Duskwall: La ciudad en penumbras.

Capítulo 5: Una ciudad sin sol.

Cuando desperté, el peso en mi pecho se había aligerado un poco. Me sentía con la fuerza suficiente para aceptar la propuesta de Isa de salir a conocer la ciudad. Papá no podría acompañarnos; al parecer, tenía asuntos pendientes con la tía Luna. Me resultaba sumamente extraño que pasaran tanto tiempo juntos, pues siempre supe que apenas se toleraban y era algo que se notaba. ¿Qué podía ser tan urgente como para obligarlos a convivir?

—¿Es seguro salir ahora? —pregunté, mirando por la ventana—. Ya casi anochece.

—Claro que sí —respondió Isa, ajustándose la chaqueta—. Además, podremos ver el atardecer. Es la mejor hora.

—Cierto. Se me olvidaba que en esta ciudad la gente tiene costumbres de murciélago.

Salimos de la casa. Isa insistió en que la mejor forma de absorber la esencia de Duskwall era caminando. Aunque la idea de una caminata me agotaba de antemano, no tuve fuerzas para negarme; algo en el aire exterior me llamaba.

—¿A dónde iremos? —quise saber—. El centro de la ciudad ya lo conozco.

—Mentira. Lo viste anoche, entre alucinaciones y miedo —replicó ella con una sonrisa traviesa—. Iremos allí primero; es el mejor punto para decidir qué mostrarte después.

Caminamos en silencio durante un tramo, pero la duda que me carcomía terminó por salir.

—Oye, Isa... siento que papá y la tía Luna nos están ocultando algo grave.

—¿Por qué lo dices? —su tono se volvió extrañamente neutro.

—Porque he alcanzado a oír cómo ella lo presiona. Parece que hay algo que él no quiere hacer, o que no quiere decir... pero no logro descubrir qué es.

—Lies, deja de entrometerte en sus asuntos —me pidió ella, aunque noté que evitaba mirarme a los ojos—. Ellos sabrán lo que hacen y cómo manejan sus problemas.

—Bien. Supongo que, después de todo, no tiene nada que ver conmigo.

Isabelle soltó un suspiro largo, casi un lamento.

—Si supieras... —susurró, tan bajo que apenas logré oírla.

—¿Qué? ¿Qué quieres decir con eso?

—Yo... —Isa se detuvo y me miró, con una verdad a punto de estallar en sus labios.

—¡Isabelle! ¡Hola! —una voz desconocida nos interrumpió, rompiendo el hechizo del momento.

—¡Oh! Hola, Gretchen, ¿cómo estás? —saludó Isa, rompiendo la tensión del momento previo.

—Muy bien, ¿y tú qué tal? —respondió la mujer con una sonrisa cordial.

—Bien. Mira, te presento a mi hermana.

—Mucho gusto, me llamo Lies… —intenté completar la frase, pero ella se me adelantó.

—Weber.

—Sí, justo así —respondí, un poco desconcertada por su rapidez.

—Lo siento —se disculpó ella de inmediato—, es que Isabelle ya me había mencionado su apellido.

—No hay problema.

—Mucho gusto, Lies. Soy Gretchen Meyer, su vecina.

Mientras hablaba, aproveché para observarla. Gretchen era un poco más alta que yo, igualando la estatura de Isa, y llevaba unos lentes que le daban un aire intelectual y observador.

—Le conté a Lies un poco sobre ti, cuando nos trajiste esos cupcakes esta mañana —intervino Isa, tratando de suavizar el encuentro.

—Ah, entiendo. Lamento no haberme presentado formalmente en ese momento —dijo Gretchen.

—No te preocupes. Es un gusto conocerte, Gretchen. Por cierto, cocinas de maravilla —añadí con sinceridad.

—Te lo agradezco. No suelo compartir lo que cocino con muchas personas.

—¿Y eso? —pregunté, pero ella simplemente se encogió de hombros.

—No es importante.

Hubo un pequeño silencio antes de que Isa retomara el control de la situación.

—Quiero mostrarle a Lies la ciudad.

—¿En serio? —Los ojos de Gretchen brillaron tras sus cristales—. ¿Puedo acompañarlas?

—Claro que sí.

—Muy bien. Podríamos empezar por una de las zonas más interesantes... la zona Sé…

¡No! —el grito de Isabelle fue tan repentino que ambas saltamos—. Es decir... Lies no sabe nada de la ciudad todavía. Es mejor empezar por el centro, ¿no te parece?

Gretchen miró a mi hermana con una expresión indescifrable, pero finalmente asintió.

—Sí, me parece una mejor idea.

—Oye, pero dijiste que el centro no era tu primera opción —le recordé a Isa, confundida por su cambio de humor.

—Ya sé, pero es mejor comenzar por ahí. Como te dije, anoche estaba oscuro y hay sitios que debes ver con más calma.

Continuamos el recorrido por los puntos neurálgicos de lo que todos llamaban "pueblo". A mí me resultaba extraño el término; Duskwall era lo bastante grande como para ser una ciudad, pero supuse que sería jerga local.

Caminamos entre edificios que parecían sacados de otro tiempo. El ambiente no se parecía a nada que hubiera experimentado antes: era una amalgama de tonos grisáceos, verdosos y azulados que flotaban bajo un cielo perpetuamente encapotado. Fue entonces cuando me percaté de un detalle inquietante: desde que había puesto un pie en este lugar, no había visto la luz del sol ni una sola vez. Duskwall no conocía el amanecer; solo era testigo de una oscuridad penetrante y eterna.

—¿Quieren ver el atardecer? —propuso Gretchen de repente.

—Sí, me encantaría —respondí—, pero no creo que lleguemos a tiempo a ningún mirador.

—Podemos subir al techo de la escuela —sugirió ella con una sonrisa cómplice.

—¿Eso se permite?

—Solo si logramos entrar sin que nos vean —respondió Isa, guiñándome un ojo.

—Vaya ejemplo me están dando —reí, dejándome arrastrar por su entusiasmo.

No sé exactamente cómo lo logramos, pero entramos en el edificio de forma sigilosa y subimos hasta el último nivel. La escuela era, o al menos había sido, uno de los edificios más altos de Duskwall, y desde allí la perspectiva era sobrecogedora.

—No te equivocaste, Gretchen. Se puede ver casi toda la ciudad —admití, contemplando la arquitectura antigua y las calles que se retorcían como venas bajo nosotros. Por primera vez, empezaba a vislumbrar la extraña belleza de aquel sitio.




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