—¿A dónde crees que vas? —el pelinegro se interpuso en su camino, bloqueando la puerta de su habitación—. Hae-Rin dijo que no podías hacer nada durante al menos tres días, Ji-Hoon. Han pasado dos días desde el ataque y recién despertaste ayer por la tarde.
Rodó los ojos ante las palabras de su amigo e intentó apartarlo con su brazo derecho, el único que podía mover sin que el dolor lo invadiera de inmediato, pero, aun así, el simple empujón hizo que una punzada le recorriera el costado vendado.
—Deja de hacerle caso al viejo y quítate —volvió a empujarlo, pero en definitiva Taeyang era más pesado que él—. No necesito un niñero, puedo cuidarme solo.
El moreno lo miró con cierto deje de incredulidad, bajando la vista hacia el cabestrillo que sostenía su brazo izquierdo y luego al vendaje que se asomaba por debajo de la camisa.
—¿De verdad? —preguntó—. Apenas y puedes mantenerte de pie sin apretar los dientes.
Ji-Hoon tensó la mandíbula y se sostuvo del marco de la puerta por un segundo, antes de enderezarse. Inclinó la cabeza ligeramente hacia atrás para poder verlo a los ojos, pero tan solo ese pequeño movimiento logró provocar un gesto de dolor en su rostro.
—Déjame pasar, tengo que ir a investigar algo —dijo, pero el moreno no se movió.
—Ninguno de los dos puede salir, ¿acaso ya olvidaste lo que dijo el viejo y Dae? —las palabras de Taeyang lograron detener sus réplicas—. Nos estaban vigilando Ji, no podemos correr el riesgo.
—Créeme Tae, si mis suposiciones son ciertas, nosotros somos los que menor peligro corremos ahora —el pelinegro frunció el ceño.
—¿A qué te refieres? —preguntó.
—Si te quitas de mi camino y me dejas comprobarlo, te lo diré.
Ambos se miraron fijamente durante un par de segundos. La mirada de Ji-hoon estaba llena de determinación, pero en el fondo tenía una mezcla de agotamiento y dolor.
Maldita sea... Que se decida ya, no aguanto estar parado.
Pronto, su amigo soltó un suspiro y negó con la cabeza mientras se sobaba la nuca.
—Si el viejo se entera de que te dejé salir, me va a matar Ji.
— No lo hará, no después de la información que le dé —miró al chico frente a él con una sonrisa atrevida—. Andando, el tiempo es valioso Tae.
Pasó a su lado dándole un golpe en el hombro y abrió la puerta de su departamento.
El camino hasta las instalaciones de la SOU fue bastante corto, pues en realidad no vivían tan lejos y, teniendo en cuenta cómo manejaba el peli negro, el camino se acortaba el doble.
Dejaron la camioneta a un par de calles de las instalaciones de la SOU para no correr el riesgo de que el viejo o cualquier elemento activo los viera. Al bajar del vehículo, el aire le golpeó el rostro y, por un segundo, todo le dio vueltas. Se sostuvo de la puerta y parpadeó.
—Ji...
—Que estoy bien —le respondió con un tono cansado y cargado de advertencia.
¿Por qué me pasa esto?, se preguntó mientras continuaban caminando.
De acuerdo con lo que Hae-Rin les había dicho la noche pasada, la sustancia que lo indujeron fue midazolam, sin embargo, pudo sentir que algo no andaba realmente bien con él. El midazolam nunca le había hecho dormir durante dos días enteros, ni siquiera con la dosis más fuerte que aquella mujer le había dado.
Una calle antes de llegar a la SOU, Ji-Hoon entró al callejón más estrecho que ese sitio tenía y, al llegar al final, giró a la izquierda.
—Te juro que, si dices una sola palabra de esta entrada a alguien más, te mato —amenazó a Taeyang, justo en el momento en que se detuvieron detrás del edificio de la SOU.
—Ya entendí, ya entendí —Ji-Hoon lo miró fijamente, su ceño fruncido y el dedo índice apuntándolo—. Además, si alguien más llega a saber de esto, será demasiado obvio que fui yo.
—Tienes razón —dijo, bajando su dedo y haciendo una mueca.
Ji-Hoon caminó hasta el contenedor de basura que estaba frente a ellos y se colocó a un costado para comenzar a empujarlo con su hombro sano, evitando así el uso del que estaba lastimado. Pero, a pesar de sus intentos por evitar un esfuerzo realmente severo, los movimientos que realizó le pasaron factura y provocaron que el vendaje de su costado tirara y una punzada le atravesara el abdomen.
—Quítate, te vas a lastimar más de lo que ya estás —gruñó Taeyang, empujándolo con cuidado hacia atrás.
Ji-Hoon soltó el aire por la nariz, frustrado, pero no le insistió, pues el dolor apenas le era posible de contener.
El metal rechinó contra el suelo cuando Taeyang comenzó a hacerlo a un lado y, poco a poco, se fue revelando una sección de pared que, a simple vista, no tenía nada de especial. Extendió su brazo y presionó uno de los ladrillos, entonces, con un leve clic un pequeño panel se deslizó hacia adentro y un teclado oculto quedó al descubierto.
—No sabía que la SOU tenía entradas clandestinas —murmuró Taeyang detrás de él.
—En realidad no las tiene —respondió sin mirarlo—. Digamos que esta es solo una entrada secreta para el viejo.
—¿Y cómo lo sabes?
—Me la enseñó poco después de que me trajera aquí —dejó que un silencio breve los rodeara mientras una sonrisa se instalaba en su rostro, recordando el momento justo en que ocurrió—. En ese entonces muchos de los chicos que estaban en las escuadras no me aceptaban del todo y el hecho de soportar sus miradas en la entrada principal, me provocaba ansiedad.
—Entonces ¿era como tu puerta de escape? —le preguntó Taeyang.
—Yo la llamaba mi entrada secreta.
Taeyang soltó una risa y él solo lo imitó sarcásticamente mientras sus dedos se movían con rapidez sobre el teclado. Se sabía de memoria aquella clave, después de todo, ocho años eran suficientes para almacenar suficiente información en su mente.
—¿De verdad?
—Oye —replicó sonriendo—, tenía trece años cuando todo eso pasó.
Ambos se miraron, pero en el rostro de Taeyang ya no había ni una pizca de diversión. Ji-Hoon bajó la mirada y se encogió de hombros.