Duskwall: La ciudad en penumbras.

Capítulo 1: Las mieles de la rutina.

Las series se habían convertido en mi adicción. Disfrutaba especialmente la que estaba viendo en ese momento, aunque eso significaba que no podía salir los viernes por la noche como cualquier persona con una vida social promedio. Mis padres tenían una regla muy clara respecto al viernes: era la noche de convivencia familiar.

—Lies, baja, la cena ya está lista. —La voz de mi madre resonó desde la planta baja.

Pausé la serie sin querer hacerlo realmente.

—¿Tiene que ser ahora? —pregunté con desgana.

—Sí, te doy un minuto —respondió ella con firmeza. Al notar el silencio y la ausencia de movimiento, su tono se volvió aún más serio al advertir—. Subiré en cinco segundos.

—Bien, bien, ya voy. —accedí finalmente, mientras me levantaba y sacaba a Blaz de su jaula, él también debía cenar.

Bajé apresurada, intentando evitar que mi mamá iniciara una guerra mundial si tardaba demasiado. Al llegar al comedor, dejé a Blaz en su pequeño rincón y me puse a prepararle su comida. Seguidamente, giré para saludar a mi papá:

—Hola papá.

—¿Cómo está mi princesa? —me preguntó con una sonrisa.

—Bien, pero las sensaciones raras volvieron —admití con sinceridad. Esa situación me tenía cansada, hace años que ya no me pasaba y había olvidado lo desgastante que era.

—Cuéntame —me animó a continuar.

—La sensación de frío volvió y ese sentimiento de no tener rumbo—expliqué, sin entender del todo lo que me pasaba—. Es raro.

—¿Quieres que te cuente un cuento como lo hacía cuando eras pequeña? —ofreció con cariño.

—Vamos, ya no soy una niña —respondí, aunque en el fondo sentía cierto consuelo ante su propuesta.

—Solo preguntaba —concluyó, dando por finalizado el tema.

—¿Has llamado a tu hermana? —preguntó mi mamá mientras agarraba otro pedazo de carne.

—Sí, pero la señal por dónde vive se ha vuelto pésima, tiene muchas interferencias y es difícil entendernos mientras hablamos.

—Sí, eso debe ser. —afirmó.

—Pero lo poco que hemos hablado, me ha dicho que todo va muy bien con ella y con la tía Luna.

Dejé cuidadosamente los cubiertos sobre la mesa, buscando captar la atención de mis padres y expresando mi inquietud de manera seria:

—¿Cuándo podrá venir a vernos o yo ir a verlas? —pregunté, deseando encontrar una pronta respuesta para acortar la distancia que sentía.

Sin embargo, la reacción de mi papá fue inmediata y cortante:

—No es momento de pensar en eso, Lies, enfócate en tus estudios. —sentenció, dejando claro que había prioridades más urgentes en ese momento.

—Lo sé, papá, solo quería saber si… —Intenté insistir, mi voz reflejaba una mezcla de esperanza y ansiedad. Deseaba, aunque fuera por un instante, que reconsiderara su postura y me diera una respuesta diferente.

Pero antes de que pudiera terminar, él zanjó la conversación con firmeza:

—Basta, Lies, ya te dije la respuesta.

Ante la tensión que se había generado, mi mamá intervino con voz suave y conciliadora, intentando defenderme:

—Calma, mi amor, ella solo estaba haciendo una pregunta. —dijo, buscando restar importancia al asunto y protegerme del disgusto de mi papá. De alguna forma, ese tema siempre lo ponía tenso por razones que no conocía, quizás solo era sobreprotección.

Después hablamos de otras cosas y vimos una película de fantasía, aunque no eran mis favoritas, me parecían de cierto modo ridículas igual que a mi papá, pero a mi mamá le encantaban, así que ambos decidimos complacerla.

Mientras terminábamos de guardar los utensilios utilizados durante la velada, mi mamá me preguntó con gran entusiasmo si estaba lista para el día siguiente. Su ánimo se reflejaba en su voz y en la forma en que se movía por la cocina, contagiando su energía positiva.

—Sí, mamá, estoy muy feliz de regresar a clases, ya extrañaba a todos. —respondí con alegría, sintiendo que mi entusiasmo coincidía con el suyo. Extrañaba la rutina y la compañía de mis compañeros, y la proximidad de las clases me llenaba de ilusión.

En ese momento, mi papá entró a la cocina y, curioso por nuestra conversación, preguntó de qué estábamos hablando. Su tono era inquisitivo, especialmente cuando insinuó que esperaba que no estuviésemos hablando de algún chico. Sentí una mezcla de vergüenza y diversión ante su comentario.

Negué con la cabeza y le respondí con sinceridad:

—No, papá, es cierto que me gusta un chico, pero no hemos llegado a nada… —al decir esto, vi cómo mi papá daba un suspiro de alivio, lo cual me causó gracia— por el momento. —finalicé entre carcajadas, y antes de que pudiera decir algo más, salí corriendo del lugar, dejando a mis padres en la cocina.

Christopher observó a lo lejos y comentó con cierto orgullo y nostalgia:

—Ha crecido tanto.

—Sí, me impresiona —dijo—. ¿Cuándo se lo dirás? —añadió.

Christopher desvió la mirada, visiblemente incómodo.

—Por favor, Ginna, no quiero tocar ese tema ahora.

—Tienes que pensar cuándo —insistió ella, sosteniéndole la mirada hasta obligarlo a volver a verla—. Hoy te pusiste muy irritable por una simple pregunta.

Él dejó escapar un suspiro pesado, dejando que los hombros se le hundieran bajo el peso de la situación.

—No puedo evitarlo. Es muy difícil pensar en cómo decírselo.

—Por más que trates de evadirlo, tarde o temprano tendrá que pasar —le recordó Ginna, bajando el tono de voz a uno más sombrío—. Ten siempre presente la advertencia.

—Todavía tengo tiempo —replicó él de inmediato, casi como si intentara convencerse a sí mismo—. Iré preparándola poco a poco. No quiero que se abrume, debe ser capaz de entender la magnitud de su historia.

Ginna guardó silencio un momento, estudiándolo.

—Espero que estés tomando la decisión correcta.

—Yo también. —concluyó Christopher, aunque su voz carecía de toda certeza.

Había transcurrido ya una semana de clases y todo avanzaba con absoluta normalidad. Disfrutaba plenamente de la rutina diaria, esa sensación de estabilidad me resultaba reconfortante. Sin embargo, en medio de esa tranquilidad, mi mente no podía evitar divagar y pensar en Isabelle, mi hermana mayor. Hacía mucho tiempo que no tenía noticias claras de ella desde que decidió marcharse. Las únicas señales de vida que recibía eran cartas que enviaba ocasionalmente, aunque la forma de comunicación me parecía algo anticuada para los tiempos actuales, pero no teníamos muchas opciones puesto que la señal de los teléfonos parecía no tener solución.




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