—Christopher... —murmuró mi tía, con una advertencia implícita en su voz que él decidió ignorar.
—¿Estás bromeando? —sentencié, sintiendo cómo la furia me quemaba por dentro—. ¡No me iré sin mi hermana!
—¿Crees que no me duele en el alma haberla perdido? —replicó él, y por primera vez vi el rastro de la desesperación en sus ojos—. Pero si ella decidió sacrificarse por ti, voy a asegurarme de que su acto valga la pena. No voy a permitir que su muerte sea en vano dejándote a merced de este lugar.
—Te juro que no te reconozco, papá —respondí con una amargura que me supo a hiel—. No eres el hombre con el que crecí. El hombre que yo conocía no abandonaría a su hija en el fondo de un lago.
Me giré hacia Luna, buscando una última alianza.
—Tía, dime la verdad. ¿Qué tenemos que hacer para salvarla? Tiene que haber un resquicio, una leyenda, algo.
—Lies, no hay forma —Luna me puso una mano en el hombro, pero yo me zafé—. Si pudiera dar mi vida ahora mismo para recuperarla, lo haría sin dudarlo. Pero las leyes de Duskwall son absolutas: no pueden existir dos sacrificios por la misma persona. Lo que el hierro reclama, el hierro se queda. No hay forma de revertirlo.
—Bien —dije, retrocediendo hacia la salida—. Si ustedes no piensan hacer nada, yo encontraré la manera de traerla de vuelta. No me importa si tengo que pasar el resto de mi vida intentándolo.
Salí al jardín azotando la puerta detrás de mí. El estruendo de la madera pareció eco de mi propio corazón rompiéndose. En cuanto estuve sola, las lágrimas me nublaron la vista y la culpa comenzó a punzarme con la fuerza de mil agujas. Era un dolor indescriptible, una presión en el pecho que me recordaba que yo estaba respirando el aire frío de la noche solo porque Isabelle estaba tragando el agua metálica del lago. Me estaba ahogando en su ausencia.
Pasaron los minutos, marcados solo por mis sollozos, hasta que un movimiento en la casa de al lado me obligó a levantar la cabeza. A través de la cerca, vi a una figura saliendo a tirar la basura. Era Gretchen.
Ella se movía con la calma de quien conoce los ritmos de esta ciudad maldita. Me quedé observándola, con una chispa de esperanza encendiéndose entre los escombros de mi ánimo. Gretchen había crecido aquí; ella conocía los rincones oscuros que mi tía Luna temía mencionar. Si alguien tenía una solución fuera de las leyes conocidas, era ella.
Crucé el jardín con paso errante y toqué la puerta principal de los Meyer con una mezcla de miedo y urgencia. Cuando Gretchen abrió, no hubo espacio para saludos ni cortesías. Solté mi petición como si fuera un último aliento:
—Necesito saber si hay algo que pueda hacer para revertirlo. Lo que sea.
Gretchen me miró con una lástima profunda, una expresión que empezaba a detestar.
—No sé si se pueda, Lies. Es algo que jamás se ha visto en Duskwall —respondió en voz baja.
—Ya me lo han dicho mi padre y mi tía —repliqué, cerrando los puños—. Pero debe haber otra forma. No puedo aceptar que este sea el final.
—En serio, nadie puede regresar de las profundidades —insistió ella, y sus ojos se empañaron por un momento—. Yo apreciaba mucho a Isabelle... era la única amiga verdadera que tenía en este pueblo.
—Si tanto la apreciabas, entonces dame una solución —la desafié, dando un paso hacia ella—. No me digas que es imposible. Dame una oportunidad.
—No creo que...
—¡Gretchen, te lo suplico! —Mi voz se quebró, desnudando toda mi vulnerabilidad.
Ella guardó silencio durante un largo rato, observando las sombras que se alargaban en la calle. Finalmente, dejó escapar un suspiro cargado de derrota y me hizo una señal para que me acercara.
—Kersten.
—¿Cómo? —pregunté, desconcertada.
—Hay una chica que vive justo en el centro de Duskwall —comenzó a explicar, bajando aún más la voz—. La gente no suele acercarse a ella; piensan que es una especie de bruja o algo peor. Ella pasó por algo muy parecido hace años y, desde entonces, ha dedicado cada segundo a intentar lo mismo que tú quieres hacer.
Gretchen hizo una pausa, mirándome con advertencia.
—No ha tenido resultados... al menos que yo sepa. Pero quizás ella tenga las respuestas que tu familia se niega a darte. Espero realmente que encuentres lo que buscas, Lies. Isa también era mi amiga, y esto es todo lo que puedo hacer por ti ahora.
Cerró la puerta lentamente, dejándome a solas con un nombre resonando en mi cabeza y una dirección que seguir.
Le agradecí a Gretchen con un gesto apenas perceptible y me puse en marcha. Regresé a casa como una exhalación, aprovechando que las voces de mi padre y mi tía seguían chocando en la cocina para arrebatar las llaves del auto. No me importaba el castigo ni las leyes; solo me importaba el tiempo.
Conduje hacia el centro de Duskwall con el pedal a fondo. Sobre mí, el cielo seguía asfixiado por ese manto de nubes grises, un ambiente nostálgico que en ese momento se sentía como una burla. Al llegar a la dirección indicada, salí disparada del auto y golpeé la puerta con los nudillos aún adoloridos. Cada segundo que pasaba era un paso más de Isa hacia el olvido.
La puerta se abrió finalmente, revelando a una chica que parecía tener mí misma edad, pero con unos ojos que cargaban siglos de cansancio.
—¿Sí? —preguntó ella con desgana.
—¿Kersten?
—La misma. ¿Qué quieres?
—Me llamo Lies Weber. Vengo a suplicar tu ayuda —solté, las palabras atropellándose en mi boca—. Necesito recuperar a mi hermana antes de que se convierta en una de esas cosas que vagan por este lugar.
—Vete —sentenció ella, empezando a cerrar la puerta.
—¡No! ¡Espera! —metí el pie para frenarla—. Por favor, te lo ruego. Es mi hermana.
—¿Quién te dijo que yo podría ayudarte?
—Dicen que pasaste por algo similar —insistí, con lágrimas quemándome los ojos—. Pienso que, si nos unimos, podemos encontrar la forma de traerlas de vuelta...
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Editado: 19.02.2026