Ya no tenía fuerzas para seguir analizando cada detalle. Mi salud se deterioraba por momentos; sentía la mente nublada y la vista se me volvía borrosa, como si el mundo real se estuviera desenfocando. Quizás por eso no podía darle crédito a lo que acababa de ver tras la iglesia. Alcancé a papá y entramos juntos a la cafetería.
El calor del local me golpeó el rostro, saturado de aroma a café tostado y madera vieja. Mi tía Luna estaba allí. En cuanto cruzamos el umbral, clavó su mirada en nosotros. Sus ojos desbordaban una alegría genuina, pero también otra emoción: algo oscuro y difícil de descifrar que me hizo estremecer.
—Mi hermosa Lies, ¿cómo has estado? —exclamó, levantándose para envolverme en un abrazo ferviente que delataba todos los meses de ausencia.
—Bueno, te diría que bien, pero mi aspecto me delata, tía —respondí, con un hilo de tristeza en la voz.
—Sí... estoy al tanto de tu malestar —murmuró ella, y hubo algo en su tono que me resultó inquietante.
Nos sentamos y el vapor de las tazas comenzó a subir entre nosotros. Me percaté que apenas le dio un saludo formal a mi padre, pero pensé que no significaba nada.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó ella, aunque sus manos jugueteaban nerviosas con una servilleta.
—Agotador. La distancia es demasiada, pero supongo que valdrá la pena.
—Me imagino. Y... ¿tu papá ya te explicó el verdadero motivo de esta visita?
—Sí. Me dijo que quizás aquí mi salud mejore un poco. Y, por supuesto, para verlas a ustedes.
En ese momento, el ambiente en la mesa cambió. Mi tía miró a papá fijamente. Fue una mirada acusatoria, cargada de un desacuerdo tan evidente que me hizo entender que algo no estaba bien.
—Bien —sentenció ella, ignorando la advertencia silenciosa de mi padre—. Si él no tiene el valor de decírtelo, lo haré yo.
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Minutos después, la silla chirrió contra el suelo cuando me levanté bruscamente. Sentía que el oxígeno me faltaba. Me dirigí a la salida con el corazón martilleando contra mis costillas.
—¡Espera, Lies! Aún no hemos terminado…
Sus palabras fueron cortadas en seco por el estruendo de la puerta de la cafetería al azotarse tras de mí.
Ya no quería escuchar ni una sola sílaba. ¿Qué clase de broma era esa? Me resultaba ridículo, retorcido y cruel que decidieran jugar conmigo en mi estado. La rabia comenzó a quemarme por dentro, sustituyendo al miedo. Mi plan cambió en un segundo: llegaría al auto, conduciría hasta encontrar a mi hermana y, tras aguantar esos dos meses, me largaría para no volver jamás.
—Sí, eso es lo que haré —mascullé para mí misma bajo el frío cielo de Duskwall—. No voy a permitir que sigan burlándose de mí.
Toda la rabia que me consumía se evaporó en un instante, sustituida por un vacío gélido. Mi mente, antes nublada, se aclaró con una lucidez cruel, obligándome a clavar los pies en el asfalto. No me detuve para pensar; me detuve porque el camino había dejado de existir.
Frente a mí, bloqueando la calle, se alzaban unos pies esqueléticos y colosales. A su alrededor, el aire parecía curvarse, como si su sola presencia absorbiera la luz y el sonido del entorno. Levanté la mirada centímetro a centímetro, recorriendo aquella anatomía de pesadilla. El ser permanecía estático, una mole de huesos y sombras tan alta como un edificio de dos pisos. Me observaba desde lo alto con cuencas vacías que, sin embargo, palpitaban con un brillo amarillo tenue; una luz que transmitía una absoluta sensación de nada y, al mismo tiempo, una presencia devastadora.
Me había equivocado al juzgarlo antes. Su aspecto guardaba una parodia tétrica de la forma humana. Sus brazos, desproporcionadamente largos, caían casi hasta rozar el suelo, rematados en las garras más exorbitantes y afiladas que jamás hubiera imaginado. Todo su cuerpo esquelético estaba envuelto en jirones de vendajes amarillentos que servían como una burla de vestimenta. De su espalda y antebrazos brotaban astillas de hueso adicionales, como espinas que perforaban su propia piel inexistente.
Fue demasiado. El peso de la visión, sumado a semanas de debilidad y falta de sueño, fracturó mi resistencia. El mundo comenzó a girar violentamente, la figura fue lo último que registraron mis ojos antes de que la oscuridad me reclamara y perdiera el sentido.
Desperté con la vana esperanza de que todo lo ocurrido fuera un mal sueño, una alucinación producto de la fiebre. Sin embargo, el punzante dolor en la sien y el pinchazo en mi brazo eran recordatorios físicos de que el colapso en la calle había sido real.
Me encontraba en una habitación desconocida, pero un detalle me ancló a la realidad: en la pared colgaba una recreación de La Mona Lisa, pintada con el estilo inconfundible y caótico de mi hermana, Isabelle. Estaba en su casa.
Conforme mis sentidos regresaban, los recuerdos de la cafetería comenzaron a emerger como un amanecer lento y doloroso. Volví a escuchar las voces, a sentir la tensión en la mesa...
—¿Conoces la verdadera razón de tus malestares? —la voz de la tía Luna había cortado el aire.
—Sí, alguna enfermedad crónica, ¿verdad? —respondí, buscando la confirmación en los ojos de mi padre.
Él no me sostuvo la mirada. Se miró las manos, entrelazando los dedos con fuerza.
—No, Lies. Lo que tengo que decirte es... complicado —murmuró papá—. Recuerda que somos un equipo y que, pase lo que pase, nos tendremos el uno al otro.
—Chris, deja de darle vueltas al asunto —lo reprendió mi tía, impaciente—. Díselo de una vez.
—¿Decirme qué? No entiendo nada —sentí que el pulso se me aceleraba.
—No estás enferma, Lies. Al menos, no de la forma en que tú crees —sentenció Luna.
—¿De qué hablas?
—Dime, ¿cómo te sientes en este lugar? ¿Qué has visto desde que cruzaste la caseta?
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Editado: 19.02.2026