse a sí mismo de ello—. Es solo por trabajo.

Un par de horas después, el edificio del hospital psiquiátrico se alzaba frente a él con una neutralidad casi ofensiva. Las paredes claras, las ventanas amplias, los jardines debidamente cuidados. Todo perfectamente diseñado para que pareciera seguro. Para parecer humano.

Ji-Hoon se detuvo antes de poner un pie adentro.

Llevaba meses sin volver a ese lugar. Había aprendido a especiar las visitas, a convertirlas en una obligación lejana, casi como si de una inspección se tratara. No por crueldad o ajenidad ante la persona que ahí se encontraba, sino por su propia supervivencia, por su propio bienestar. Porque cada uno de los encuentros removía en él algo que tardaba días en volver a enterrar.

Se detuvo en la recepción del segundo piso y presentó su identificación. Una firma más y respondió las preguntas tan automáticas de siempre.

“Sí, es mi madre”.

“Sí, estoy estable”.

“No, no he tenido ningún cambio”.

Una que otra pequeña mentira, sí, pero eso siempre funcionaba para que lo dejaran pasar.

El pasillo era largo, silencioso, demasiado blanco para todos los desastres que se encerraban en las habitaciones. Cada paso lo acercaba a una versión de sí mismo que no quería volver a recordar: el niño que aprendió que la resistencia dolía más que el ceder.

Se detuvo frente a la puerta con el número “087”, tomó una inhalación profunda y, después de soltar todo el aire, abrió. La habitación estaba tal como la recordaba. Ella estaba sentada junto a la ventana; su cabello perfectamente peinado, las manos cruzadas sobre el regazo. Cuando por fin levantó la vista y lo vio, le sonrió.

No, no lo hagas.

No cedas antes esa sonrisa que ni siquiera le llega a los ojos.

—Ji-Hoon —dijo, la voz se escuchó como una caricia—. Viniste.

Él no respondió, tan solo se quedó de pie, sus manos en los bolsillos de la chaqueta de mezclilla, manteniendo la distancia exacta que se había obligado a imponer.

—Quiero preguntarte algo —dijo al fin, directo—. Es sobre un medicamento.

El brillo en los ojos de su madre cambió apenas. Casi imperceptible, pero lo suficiente para que él lograra notarlo.

—¿Trabajo? —preguntó ella, inclinando ligeramente la cabeza—. Siempre tan responsable, mi niño.

Ji-Hoon se tensó de inmediato. La comisura de sus labios se levantó apenas. Ji-Hoon le sostuvo la mirada.

—Midazolam.

El silencio cayó entre ambos, denso, cargado de algo que ninguno de los dos necesitaba, ni quería, nombrar.

—No esperaba que vinieras para hablar de eso —dijo finalmente—. Pensé que ya había superado esa etapa.

Ji-Hoon soltó una risa breve, sin humor aparente.

Por primera vez desde que entró al lugar, sintió que no estaba preparado. Pero se negaba rotundamente a darse la vuelta. Necesitaba obtener la información cuanto antes.

—No he venido para hablar de mí.

—Todo lo que te concierne habla de ti, Ji-Hoon —respondió ella con suavidad—. Incluso cuando sigues fingiendo que no.

La mujer se acercó un poco más a la ventana, dejando que la luz le diera de lleno contra el rostro. Sus facciones no mostraban ningún rastro de culpa.

Pero nunca lo ha habido, y lo sabes.

—¿Para qué lo necesitas? —preguntó—. Ese medicamente no es algo con lo que se juegue.



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En el texto hay: thriller, accion, slowburn

Editado: 11.05.2026

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