Pasaron un par de días y, aunque en la superficie todo parecía seguir su curso habitual, mi salud se desmoronaba. El deterioro era más agresivo que nunca: el sueño se había vuelto un lujo inalcanzable, sustituido por una vigilia plagada de pesadillas y alucinaciones recurrentes. El agua y la soledad me perseguían en cada sombra; era una tortura psicológica que me dejaba sin aliento.
A mi malestar físico se sumaba una atmósfera doméstica sofocante. La tensión entre mi hermana, mi tía y mi padre había escalado hasta volverse irrespirable. Yo era la víctima colateral de sus silencios, de sus miradas cargadas de secretos que se negaban a compartir. Me sentía excluida de mi propia realidad.
Aquella mañana, el aire en el comedor era más espeso de lo normal. Mi tía Luna, que rara vez pasaba la noche con nosotros pese a vivir cerca, se había quedado a dormir. Estábamos todos reunidos, pero nadie se miraba a los ojos.
—Papá, voy a dar una vuelta. No tardo —anuncié, rompiendo el silencio tras recoger la mesa.
—No, Lies. No puedes salir ahora —respondió él, sin siquiera levantar la vista de su café.
—Necesito despejarme, solo será un momento.
—Ya te dije que no —su voz subió de tono—. Si deseas salir, lo harás por la tarde, acompañada por Isabelle, por tu tía o por mí.
—No quiero ir acompañada. Quiero salir ahora. ¿Por qué siempre me retienes?
—Porque por la tarde es más seguro. Mírate, Lies, te ves cada vez peor. No estás en condiciones de andar sola por ahí.
—No me importa cómo me vea. ¡Quiero salir ahora y lo voy a hacer! —me puse de pie, sintiendo una mezcla de mareo y adrenalina.
—No tienes permiso.
—¡No lo necesito! Soy mayor de edad y puedo ir a donde quiera.
—He dicho que a esta hora no, Lies. Entiéndelo.
—¡No sé en qué mundo vives! —grité, perdiendo los estribos—. ¡Para el resto del mundo, salir a caminar a plena mañana es lo más normal!
—¡No me levantes la voz! —rugió él, golpeando la mesa.
—¡Entonces dame una razón! ¡Dime por qué me tienes presa! Estoy harta de sus secretos. Sé que me ocultan algo y tengo derecho a saber la verdad.
El silencio que siguió fue sepulcral. Mi padre me miró con una mezcla de dolor y terquedad que me heló la sangre.
—Vete a tu cuarto —sentenció con una frialdad cortante—. Estás castigada. No salgas hasta que yo te lo diga.
—Parece que nunca serás capaz de ser sincero conmigo —respondí con amargura.
Me di la vuelta y subí corriendo las escaleras. Me encerré en mi habitación, con el corazón martilleando contra mis costillas, sin sospechar que abajo la verdadera discusión apenas comenzaba.
—¡Ya basta de esta actitud, Christopher! —le recriminó Luna en cuanto se escuchó el portazo arriba—. Solo estás sembrando desconfianza. Hemos perdido un tiempo precioso y Lies sigue a oscuras. ¿Acaso esperas que...?
—¿Qué está pasando aquí? —la voz de Isabelle interrumpió a la tía. Venía entrando desde el patio—. Los gritos se escuchan desde la calle.
—Tu hermana quería salir y no se lo permití —dijo Christopher, tratando de recuperar el aliento.
—Quizás no sea para tanto, papá —intervino Isa, tratando de mediar—. Mírame a mí; aún no he completado la iniciación y no me ha pasado nada. Ni siquiera he tenido el sangrado de nariz.
—¿Y si ella es diferente? —replicó Christopher con urgencia—. ¿Y si sale y le ocurre algo irreversible? No tenemos la seguridad de que su proceso sea igual al tuyo, mi amor.
—Lies es mi hermana. No creo que seamos tan distintas —insistió Isa, aunque su tono denotaba duda.
—De todas formas, no podemos arriesgarnos —sentenció Luna, volviéndose hacia Christopher—. Resuélvelo de una vez. Dile la verdad. O, ¿sabes qué? Se lo diré yo misma hoy.
—Deja de tomar decisiones como si yo no estuviera presente —gruñó Christopher—. Es mi hija y sé qué es lo mejor para ella.
—No lo parece en absoluto.
—Antes de que empiecen a discutir de nuevo, prefiero irme —finalizó Isa con un suspiro de agotamiento.
Salió de la casa con paso rápido, dirigiéndose hacia la propiedad de Gretchen. Se sentía más segura entre harinas y hornos que en medio de aquella guerra familiar; además, Gretchen le había prometido enseñarle a preparar esos cupcakes que tanto me habían gustado, esperando que, tal vez, el dulce pudiera aliviar un poco la amargura de mi encierro.
Me encontraba alimentando a Blaz; el pobre estaba inusualmente inquieto, rechazando la comida con una ansiedad que empezaba a preocuparme. No quería que él también enfermara. Me senté en el suelo para jugar con él un rato, intentando calmarlo, cuando la ventana que daba al patio trasero se abrió de golpe, golpeando el marco con violencia.
—Genial. Ahora también hay fantasmas en esta casa —mascullé con ironía.
Me levanté para cerrar el pestillo, dejando a Blaz en su gigantesca jaula. Estaba a punto de asegurar la puerta de alambre cuando un movimiento rápido me detuvo el corazón: un gato negro, de pelaje erizado, saltó de repente al alféizar de mi ventana.
—Me asustaste, amigo. ¿Qué haces aquí? —pregunté, más para romper el silencio que por esperar una respuesta.
Aproveché la cercanía para acariciarlo, pero el felino huyó de mi tacto con un siseo y saltó de nuevo hacia el patio, perdiéndose en la penumbra. Cerré la ventana con un suspiro de alivio y me dispuse a volver con Blaz, pero el frío me recorrió la espalda al instante: la jaula estaba abierta y vacía.
Lo busqué desesperadamente bajo la cama, entre las sábanas y detrás de los muebles, pero no había rastro de él. Entonces, el sonido de la madera crujiendo me hizo girar; la ventana se había abierto de nuevo. Blaz caminaba por el borde exterior, mirando hacia el vacío.
—¡Blaz, no! —corrí hacia él, estirando los brazos para atraparlo.
Al verme, mi mascota saltó hacia el jardín. Por puro instinto, me lancé tras él para sujetarlo, pero no medí la distancia. Mis manos solo atraparon el aire frío y, en un segundo, terminé cayendo por la ventana.
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Editado: 19.02.2026