Mientras las hermanas se alejaban, el silencio en la sala fue devorado por una tensión eléctrica. Luna se giró hacia Christopher, con los ojos encendidos por la indignación.
—¿Qué crees que estás haciendo? —le recriminó, con la voz vibrando de rabia contenida.
—Aún no es el momento —respondió Christopher, dándole la espalda y apretando los puños—. Ya viste cómo reaccionó anoche cuando intentamos decírselo. Ella misma acaba de decir que lo que vio fue una alucinación.
—¡Porque está en negación! —estalló Luna—. No quiere aceptar que su vida acaba de cambiar por completo, pero eso no te da derecho a retrasar lo inevitable. Cada segundo que ganas es un segundo que ella pierde.
Christopher se pasó una mano por el rostro, exhausto.
—Se desmayó porque vio a un Séil parado en mitad de la calle, Luna. ¿Cómo se supone que le explique eso sin que pierda la razón de nuevo?
—Al llevártela de aquí hace años, sabías perfectamente las consecuencias que acarrearía tu decisión —le recordó ella, acercándose con paso firme—. Debes enfrentarlo ahora, a menos que quieras que tenga el mismo destino que…
—¡Está bien! —la interrumpió él, incapaz de escuchar aquel nombre—. Se lo diré en unos días.
—¿Unos días? No tienes ese tiempo. Debe ser hoy mismo.
—He dicho que en unos días. Además, la sangre oscura no ha vuelto a manifestarse —afirmó Christopher, aunque su voz flaqueó—. Podremos aguantar. No quiero que termine odiándome, Luna. No quiero que me vea como un monstruo.
—Estás siendo egoísta —sentenció ella con frialdad—. Estás poniendo tu miedo a su rechazo por encima de su vida.
—Déjame decidir sobre esto. Soy su padre y sé qué es lo mejor para ella.
Luna soltó una risa amarga que heló el aire de la habitación.
—Eso lo sé. Lamentablemente, no pudo tener un padre menos cobarde.
—¡Basta! —rugió él, girándose finalmente—. Si quieres quedarte y ayudar, eres bienvenida. Pero si solo vas a emitir juicios sobre mí, la puerta está abierta. Puedes irte.
Luna sostuvo su mirada durante un largo y pesado silencio. No retrocedió ni un milímetro.
—Lies es mi familia. Aunque me resulte insoportable aceptar tus decisiones, me quedaré. Pero que te quede claro: lo haré únicamente por ella y por Isabelle.
—Perfecto —concluyó Christopher, dando por terminada la discusión, aunque el temblor en sus manos decía lo contrario.
Me detuve en seco al entrar en la cocina, levantando ligeramente la voz para captar la atención de mi hermana.
—¿Escuchas eso? ¿Están discutiendo? —pregunté mientras tomaba asiento, intentando sonar despreocupada, aunque la tensión flotaba en el ambiente y no podía evitar que mi inquietud se reflejara en mi tono.
Isa, sin mirarme directamente, negó con la cabeza y respondió con una calma deliberada, como si quisiera protegerme de lo que ocurría en la otra habitación.
—No lo creo, no te preocupes —contestó, esforzándose por desviar el tema y mantener la atmósfera tranquila en la cocina, alejándonos, al menos por un momento, de la tensión que se sentía en la casa.
—Y cuéntame, ¿algún chico nuevo en tu vida? —preguntó Isa mientras me servía un plato que humeaba sobre la mesa.
Por lo visto, me había despertado mucho más tarde de lo que pensaba; el resto, incluso había preparado el desayuno.
—Creo que había alguien... un interés —respondí con una sonrisa lánguida—, pero me enfermé antes de poder confirmarlo.
—¿Se te olvidó contármelo, hermana? —preguntó, volteándose hacia mí y entrecerrando los ojos de manera acusatoria.
Sus rabietas seguían siendo mi parte favorita del día; eran el único rastro de normalidad que me quedaba.
—Nadie lo sabía, solo mi amiga Sofía —me defendí.
—Claro, me voy unos meses y ahora ella es más importante que yo —dijo, fingiendo un tono de celos que me hizo reír por lo bajo.
—Jamás lo sería. Pero te recuerdo que tú dejaste de escribirme y de llamarme durante un buen tiempo.
La expresión de Isa se suavizó, volviéndose un poco más sombría.
—Lo sé. Estaba... acoplándome a la idea de vivir aquí. No fue fácil al principio.
—Me lo imagino. Por cierto, ahora que me acuerdo, le prometí a Sofía que le escribiría al llegar. Iré por mi teléfono.
—Yo que tú no me molestaba —me advirtió ella, deteniéndome con un gesto—. La señal aquí no funciona. Nada entra ni sale de Duskwall por aire.
—¿Es en serio? —suspiré, dejándome caer en la silla—. ¿Hay algo bueno en este lugar?
—Sí. Después de que te muestre todo, te aseguro que vas a terminar amándolo.
—Eso espero —murmuré, mirando el plato.
A pesar de que el aroma era tentador, mi estómago dio un vuelco. La comida se veía deliciosa; Isa no era una experta, pero siempre ponía empeño. Sin embargo, el recuerdo del líquido negro en el lavabo seguía fresco en mi garganta.
—Hermana, realmente no tengo apetito —dije, dejando los cubiertos sobre la mesa con un ruido metálico y seco.
—Lies, tienes que comer algo para recuperar fuerzas.
—Lo sé, pero siento el estómago horrible.
—Sé que no soy la mejor cocinera del mundo, pero haz un esfuerzo por mí —insistió, intentando bromear.
—No es eso. Sabes que me encanta lo que cocinas, aunque a veces se te pase la sal —respondí con una media sonrisa—, pero no puedo. De verdad.
Ella me miró con una mezcla de cariño y una comprensión demasiado profunda. Se sentó a mi lado y me rodeó las manos con las suyas. Estaban cálidas, un contraste reconfortante con mi propio frío.
—Te entiendo, hermana. No te fuerces. Cuando tengas hambre, me avisas y te prepararé lo que quieras. Al menos, toma un poco de jugo para hacernos compañía.
—Gracias por entenderme siempre, Isa.
—Estoy muy orgullosa de ti —dijo ella de repente, con una seriedad que me tomó por sorpresa—. Sé lo difícil que es todo esto. Me alegra que estés luchando. Solo... necesito que me prometas una cosa.
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Editado: 19.02.2026