Duskwall: La ciudad en penumbras.

Capítulo 7: El nacimiento de un Séil.

El contacto con el agua gélida me devolvió la consciencia de golpe. La confusión me invadió; el líquido quemaba mi garganta y mis pulmones luchaban por aire, hasta que unas manos firmes me sujetaron y me arrastraron hacia la superficie.

—¡Lies! ¡Lies! ¿Estás bien? —el grito de Isa me alcanzó entre el chapoteo.

—¿Isa? ¿Qué está pasando? ¿Qué hago aquí? —balbuceé, rompiendo en un llanto provocado por el puro terror.

—Ahora te explico todo, solo lleguemos a la orilla.

Nadamos con dificultad hasta tocar tierra. Isa me ayudó a salir, mientras yo tosía violentamente, sintiendo el rastro metálico del agua en mi garganta. Nos alejamos unos metros del borde y nos desplomamos sobre la hierba grisácea, intentando recuperar el aliento. Ella me rodeó con sus brazos, susurrándome que todo estaría bien, pero Duskwall no aceptaba consuelos.

La calma fue una ilusión de apenas unos segundos. Sobre nosotras, las nubes se tornaron de un violeta oscuro, casi negro, y el lago comenzó a bramar. El agua se agitó con viento, rompiendo en olas violentas que arremetían contra el muelle con una furia viva. Sin lluvia que lo justificara, el lago comenzó a desbordarse, reptando hacia nosotras como una criatura hambrienta.

En el instante en que el agua tocó mis pies, el cristal se transformó en hierro. El líquido se solidificó en eslabones pesados y gélidos; cadenas invisibles que se materializaron alrededor de mis tobillos y empezaron a arrastrarme de vuelta al abismo.

—¡Lies! ¡No, no, no! —gritó Isa, aferrándose a mis brazos.

—¡Isa, ayuda! ¡No entiendo qué pasa! —chillaba yo, sintiendo cómo el suelo desaparecía bajo mi cuerpo mientras la fuerza del lago me reclamaba.

Isabelle luchó con cada fibra de su ser. Tiró de mí con una energía desesperada, pero sus fuerzas no eran rival para la voluntad del lago. Por un segundo me soltó, solo para lanzarse sobre mí y envolverme en un abrazo absoluto. Ambas nos aferramos la una a la otra mientras nuestros gritos de auxilio se perdían en el rugido del agua.

—¡Papá! ¡Tía! ¡Alguien, por favor!

Nuestro agarre comenzó a ceder. Las cadenas tiraban con una fuerza inhumana. Fue entonces cuando Isa, con el rostro desencajado por una resolución heroica, pronunció las palabras que cambiarían nuestro destino para siempre:

—¡No! ¡Llévame a mí! ¡Yo tomo su lugar!

El mundo se detuvo. El viento calló y las cadenas que me desgarraban la piel volvieron a ser agua, soltando mis tobillos enrojecidos. Isa me estrechó con una fuerza sobrenatural, un abrazo cargado de un amor tan profundo que dolía. Me sentí a salvo por un milisegundo, hasta que susurró las palabras que marcarían mi vida:

—Te amo, hermana. No hay nada que no haría por ti.

Antes de que pudiera procesarlo, me empujó lejos de ella. Las cadenas regresaron, pero esta vez no me buscaban a mí. Los eslabones se ensancharon y atraparon a Isabelle, arrastrándola con una violencia brutal hacia el centro del lago. Caí de bruces por el empuje, pero me levanté de inmediato para correr tras ella.

—¡ISABELLE!

Me lancé al agua para alcanzarla, pero mis rodillas no se hundieron. Bajo mi mirada atónita, la superficie se había vuelto sólida, como una capa de vidrio indestructible. Veía a mi hermana hundiéndose bajo mis pies, pero por más que golpeaba el suelo con los puños, la superficie no cedía. Mis manos se enrojecieron, pero el dolor no era nada comparado con el vacío en mi pecho.

Gateé sobre el cristal, siguiendo la silueta de Isa mientras el agua la tragaba. Golpeaba y clamaba su nombre, pero la visibilidad se perdía. Lo último que vi fueron sus manos, extendidas hacia arriba, antes de desaparecer por completo en las profundidades abisales.

—¡ISA! —mi grito rasgó el silencio sepulcral que volvió a reinar. Sin viento, sin olas, solo una tranquilidad falsa.

De pronto, el hechizo se rompió. La superficie sólida desapareció y caí al agua de nuevo. Me sumergí desesperadamente, sin aire, buscando en la oscuridad, pero no había nada. Salí a la superficie gritando, pero solo el eco de mi propia voz me respondió. El silencio de Duskwall era el testamento de mi pérdida.

Iba a sumergirme una vez más, dispuesta a encontrarla, cuando unas manos me sujetaron por los hombros y me sacaron del agua por la fuerza.

Era mi padre. Me arrastró con brusquedad hacia el muelle, subiéndome a las tablas de madera donde mi tía Luna y Gretchen esperaban con el horror pintado en el rostro. Él subió tras de mí, empapado y temblando, buscando desesperadamente con la mirada sobre la superficie ahora calma.

—¿Qué pasó? ¿Dónde está Isabelle? —preguntó Luna, aunque su voz sugería que ya conocía la respuesta.

—El agua se la llevó... —logré articular entre espasmos—. Eran cadenas. Yo traté de detenerlo, tía, traté de romper el agua, pero no pude...

Sin decir una palabra, mi padre se lanzó de nuevo al lago. Se sumergió una y otra vez, desafiando el frío mortal del Lago de Hierro con la esperanza desesperada de encontrarla. Pero los minutos pasaban y el agua solo devolvía silencio.

—Sabes que no hay forma, Christopher —sentenció Luna, mirando a mi padre mientras este emergía jadeando—. El trato está cerrado.

—Esto no es posible... —susurró Gretchen. Su tono de incredulidad y tristeza era lo único que parecía humano en aquel lugar tan cruel.

—¡Es mi hija! ¡Es mi Isa! ¡Debo rescatarla! —rugió mi padre, golpeando la superficie del agua con el puño antes de hundirse de nuevo.

—Ella tomó la decisión de salvar a Lies —contestó mi tía, con una frialdad que me erizó la piel.

—¿Salvarme? —repetí, aún aturdida por la falta de oxígeno—. ¿De qué hablas? ¿Por qué no puede encontrarla?

Las últimas palabras de mi hermana regresaron a mí como un eco punzante.

—Ella dijo que estaba dispuesta a tomar mi lugar... que me amaba. Y después de eso fue arrastrada hacia el fondo. Te juro que intenté alcanzarla, tía... lo intenté... —mi voz se quebró y mis ojos comenzaron a arder, no por el agua, sino por un llanto que nacía del centro mismo de mi alma.




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