Era un atardecer bastante frío, viajar con papá me gustaba, después de todo, cada uno estaba metido en sus propios asuntos, él hablando por teléfono con mamá que llamaba otra vez para saber si estábamos bien o si ya habíamos llegado, mientras yo observaba el paisaje junto con Blaz, que era una pequeña mancha de luz en la penumbra. Mi hurón dormía hecho un ovillo, su pelaje blanco y esponjoso subiendo y bajando motivo de su respiración, era lo único que me mantenía anclada a la realidad mientras los árboles desfilaban como esqueletos al borde de la carretera.
—No comprendo tu actitud —soltó papá de pronto, y su voz sonó inusualmente grave—. Debería estar escuchando tus quejas por pasar dos meses en el encierro con tu tía y tu hermana.
Aparté la vista del cristal empañado.
—Admito que es mucho tiempo —respondí, pasando la yema del dedo por el lomo de Blaz—, pero necesito vacaciones de los dramas de Sofía y sus crisis universitarias. Además… —hice una pausa, forzando una sonrisa que él no pudo ver— será bueno hacer amigos nuevos. Y extraño a Isa.
—Supongo que es una razón válida —concedió él, pero no hubo ligereza en su tono.
—Claro que lo es.
La noche se cerró sobre nosotros con una brusquedad antinatural. A las once, la carretera ya no era un camino, sino un túnel de asfalto devorado por la neblina. Busqué un tema de conversación para ahuyentar la opresión que empezaba a sentir en el pecho, pero las palabras se me atascaron en la garganta cuando los faros iluminaron la estructura.
No era una simple caseta. Era un bloque de concreto frío, una cicatriz en medio del bosque protegida por una barrera metálica que brillaba bajo la tenue luz plateada de la luna. Un hombre emergió de la penumbra. La persona que aparentemente cumplía funciones de guardia inició una conversación con mi padre. Noté que presentaba ciertas particularidades, ya que, pensé que tenía un buen ángulo para verlo, pero nunca pude observar su rostro, aunque en ese momento no consideré relevante ese aspecto.
—Buenas noches, señor Christopher —dijo el guardia. Su voz no tenía rastro de fatiga, era limpia y cortante—. ¿Viene para el evento?
¿Evento? No sabía de ningún evento.
El silencio que siguió fue asfixiante. Vi a papá tensarse; sus manos apretaron el volante hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Me buscó por el espejo retrovisor, y en sus ojos vi algo que me aceleró el pulso: duda. No era la duda de quien no sabe qué decir, sino la de quien tiene miedo de decir demasiado.
—Eh… sí. —respondió al fin, su voz apenas un hilo de cautela.
—Documentos. Necesito verificar su autorización. —exigió el guardia sin moverse.
Papá sacó una carpeta de cuero que no le había visto antes. El guardia pasaba las hojas con una lentitud deliberada, su mirada oculta escaneando cada línea de unos papeles que parecían demasiado complejos para un “simple viaje de vacaciones”.
No pude evitar preguntarme sobre la naturaleza de la revisión que estábamos atravesando. ¿Documentos? ¿Qué clase de revisión era esa? Me sorprendía la cantidad de papeles que se requerían para poder ingresar a un lugar aparentemente tan remoto. Mientras observaba cómo el guardia analizaba cada hoja, sentí una mezcla de curiosidad y desconcierto.
El tiempo se volvió denso, casi sólido. Media hora transcurrió sin que el auto avanzara un solo centímetro; el único movimiento era el de Blaz, que se removía inquieto en mi regazo, contagiado por mi propio nerviosismo. Finalmente, el guardia cerró la carpeta con un golpe seco y la deslizó de vuelta por la ventanilla. Sin decir palabra, hizo una señal y la pesada barrera comenzó a elevarse.
—¿Por qué se necesitan tantos documentos para entrar aquí? —pregunté en cuanto el motor volvió a rugir, rompiendo el silencio sepulcral del bosque.
—Lo entenderás cuando lleguemos —respondió papá, con la vista fija en el camino que se abría paso entre los árboles.
—¿Cuánto falta?
—Unos quince minutos.
Fruncí el ceño, mirando el reloj digital del tablero. Todo esto me resultaba ajeno, casi prohibido, demasiadas series me habían vuelto paranoica al parecer.
—Si estamos tan cerca, ¿por qué no salimos antes para llegar con luz de día?
—Porque es más seguro de noche —soltó él. Sus palabras sonaron frías, pero repletas de un sentimiento que no reconocí.
—¿Más seguro? ¿Por qué?
Papá suspiró y apretó el volante, como si estuviera agotando su reserva de paciencia.
—Escucha, Lies, dame un momento de paz —me pidió, aunque su tono era más de cansancio que de enfado—. Cualquier duda que tengas será resuelta pronto. Te lo prometo.
—Está bien —murmuré, hundiéndome en el asiento—. Confío en ti.
Me quedé observando cómo las luces largas del auto cortaban la oscuridad, preguntándome qué tipo de lugar era aquel donde la noche servía de escudo en lugar de refugio.
Continuamos el trayecto en un silencio tenso. Yo aguardaba con una paciencia que empezaba a agotarse, esperando que el final del camino trajera las respuestas que papá me negaba. Nadie me había dicho el nombre de nuestro destino; parecía un secreto guardado bajo llave.
Impulsada por la curiosidad, bajé la ventanilla. El aire frío de la noche me golpeó el rostro, cargado con el aroma a pino y algo que no logré identificar. Me asomé ligeramente, aguzando la vista en busca de alguna señal o un letrero que me indicara dónde estábamos.
A mi lado, Blaz se despertó. Estaba a punto de tomarlo en mis brazos cuando mis ojos captaron una mancha pálida al borde de la carretera. Me incliné hacia delante, entrecerrando los ojos para descifrar las letras desgastadas que emergían de la penumbra:
BIENVENIDOS A:
DUSKWALL
Luxemburgo
—¿Duskwall? —susurré para mí misma.
El nombre me dejó un sabor extraño en la lengua. Había estudiado geografía, había viajado con mis padres, pero jamás en mi vida había escuchado mencionar ese lugar. Era como si el pueblo no existiera en los mapas, oculto tras la barrera y la oscuridad del bosque.
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Editado: 19.02.2026